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Desde el futuro nos llega una clara advertencia

© Carlos Alberto Estévez

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"Hoy me encuentro aquí, frente a ustedes, en mi calidad de dinosaurio. Llevamos cuatro mil años en el planeta y no deseamos extinguirnos".

Cuando John Tiffin sacudió semejante latigazo sobre su auditorio, nadie pudo evitar el impacto ni disimular su efecto. Y menos todavía, porque acababan de escuchar, de su propio relato, la iniciativa de unos estudiantes que habían colocado, frente a su universidad, un cartel que decía "Jurassic Park" y querían cobrar la entrada aduciendo que los dinosaurios que había en su interior no eran peligrosos.

Lo que el orador intentaba, al mostrarse a sí mismo como un exponente de lo anacrónico, aun con su título de profesor de Comunicaciones de la Universidad Victoria de Wellington, Nueva Zelanda, era llamar la atención sobre la rapidez con que nuestro mundo se transforma. Tan vertiginosamente, que los cambios se tornan inasibles.

John Tiffin está decidido a que sus estudios y reflexiones sobre la educación no se conviertan en un archivo inerte de lo malo que sucede. O de lo bueno y deseable que jamás ocurre. Revive cada día en el debate fructífero, en la práctica, y en la iniciativa promisoria de los que quieren, de veras, con una decisión activa -no declamatoria-, que la educación se transforme y se enriquezca.

Al preguntarse si los niños que nacen hoy se encontrarán dentro de cinco años asistiendo a la escuela en el Jurassic Park, Tiffin procuraba que la mirada de quienes tienen algo que hacer en materia de educación pudiera observar con más claridad qué es lo que, en verdad, está ocurriendo a nuestro alrededor. Y logró, ciertamente, que muchos circunstantes pudieran ver panoramas inexorables; panoramas que no miran quienes van a la escuela y vuelven cada día convirtiéndose en dinosaurios, sin saber -ni importarles- lo que está ocurriendo en el mundo. Desplegó panoramas más amplios de los que muestran las frases hechas, los slogans de batallas en defensa de intereses transitorios y las premuras en pos de objetivos de alcance demasiado corto.

Para brindar unas pinceladas que dejaran entrever, apenas, una partecita del camino que hace falta recorrer, relató su visita a un centro de investigaciones, en Kioto, donde tuvo oportunidad de sentarse frente a una pantalla y encontrarse en una habitación, cara a cara con otras dos personas, cada una de las cuales -si conservamos el sentido tradicional de lo que es la realidad- estaba en un lugar completamente diferente y muy distante. En ese momento no estaban con él, pero sí.

Se refería al desarrollo de la denominada televirtualidad, una asombrosa combinación de la tecnología de la realidad virtual y de la tecnología de las telecomunicaciones.

"Podíamos vernos en tres dimensiones -relató-, y además de hablarnos; podíamos tocarnos, darnos la mano y pasar objetos hacia atrás y hacia adelante".

Esto es un anticipo fascinante de lo que serán las aulas del futuro, bastante cercano para algunos países. Una síntesis que sólo nos permite -a penas- intuir el sistema educativo que debe ser desarrollado para entonces, y que estará construido sobre la base de telepresencias y de realidades virtuales. Una prueba de que la sociedad industrial se extingue día tras día ante la irrupción de la sociedad informática, alimentada por la codificación del conocimiento y el dominio de las telecomunicaciones.

Mirando desde nuestro propio escenario educativo, el contraste exige un alarde extraordinario de convicción y de audacia para que la realidad de Tiffin parezca siquiera verosímil. Sin embargo, el futuro llama a nuestras puertas advirtiéndonos, como él sostuvo, que el mundo en que nuestros hijos madurarán no será el mismo que nosotros hemos conocido, siquiera hasta hoy.

Nicholas Negroponte me dijo una vez: "Esto es como una aplanadora. O te subes a ella o te pasará por encima". Muchos de nosotros tenemos pruebas de que es así. Y yo me quedé pensando que la educación corre el peligro de que la aplanadora le pase por encima, tanto si el sistema educativo no se sube a ella como si los educadores se quedan abajo mirando inermes y pierden su protagonismo imprescindible.

Algo tan cierto como que en la Argentina también se trabaja en el desarrollo de ese nuevo fenómeno de la educación. A pesar de los retrasos y mediocridades con que a cada paso tropezamos, a despecho de la incredulidad alimentada por innumerables decepciones, hay círculos en los que se estudia para que los chicos que hoy están naciendo no sean los dinosaurios del sistema educativo. Pero esos centros se mueven en silencio; están alejados del ruido para que no se interrumpa el sueño de una nueva educación posible.

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