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La flecha del tiempo

© Carlos Alberto Estévez

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Hace unos días me reencontré con una cita de Jorge Luis Borges, que merece ser leída... diez veces por lo menos:

"El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges." (J.L.B., "Nueva refutación del tiempo").

De tanto leer y pensar ese Borges, me fascinó correr detrás de la utópica posibilidad de descifrar los enigmas de mi río, de mi tigre, de mi fuego. El sentido del tiempo tiene una relación íntima con nuestra propia vida y quizás, paradójicamente, por esa misma causa se nos vuelve tan inasible.

Recuerdo ahora el pasaje en el que Hermann Hesse dice por boca de Siddhartha que el río es igual en todo su recorrido, en sus fuentes como en su desembocadura, en la cascada, en el vado, en el rápido, en el mar, en la montaña, por todas partes igual, y para él no hay más que presente, sin futuro sombrío.

"Cuando aprendí esto -dice Siddhartha- contemplé mi vida y vi que era también un río, y que el Siddhartha mozo y el Siddhartha hombre y el Siddhartha viejo sólo estaban separados por sombras, no por realidades [...] Nada ha sido, nada será; todo es, todo tiene ser y presente".

De la poesía filosófica a la filosofía científica

Pero, para no creerme que esta "piedrita" del tiempo es sólo un asunto reservado a escritores y poetas sino que se toca también con la Física y con la Matemática (al fin todo se relaciona, ¿no?), fui a buscar algunas de las conclusiones de un científico.

Hace más de cincuenta años, el doctor Ilya Prigogine planteó una tesis audaz y provocativa. A diferencia de Galileo o de Newton, que concibieron un universo geométrico, estable, determinista y reversible en el tiempo, o de Einstein, que solía asegurar que "el tiempo es una ilusión", él afirmó que el problema del tiempo se encuentra en el corazón mismo de la física, y desde entonces dedicó su vida a demostrar cómo "la flecha del tiempo" puede emerger de un mundo al que la física le había atribuido una simetría atemporal.

Prigogine -Premio Nobel de Química en 1977- es considerado una piedra angular del pensamiento contemporáneo, y sus teorías un recodo en el camino del conocimiento después del cual el paisaje de las ideas está cambiando radicalmente.

Desde el título hasta la última página de un libro fascinante que él escribió junto con Isabelle Stengers, "Entre el tiempo y la eternidad", los autores intentan traducir una nueva concepción según la cual no existiría la tradicional oposición entre el tiempo y la eternidad, "entre el tiempo irreversible de las descripciones fenomenológicas y la eternidad inteligible de las leyes que debían permitirnos interpretarlas."

En 1989 se publicó en la Argentina otro monumental estudio llamado "Historia del tiempo", escrito por  Stephen W. Hawking en una etapa de su vida en que vivió desvelado por desentrañar la irreversibilidad del tiempo en contraposición con esa línea constante, el eterno presente de la eternidad.

Es "el primer libro de Hawking para el no especialista; es una fuente de satisfacciones para la audiencia profana", aseguró Carl Sagan cuando escribió el prólogo. Y, coincidentemente, el capítulo noveno de esta obra también se titula "La flecha del tiempo", esa que -aparentemente- no puede detenerse y sólo avanza irreversible en un sentido único. Hay que leerlo despacito para entender todo lo que Hawking, heredero de la cátedra de Newton, en Cambridge, ha querido enseñarnos.

Otra vez sombras y realidades

De todos modos, quedé envuelto, como siempre, en el asombro más profundo (y en la ignorancia más supina) frente al misterio del tiempo, y pensando en él terminé recalando en la idea de "posibilitarme a mí mismo y a los que hayan de venir después de mí".

Fue Arthur Miller el autor de este último hallazgo. Creo advertir una similitud con aquella descripción de Hesse, la del río con eterno presente y sin futuro sombrío, y me siento a mí mismo separado por sombras, no por tiempos reales, cuando leo de Miller, en "Vueltas al tiempo":

"Por ahí andan pues los coyotes, ávidos de encontrar un orden vital que les permita traer al mundo más coyotes, sin saber, como es lógico, que el bosque es mío. Y yo estoy en esta habitación desde la que a veces, al ponerse el sol, miro por la ventana y los veo deslizarse con cautela por entre los estériles árboles de invierno, mientras hago, creo, lo que hacen ellos: posibilitarme a mí mismo y a los que hayan de venir después de mí. En tales momentos no sé de quién son estas tierras que poseo, de quién es la cama en que duermo. En las tinieblas exteriores advierten mi luz y se detienen, con el hocico levantado, preguntándome quién soy y qué hago en este habitáculo junto a la luz. Soy un misterio para ellos hasta que se cansan y se van, pero la verdad, la verdad primera, es sin duda que todos estamos emparentados y nos observamos entre nosotros. Incluso los árboles."

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Editada en Buenos Aires - Argentina