
Exposición en la Sociedad Rural |
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BUENOS AIRES, año 1908 (texto de la época, de autor
desconocido).- La facilidad de hacerse dueño de un pedazo de tierra argentina consiste en
que aún estamos en el comienzo de la multiplicación de los propietarios del suelo de
nuestras feracísimas comarcas.
Aún estamos lejos de haber llegado a los límites de precios
determinados por rentas más que equitativas, racionales; y sobre todo, por las grandes
facilidades de pago con que se ofrecen a todo aquel que quiere adquirir tierra.
El inmenso aumento en el valor de la propiedad urbana y rural ha
dado y sigue dando colosales fortunas. Es una multiplicación de millones. Los latifundios
que fueron, ya no lo son; mas en cambio los que no eran millonarios, hoy lo son.
Naturalmente que las viejas familias argentinas, poseedoras de la tierra antes de la
venturosa era de nuestra prosperidad, han sido las mayormente beneficiadas con el
acrecentamiento de su valor; mas esto no quiere decir que millares y millares de
extranjeros no se hayan enriquecido por el solo hecho de haber adquirido tierras una
década de años atrás.
Basta en la Argentina querer trabajar y saber ahorrar una
pequeña suma mensual, para hacerse propietario de un lote de terreno, que en no pocos
casos, antes de terminar los plazos acordados para su pago, el precio de compra se ha
duplicado. Se venden lotes de terreno en la misma Metrópoli, en las capitales de
provincia y grandes pueblos de la República, en los municipios que le son vecinos, y
hasta en los centros de población que se improvisan día tras día, en la que fue antes
desierta pampa, a pagar en mensualidades que varían de 30 a 120; lo que permite que el
más modesto empleado y la más humilde sirvienta se hagan dueños de lotes de tierra para
edificar una casa más o menos amplia, en una época pocas veces demasiado lejana, en este
país de tan portentosas maravillas.
Ya se cuentan por cientos de miles los jornaleros propietarios de
bienes raíces en la República Argentina. Y no sólo se venden lotes pequeños y sólo
propios para edificar una vivienda, sino que también superficies propias para el cultivo
lucrativo de huertas y de chacras; hasta quinientas hectáreas cuadradas a pagar en plazos
de años.
Esta forma de adquirir la propiedad raíz, feliz combinación
para el vendedor y para el comprador, que permite al primero elevar grandemente el precio
de sus tierras, y ofrece al segundo una segura y bien remunerativa forma de ahorro, se
debe en primer término a las vigorosas iniciativas, a la inteligencia y a la actividad de
un gremio al que es justo reconocerle que ha contribuido de poderosa manera al aumento de
las fortunas privadas y de la riqueza de la Nación.
Nos referimos al gremio de rematadores, que en su casi totalidad
son argentinos. Román Bravo, jefe y fundador de la casa Bravo, Barros y Cía., que
efectúa ventas de propiedades raíces por valor de 50 millones de pesos al año, término
medio, es argentino como lo son sus socios, como lo es asimismo Publio C. Massini, y lo
son Corvera y Peralta Martínez, V. S. Lobato y Cía., Guerrico y Williams, Risso Patrón
y Cía., Adolfo Bullrich y Cía., Williams y Giménez, Arturo Barros y Cía., José M. de
Iriondo y Cía., Carlos Olmi y Cía., Avila y Cía., Manuel Castellar, E. Rodríguez
Lozano y Cía., Rodolfo Collet, F. P. Bollini y Cía., Manuel T. Durán y tantos otros,
establecidos en la Capital de la República; y un número aún superior, que trabajan
aumentando la riqueza del país, en todas sus demás ciudades y pueblos.
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