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Para una educación basada en la calidad

Las llaves de la mente

© Carlos Alberto Estévez

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¡Cuánto se habla hoy del mejoramiento de la calidad! ¡Y qué difícil es, si de educación se trata, orientar esa demanda, enunciar las normas que deberían cumplirse para merecer el sello que la certifique! Pero mucho más aún lo es crear las condiciones necesarias y lograr que esas pautas se ejecuten.

Cualquier madre o padre -si se lo preguntaran- respondería que la gran esperanza es que ese proceso (el de la educación) no sea un ciclo cerrado que comienza y termina con el tañido de una campana, sino una vivencia prolongada luego en actitudes y aptitudes durante toda la vida.

Es más que razonable pretender que la escolaridad no consista en una carga inevitable y poco eficaz -para muchos ingrata, molesta y finalmente estéril- que debe cumplirse con idas y venidas a la escuela hasta alcanzar un certificado obligatorio, poco valioso en sí mismo a la hora de competir por una ubicación aceptable en el damero social.

"Algo que saben muy bien mis hijos -ironiza ante la prensa un padre desilusionado-, que ya encontraron ocupación: trabajan todos los días como buscadores de empleo".

Si intentáramos traducir aquel deseo compartido, hacerlo menos declamatorio y un poco más concreto, convendríamos en que la mejor educación es aquella que no sólo inculca conocimientos (lo que no es poco), sino que, además, es capaz de abrir la mente de los chicos, hacerlos aptos y promover en ellos no sólo el desarrollo y la explotación de las aptitudes generales sino también las del talento excepcional, tantas veces inadvertido por los adultos.

Para Joan Freeman, estos conceptos constituyen la tesis de su libro titulado "Pour une education de base de qualité" (Para una educación basada en la calidad: cómo desarrollar las aptitudes), traducido del inglés al francés y editado en Suiza por la Organización Internacional de Educación (OIE), dependiente de la Unesco.

La autora, doctora en psicología, empeñó veinticinco años de su vida en la investigación del tema que nos ocupa y es autora de muchas obras sobre psicopedagogía, pero esta que mencionamos le valió su incorporación a la Asociación Británica de Psicología y el nombramiento como presidenta del European Council of High Ability, que se ocupa de los chicos talentosos.

Insistentemente, Freeman pone énfasis en el estímulo de las aptitudes y sostiene que, en el momento de educar, hay que tener en cuenta por lo menos dos factores que son tan importantes como la adquisición del saber y de la capacidad para desenvolverse. Estos son la confianza en sí mismo y el logro de relaciones interpersonales satisfactorias.

En once capítulos, la especialista encara las diferencias entre los individuos, la educación para la competencia y la adaptabilidad del programa escolar. A lo largo de todo el trabajo dedica especial atención a los chicos superdotados, por dos razones: porque quiere alertar a padres y maestros acerca del potencial de esos alumnos, casi siempre mal diagnosticado e interpretado, por incomprensión, como dificultades de adaptación o de conducta, y porque su estudio es útil para aplicar las mismas técnicas al desarrollo óptimo de las inteligencias normales o medias.

"Si quienes aprenden toman conciencia de sus propios procesos de pensamiento -explica Freeman-, así como de sus estrategias de aprendizaje, pueden no sólo acrecentar el repertorio de estas destrezas, sino también adquirir su dominio consciente y, además, saber cuándo y cómo aplicarlas."

Es el pensamiento que reflexiona sobre sí mismo. Es el auténtico saber acerca de las herramientas intelectuales de las que uno dispone. Es el poder ver con claridad la mejor manera de hacer que funcionen y produzcan. Si este bagaje, además de poca o mucha información, fuera entregado junto con el certificado de estudios, podríamos hablar de calidad en la educación.

Las competencias intelectuales se adquieren. Por lo tanto, una educación que se preocupe por los métodos de aprendizaje formará hombres más eficaces en las diversas situaciones que exijan la solución de problemas.

"El punto crucial -Freeman hace algo más que un juego de palabras- es aprender a aprender. Y se aprende gracias a estrategias (expuestas extensamente en el trabajo que comentamos). Una vez adquiridas, las buenas estrategias de aprendizaje lo son para toda la vida."

Al encarar la adaptabilidad del programa escolar, la doctora Freeman avala (y halaga) la acción de algunos educadores argentinos que ya han trazado diseños de trabajo básicamente similares a los que ella propone: cursos con objetivos de corto y de largo término; trabajo en equipo; división de la materia en unidades o módulos luego de un diagnóstico, lo que permite que cada alumno tenga sus propios tiempos de avance en la adquisición de conceptos y en el desarrollo de sus competencias; evaluación compartida con el alumno y con el resto de la clase ("el método más importante, y sin embargo el más descuidado, dentro del proceso educativo"); profesores de materias distintas que comparten la redacción del programa y el modo de su ejecución integrando los contenidos e intereses comunes.

Y para evitar el riesgo de que estas propuestas se olviden rápidamente como algo frívolo, será útil meditar detenidamente sobre una afirmación rotunda de Joan Freeman: "Muchos maestros confundieron aprendizaje activo con la actividad misma y quedó como resultado mucho ruido, mucho movimiento y ninguna orientación clara".

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