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BUENOS AIRES, año 1908 (texto de la época,
de autor desconocido).- Tal fue el origen del Hotel Bristol, hoy orgullo no sólo
de los marplatenses, sino de todos los argentinos que se precian de tener en su patria el
hotel más grande y más hermoso de la América del Sud.
El 8 de enero de 1888 llegó a ser un hecho la
iniciativa del doctor José Luro. Como presidente del directorio de la sociedad anónima,
organizó las fiestas de la inauguración.
En Buenos Aires no se hablaba de otra cosa. En los
grandes salones, en el teatro, en los paseos, en todas partes, el tema era el mismo.
Decíase -y con razón, por cierto- que el nuevo hotel estaba destinado a ser el lugar
obligado de cita de l'élite argentina.
Todo el mundo sabía que allá junto a las ondas
rumorosas del Atlántico, fortalecedoras de quebrantables organismos, comenzaría pronto a
agitarse: una nueva Babel canicular: todo el mundo deseaba ir allá, todo el mundo había
leído un folleto repartido profusamente y en el que se decía que allá todo era bello:
desde las rápidas zambullidas hasta las inmersiones a medias; desde el vívido anhelar de
tempranas alboradas hasta la realización de risueñas esperanzas; desde el nunca visto
espectáculo de las plásticas formas semiocultas entre los pliegues de los trajes de
baño hasta la blanca silueta de las vaporosas gasas que paseaban por las ramblas...
Los diarios traían sendas descripciones que
contribuían a avivar los deseos de los futuros veraneantes.
Anuncióse que el ferrocarril del Sud haría correr
trenes especiales con coches dormitorios que por aquel entonces eran una gran novedad. Por
lo pronto, la empresa había organizado un convoy de lujo destinado a llevar a los
invitados a la fiesta de la inauguración.
Cien elegantes cartas de invitación enviadas por el
fundador del Bristol circularon entre personas de alta significación social. Casi todas
acudieron a la cita, y el viernes 7 de enero, a las 8 de la noche, una flamante locomotora
del ferrocarril del Sud ponía en movimiento sus potentes músculos de acero, y haciendo
rechinar sus ejes, sus ajustes y sus palancas, se lanzaba hacia el Sur más veloz que
Eolo, arrastrando su carga humana ansiosa de agradables sorpresas.
Las calles se embanderaron y el Bristol, causa
primordial de la fiesta, estaba adornada de guirnaldas de flores. Los felices habitantes
salieron en masa a las recién pavimentadas calles y con sus entusiastas y estruendosas
aclamaciones demostraban el júbilo que les producía el acontecimiento.
El presidente de la sociedad agasajó a sus
invitados regiamente. El gran comedor del Bristol abrió sus puertas por vez primera.
Después del banquete siguióse un baile. Las
fiestas terminaron con una gira al balneario y a los alrededores.
Los invitados no habían aún emprendido el regreso
cuando nuevos trenes, repletos de veraneantes, llevaron una invasión humana al nuevo
Biarritz, inaugurado bajo tan buenos auspicios. Mar del Plata, esa genial creación de
Peralta Ramos, Luro y de sus continuadores, quedaba desde ese día consagrada como gran
balneario argentino. No falta mucho ahora, veinte años después, para que reciba otra
consagración: la de gran balneario sudamericano.
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