Argentina, un siglo atrás

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Mar del Plata (primera nota)

El gran balneario sudamericano

El doctor José Luro, continuando la obra fecunda del fundador de Mar del Plata, don Patricio Peralta Ramos, y de su propio padre, inició y consiguió llevar a la práctica una sociedad anónima a fin de dotar al balneario de un establecimiento de primer orden que, por sus proporciones y comodidades, no tuviera nada que envidiar a los similares de Europa


Hotel Bristol, de Mar del Plata, en la época de su inauguración 

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BUENOS AIRES, año 1908 (texto de la época, de autor desconocido).- Tal fue el origen del Hotel Bristol, hoy orgullo no sólo de los marplatenses, sino de todos los argentinos que se precian de tener en su patria el hotel más grande y más hermoso de la América del Sud.

El 8 de enero de 1888 llegó a ser un hecho la iniciativa del doctor José Luro. Como presidente del directorio de la sociedad anónima, organizó las fiestas de la inauguración.

En Buenos Aires no se hablaba de otra cosa. En los grandes salones, en el teatro, en los paseos, en todas partes, el tema era el mismo. Decíase -y con razón, por cierto- que el nuevo hotel estaba destinado a ser el lugar obligado de cita de l'élite argentina.

Todo el mundo sabía que allá junto a las ondas rumorosas del Atlántico, fortalecedoras de quebrantables organismos, comenzaría pronto a agitarse: una nueva Babel canicular: todo el mundo deseaba ir allá, todo el mundo había leído un folleto repartido profusamente y en el que se decía que allá todo era bello: desde las rápidas zambullidas hasta las inmersiones a medias; desde el vívido anhelar de tempranas alboradas hasta la realización de risueñas esperanzas; desde el nunca visto espectáculo de las plásticas formas semiocultas entre los pliegues de los trajes de baño hasta la blanca silueta de las vaporosas gasas que paseaban por las ramblas...

Los diarios traían sendas descripciones que contribuían a avivar los deseos de los futuros veraneantes.

Anuncióse que el ferrocarril del Sud haría correr trenes especiales con coches dormitorios que por aquel entonces eran una gran novedad. Por lo pronto, la empresa había organizado un convoy de lujo destinado a llevar a los invitados a la fiesta de la inauguración.

Cien elegantes cartas de invitación enviadas por el fundador del Bristol circularon entre personas de alta significación social. Casi todas acudieron a la cita, y el viernes 7 de enero, a las 8 de la noche, una flamante locomotora del ferrocarril del Sud ponía en movimiento sus potentes músculos de acero, y haciendo rechinar sus ejes, sus ajustes y sus palancas, se lanzaba hacia el Sur más veloz que Eolo, arrastrando su carga humana ansiosa de agradables sorpresas.

Las calles se embanderaron y el Bristol, causa primordial de la fiesta, estaba adornada de guirnaldas de flores. Los felices habitantes salieron en masa a las recién pavimentadas calles y con sus entusiastas y estruendosas aclamaciones demostraban el júbilo que les producía el acontecimiento.

El presidente de la sociedad agasajó a sus invitados regiamente. El gran comedor del Bristol abrió sus puertas por vez primera.

Después del banquete siguióse un baile. Las fiestas terminaron con una gira al balneario y a los alrededores.

Los invitados no habían aún emprendido el regreso cuando nuevos trenes, repletos de veraneantes, llevaron una invasión humana al nuevo Biarritz, inaugurado bajo tan buenos auspicios. Mar del Plata, esa genial creación de Peralta Ramos, Luro y de sus continuadores, quedaba desde ese día consagrada como gran balneario argentino. No falta mucho ahora, veinte años después, para que reciba otra consagración: la de gran balneario sudamericano.

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Editada en Buenos Aires - Argentina