La educación que queremos
El
viaje sobre el tiempo o
la lectura de los clásicos
Por Carlos García Gual
(Conferencia pronunciada el 20 de octubre de
1998)
"Creo
que el eclipse de las humanidades en su sentido y su carácter
primarios implica el eclipse de lo humano en la cultura y sociedad de hoy".
George Steiner
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Algunas palabras están tan desgastadas por la
retórica oficial que parece bastante difícil usarlas con un significado escueto y
preciso. Así ocurre, pienso, cuando hablamos de " Humanidades", del
"Humanismo", o del "Clasicismo". Todo el mundo parece estar un tanto a
priori y con énfasis teórico a favor de su fomento académico, pero son en realidad
muchos menos, me parece, quienes creen y confían, con motivos claros, en su valor en la
educación postmoderna y en esta sociedad de hoy. Pero no es este el momento de esbozar
una defensa de las Humanidades. Nos podría llevar, me temo, a una vaga polémica que es
mejor dejar para otros foros y audiencias. Intentaremos modestamente esquivar las
formulaciones de tonos retóricos. Tomemos un principio sencillo para nuestra reflexión
actual: destaquemos sin más la conexión fundamental entre educación humanista y lectura
de ciertos textos memorables. Podemos comenzar, pues, por este dato obvio: el prestigio y
la pervivencia de los autores llamados clásicos aparecen como el eje y la sustancia de
las Humanidades tradicionales, y en sus textos se configura el camino real de acceso a la
gran tradición humanista de la cultura europea. Su legado se recupera en esa práctica
repetida de lectura y comentario de sus escritos. Esa interpretación y relectura es
esencial en la pervivencia de los clásicos. El arte de leer y reinterpretar esos textos
inolvidables desde nuestra perspectiva sigue siendo todavía el más sólido e ineludible
fundamento de la famosa formación humanística. Pero es una educación que, sin embargo,
en el contexto de la sociedad actual, sociedad de consumo y de orientación tecnológica,
está marginada y angustiosamente amenazada por presiones pragmáticas, urgencias sociales
y modas pedagógicas. De modo que la enseñanza de Humanidades en un tiempo prestigiosa,
edificada sobre la reflexión y el reencuentro con los textos clásicos, textos ilustres y
un tanto antiguos, está en honda y extensa crisis. Tal vez se nota más en nuestras
aulas, pero no se trata sólo de un fenómeno escolar, evidentemente. Se trata de una
crisis amplia de la lectura, y de la relación con el pasado. Es el pasado mismo quien ha
perdido prestigio. Es un fenómeno social y cultural de larga repercusión, una crisis que
se ha comentado repetidamente y desde tribunas y ópticas diversas.
Pero volvamos a los clásicos, y comencemos con una
fácil observación. En definitiva lo que ha consagrado y define como clásicos a unos
determinados textos y autores, es la lectura reiterada, fervorosa y permanente de los
mismos a lo largo de tiempos y generaciones. Clásicos son aquellos libros leídos con una
especial veneración a lo largo de siglos. Escribía Borges al respecto: "Clásico no
es un libro, lo repito, que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que
las generaciones de los hombres, urgidos por diversas razones, leen con previo fervor y
con una misteriosa lealtad". "Clásico es aquel libro que una nación o un grupo
de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera
deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término".
Un libro clásico, podemos decir parafraseando a Borges, es un libro leído con un
especial respeto, con una veneración y atención especial, es un texto que nos resulta
enormemente sugestivo, un texto que invita a nuevas relecturas. Italo Calvino en un
estupendo ensayo, recogido en su libro Por qué leer a los clásicos, daba catorce logía
latina del adjetivo classicus. Es nuestra capacidad de lectura personal, esa actitud a la
par receptiva y activa de la inteligencia e imaginación ante las palabras escritas por
otro, alguien más o menos lejano, la que recobra en el texto una clara plenitud de
sentido y abre con él un diálogo imaginario.
Leer es algo muy distinto a lo que nos cuenta el
capítulo 10 del Apocalipsis que hizo el profeta ante el libro abierto traído de los
cielos por el séptimo ángel. Entonces, según el famoso texto, cumpliendo una orden del
cielo, Juan tomó el libro abierto de las manos del ángel y se lo comió de un bocado. Y
se quedó dispuesto a seguir profetizando con una reciclada e impetuosa inspiración
divina. La digestión del sagrado texto -dulce en los labios y amargo en el vientre,
según se dice allí- no se parece a la operación de comprender e interpretar una
lectura. Esa ingestión se parece algo más a cuando metemos en el ordenador alguna
información en un disquete, por ejemplo. Leer es algo muy distinto. Es resucitar, a
partir de los signos escritos, imágenes y razones, y redescubrir así, a partir de la
interpretación del texto, el mensaje cifrado en familiares letras, que un autor nos
envía del pasado, más o menos lejano. Y a partir de esas líneas leídas, sobre el
silencio de la escritura, el lector recrea el sentido de las palabras resonantes. Los
autores clásicos son quienes han dejado en sus libros, en sus textos de larga tradición,
los mensajes más perdurables y las palabras de mayor fuerza poética. Son los
intérpretes privilegiados de la fantasía y la condición humana cuyas voces lejanas
podemos escuchar gracias a sus escritos. Mediante el lenguaje el ser humano puede
ejercitar la imaginación y la memoria en viajar al pasado y en la previsión del futuro.
La escritura facilita enormemente esos viajes sobre el tiempo. Con la imaginación y la
memoria podemos evadirnos del presente inmediato, saltar por encima de las circunstancias
y situarnos junto a esos escritores antiguos. Gracias al lenguaje, gracias a la tas
líneas, sobre la función de la escuela en las lecturas de los clásicos. Antes me
gustaría detenerme un momento en algo que todos sabemos: leer a fondo y bien requiere
tiempo, atención y disciplina.
El arte de la lectura, como comentara en un claro
ensayo Pedro Salinas, es cada vez más difícil. Requiere tiempo, silencio, y una cierta
disposición interior. Hoy, en nuestra civilización de consumo, apresuramiento y
desarrollo tecnológico intenso es difícil dejar tiempo y silencio para la lectura.
Vivimos atiborrados de noticias inútiles y ensordecidos y atontados por los ruidos y
asediados por una espesa banalidad. Tenemos tantísimos libros que es difícil penetrar a
fondo en algunos con singular pasión. Pero los clásicos no son fáciles, piden un cierto
reposo en la lectura y un empeño por entenderlos a fondo. Requieren, como deseaba
Nietzsche, lectores lentos, atentos a los matices y a los ecos. Esa lectura despaciosa,
que degusta a fondo el texto es ya un lujo raro. La exigen los grandes textos, sobre todo
los que nos están lejanos en el tiempo, y están escritos en otra lengua, aunque no tan
distantes quizás en la sensibilidad. La distancia cultural y lingüística entre el autor
y el lector impone un esfuerzo de acercamiento mutuo. El lector debe, de algún modo,
extrañarse de su mundo para penetrar en el universo imaginario del texto y su contexto.
Los comentarios y las notas eruditas ayudan, pero la comprensión verdadera es siempre un
esfuerzo de la imaginación.
Es difícil leer bien a los clásicos. Como ha
señalado Steiner -ya en los ensayos añejos de On Difficulty, Oxford, l978- hay varias
dificultades de distinto tipo, contingentes, modales, tácticas y ontológicas. Cada día
es más difícil, porque nuestra educación actual nos va alejando más de ese placer de
la lectura detenida, que obliga a entender el texto en su contexto. Creo que no importa
tanto el conocimiento de la lengua -por más que leer a un clásico en su lengua sigue
siendo el ideal para conocerlo y apreciarlo- cuanto ese distanciarse del presente para
compartir la visión del escritor antiguo, entrar en su mundo, "meternos en la piel
de los difuntos", como le aconsejó el oráculo de Delfos a Zenón de Citio. La
traducción es el gran vehículo, y los traductores son los intermediarios indispensables
para acceder a unos u otros clásicos, es decir, a los grandes textos de la Literatura
Universal, como también ha señalado repetidamente G. Steiner en Más allá de Babel y
otros ensayos sobre este tema. Si todo leer es, como se ha dicho, un cierto modo de
traducir, leer en traducción supone sólo aumentar más la distancia en el diálogo con
el texto. Por eso necesitamos siempre que la traducción sea precisa, elegante, fiel y
clara. De ahí la gran responsabilidad de los traductores de los clásicos, que realizan
una tarea tan exigente, arriesgada y delicada. De una buena o mala traducción suele
depender que el encuentro con un gran texto resulte logrado o fallido. Cuántas veces una
versión torpe hace que un lector renuncie a tal o cual libro, engañado sobre su belleza
o su sabor por la torpeza de la traducción. Y cuán a menudo el aprecio por un texto
admirable está ligado a una versión correcta, seductora, e inolvidable.
No todos los clásicos poseen igual grandeza ni
paralelos atractivos o idénticos méritos, y no todos están situados a la misma
distancia, en el tiempo y el idioma, de la sensibilidad del lector. Podríamos insinuar
aquí una distinción sencilla entre los clásicos universales (aunque queda bien
entendido que "universales" quiere decir los de nuestra civilización
occidental) y los nacionales (en los que el uso del propio idioma resulta un rasgo
decisivo para su valoración). Los primeros serían el núcleo duro del canon: Homero,
Esquilo, Platón, Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Molière, y algunos más
modernos. Son los gigantes de la literatura, cuya obra se alza esplendorosa e inolvidable
por encima de su lengua, época y nación. Los nacionales son los mejores representantes
de una lengua y cultura, pero cuya grandeza resulta mejor valorada en su propia tradición
cultural. Su uso del idioma los ha convertido en referencias indispensables de la escuela
y la literatura nacional. Es el caso de Quevedo o Góngora, de Chaucer, Sterne, Corneille
y Racine, Schiller, Pushkin, etc. Desde luego esta división resulta bastante subjetiva,
en su propuesta de figuras y nombres, y así, p.e., podríamos discutir si Goethe debe
figurar en un grupo u otro. Pero me importa sólo marcar la distinción entre una y otra
serie, que creo clara y significativa. Y quizás podemos abrir una tercera lista, ya del
todo subjetiva, de los clásicos que calificaríamos de "personales", es decir,
aquellos textos que uno aprecia singularmente.
Son esos a los que aludía Calvino que , con amor,
has seleccionado como "tus" clásicos. Son los que uno considera como
especialmente amigos, a los que uno se dirige con especial afecto y a los que relee con
mayor familiaridad y simpatía, y en momentos de gran soledad. Los grandes clásicos
tradicionales, los clásicos más antiguos y por antonomasia, en todo nuestro mundo
occidental, los que tienen más siglos de supervivencia, los que acumulan más comentarios
y relecturas múltiples, los más traducidos y comunes a todos los europeos, son los
griegos y los latinos. Están anclados, por decirlo así, en las raíces mismas de nuestra
tradición literaria. Cierto que, desde hace algunos años, parecen haber perdido en la
enseñanza universitaria el puesto privilegiado y central que tuvieron en el mundo antiguo
y recobraron desde el Renacimiento. Aun así, Homero es el gran patriarca de nuestra
literatura, Esquilo, Sófocles y Eurípides los trágicos por excelencia, Safo y Píndaro,
Virgilio, Horacio, y Ovidio, los líricos de más laureles poéticos. Junto a ellos hay
otras figuras que siguen siendo clásicos indiscutibles para muchos, como el divertido
Heródoto y el austero Tucídides, el inolvidable Platón, etc. También aquí cada uno
puede y debe escoger sus amigos, por afinidades electivas. Si, por un lado, es evidente
que han visto reducido en la escuela y la enseñanza universitaria el lugar de honor que
tuvieron antaño, se sigue reeditando a los clásicos en nuevas traducciones. Los tenemos
ahora casi siempre en formato de bolsillo, lo que es un indicio notorio de su vivaz
pervivencia, y de cierta popularidad, incluso en estos tiempos malos para el Humanismo. En
España se publican más y mejor que en ningún tiempo. Parecería, por esos indicios, que
mantienen sus atractivos después de tantos siglos, es decir, siguen siendo, pero ya no
por recomendaciones escolares, y por más que resulten bastante arrinconados en los
programas didácticos, unos autores y unos textos con notoria vitalidad y atractivo.
Tal vez ahora, que ya no se prodigan en rutinarios
manuales escolares, incluso cuando se les regatea el apoyo académico usual en las
enseñanzas universitarias, parecen persistir más sugerentes y audaces. Como si,
desligados de su conexión con la obligatoriedad de las lecturas escolares, los clásicos
se presentaran más jóvenes y se hicieran estimar por su propia valía estética y su
impacto intelectual. Y es difícil encontrar maestros de la palabra tan fantásticos y tan
abiertos al diálogo como estos antiguos poetas, historiadores y filósofos de la antigua
Grecia. Pero creo que la escuela, como señalaba Calvino, debe mantener un papel de primer
orden en la orientación de esas lecturas. Es ahí donde el alumno debe encontrarse con
algunos libros maravillosos y con inolvidables nombres de la Literatura. Por ahí debería
empezar su conocimiento elemental y su admiración hacia esos textos, en encuentros que
bien pueden marcar una vida. ¡Cuán a menudo esas primeras lecturas deciden la
predilección hacia ciertos textos y un perenne afecto! Por eso habría que indagar
también si muchas veces es una inadecuada programación de las mismas lo que hace algunos
libros indeseables. Sólo una amena y clara presentación, en una selección adecuada a
los intereses y gustos de los alumnos, puede hacer feliz el encuentro y estimular la
relación con los textos. En España apenas se estudian o se leen los llamados grandes
libros, los clásicos universales, en las escuelas ni en la Universidad. No hay espacio
para ellos en ningún nivel de la enseñanza. No existe aquí, en ninguna Facultad ni en
plan de estudios que yo sepa, una asignatura de lectura y comentario de los "Grandes
libros", como en algunas Universidades de U.S. A. (Véase , para más información,
el ameno y atractivo libro de David Denby, Los grandes libros, trad. esp., Madrid, Acento,
l997). Entre nosotros se suelen leer y comentar en clase algunos clásicos hispánicos,
del grupo de los "clásicos nacionales", más modélicos por su dominio del
idioma que por su temática.
Parece innegable el interés de tales textos, pero
acaso sea más dudoso su provecho cuando se estudian por obligación demasiado pronto. Por
poner un ejemplo, no creo que el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita sea una de las
lecturas más apropiadas para alumnos de bachillerato, ni por su contenido variopinto ni
por su amplísimo vocabulario medieval, sobre todo si uno piensa en el extenso repertorio
de nuestra literatura. Acaso un excelente profesor pueda hacer atractivo y provechoso
cualquier texto con un comentario personal, pero cuando veo la programación de esas
lecturas obligatorias, me queda la sospecha de si la selección se adecúa a la edad y
talante de los lectores. En todo caso, ¿por qué no buscar un equilibrio entre esos
clásicos nacionales y los de resonancia europea o universal, es decir, Sófocles,
Shakespeare, Molière, y otros? ¿Acaso no es una pérdida grande que la literatura
universal haya desaparecido de los programas de enseñanza?
No olvidemos otro punto. Que siempre leemos a los
clásicos desde nuestro momento y perspectiva. Siempre los recibimos en nuestro propio
contexto. No podemos olvidarnos de su tradición, enormemente recreativa. Leemos hoy un
Homero distinto al que se leía en el siglo XVIII o en el pasado. No sólo porque sabemos
mucho más que antes sobre su época y los modos de componer de la poesía oral -lo que,
dicho sea de paso, hace totalmente obsoleta la famosa cuestión homérica de si existió
Homero o su obra es un zurcido de poemas menores-, sino porque ahora leemos a Homero
después de Joyce y Catzantzakis y Cavafis, por poner un ejemplo. Y también porque
interpretamos las andanzas del ingenioso y sufrido Odiseo como precursor de tantos y
tantos modernos exiliados. El protagonista de la Odisea puede pervivir en el viajero que
regresa a Sarajevo en medio de las ruinas balcánicas del film de Theo Angelópoulos La
mirada de Ulises -aunque en la película no salen ni dioses ni el Mediterráneo ni Grecia-
y en muchos otros exiliados de nuestros días. Acabo de leer unas líneas de un joven
escritor magrebí, Mohamed Chukri, que en el exilio recuerda su propia odisea y escribe:
"Este héroe que surca los mares, errando durante diez años en busca de la verdad,
era un emigrante que Itaca vio volver tranquilizado por la sabiduría y profundamente
humanizado gracias a su periplo. Yo fui Ulises en un momento de mi vida... ¿He dejado de
serlo?" (ABC Cultural, 29-IX). La Odisea ha dado lugar a una serie fascinante de
reflejos y relecturas apasionantes. ¿Cuántas Odiseas espejea el resonante epos
homérico? Esas relecturas enriquecen así con matices nuevos el texto clásico, surgiendo
de nuevas interpretaciones en la fusión de dos horizontes, el del texto antiguo y de cada
lector, como ha subrayado la teoría de la recepción. Antígona se multiplica en
numerosas Antígonas y Edipo sale renovado del diván psiquiátrico de Freud y de Lacan.
Tantos epígonos no desgastan la tragedia ni la fuerza poética del Edipo Rey y la
Antígona de Sófocles. Las imitaciones, ecos, y parodias no enturbian la paradigmática
fuerza del original, sino que acreditan su perenne vigencia poética. Don Quijote no es
para nosotros, después de las lecturas de los románticos europeos, una novela cómica
que parodia los libros de caballerías, como fue para sus primeros lectores en el siglo
XVII. Su protagonista no es sólo un enloquecido hidalgo que parodia a los caballeros
andantes, entre burlas y delirios, sino un símbolo patético del héroe hispano,
idealista, envejecido, en choque con la vulgar realidad. Podríamos poner muchos otros
ejemplos.
Otra cuestión importante es la del canon de los
clásicos. Si pensamos que ciertos textos son esenciales en una auténtica formación,
resulta muy significativo el empeño de seleccionar los verdaderamente decisivos, los
mejores, aquellos que podríamos adjetivar como imprescindibles y canónicos. Cuestión no
tan fácil como puede parecer en un primer vistazo, pues son varios los factores a tener
en cuenta para su confección de una lista concreta, que pretenda y justifique un consenso
unánime. En todo caso para hacer esa lista canónica resulta muy útil, creo, atender a
la distinción indicada antes de clásicos universales y nacionales. El libro de Harold
Bloom El canon occidental (l994; en traducción española rápida, Anagrama, Barcelona,
l995) apuntaba lo esencial del problema, aunque también suscitó, por cuanto venimos
diciendo, algunas polémicas menores y, en mi opinión, superficiales. Se movieron en
torno a detalles concretos como eran la inclusión o exclusión de un nombre en ese canon,
el estilo agresivo y brillante de su autor, o su perspectiva en exceso angloamericana y
moderna. (El canon está dominado por el genio de Shakespeare, del que H. Bloom es profeta
fogoso, y no incluye a ningún escritor griego ni romano, de modo muy injustificado, a mi
parecer. Aunque sea un detalle crítico muy puntual: quiero anotar que me parece poco
exacto el subtítulo de su libro en la traducción española: La escuela y los libros de
todas las épocas es menos expresivo que el original inglés; The Books and School of the
Ages). Lo que H. Bloom destacaba muy bien, en su defensa lúcida y rotundo alegato a favor
de la lectura de los clásicos, era cómo esos grandes libros, antes leídos y comentados
en las aulas con respeto y seria dedicación, habían sido un núcleo arraigado y
tradicional en la educación escolar -en U.S.A. eso quiere decir
"universitaria"- a través de épocas y generaciones, y que esa educación
humanista y literaria, anclada en la lectura de los grandes textos del pasado, nunca
estuvo tan agredida y controvertida como ahora en el agitado panorama universitario
norteamericano. En su diagnóstico sobre la recesión de los estudios humanísticos en la
Universidad americana H. Bloom coincide con otro serio crítico, su casi homónimo Allan
Bloom, en su libro no menos conocido y polémico: El cierre de la mente moderna (Trad.
esp. Barcelona, Plaza-Janés, l989). Lo que esta discusión de largo alcance ha
significado en su contexto social norteamericano, nos interesa parcialmente en la medida
en que puede preludiar o reflejar algo parecido en nuestro país. No es el momento de
rastrear todos sus ecos, pero me gustaría, no obstante, dejar apuntada aquí esa alusión
a la procelosa crisis actual de las Humanidades.
La institución escolar tiene, por lo que toca a
fijar un canon clásico, una responsabilidad evidente. Para su educación los jóvenes
deben encontrar una pauta de excelencia, una lista sugerente, efectiva y ejemplar de los
mejores escritores, artistas, creadores y pensadores del pasado. Esa exigencia de un canon
debe darse por estrictas razones de economía cultural. En palabras de G. Steiner:
"¿De qué otra manera podría existir una cultura, una transmisión de valores? ¿De
qué otra manera podrían el interés y la producción continuada acumularse en la
inversión de la creatividad? Dada la finitud de la existencia personal y de la autoridad
institucional, tiene que haber economías acordadas. Lo inferior, lo efímero, tiene que
ser dejado de lado. Un canon, un programa de estudios, tamiza y separa y, al hacerlo,
dirige nuestro tiempo y nuestros recursos de sensibilidad hacia la excelencia certificada
y plenamente iluminada. El negador, el que por una extraña iconoclastia o marginalidad,
censura las buenas cosechas de la cultura, es un dilapidador de nuestros limitados
recursos receptivos, de los probados y acreditados activos de la gracia". (Presencias
reales, p.84). Efectivamente, es en la escuela donde debería fomentarse y desarrollarse
la lectura como instrumento formativo básico para los más jóvenes. Allí debería
orientarse su disposición a leer, de modo progresivo, y a leer lo mejor, desde breves
textos hasta adentrarse en los grandes libros. Y hacerlo de un modo inteligente, y no
forzado, pues el objetivo es que quienes se educan aprendan a apreciar y amar los libros,
no a temerlos ni a aburrirse con ellos. Hay que insistir en la importancia de la
imaginación narrativa -que culmina en la mejor literatura universal- para la formación
de la personalidad individual, para la configuración paulatina y firme de la inteligencia
crítica, la memoria y la imaginación, como ha subrayado recientemente Martha Nussbaum.
Enseñar a leer, a entender de verdad lo leído, a
profundizar en su sentido con mirada crítica e intentar expresar con claridad las propias
respuestas frente a esos textos impresionantes, es un gran reto espléndido para un
auténtico educador, que va desde los comienzos hasta el final del período didáctico.
Estimular la imitación de los clásicos me parece bien; pero aún mejor es invitar al
diálogo perenne y vivo con sus textos. Los profesores de letras, y desde luego los
filólogos, somos maestros de la lectura a fondo. Tarea de modesta apariencia y, sin
embargo, esencial en todo humanismo. En distintos niveles, por supuesto. ¡Si al menos
supiéramos enseñar a leer, si lográramos transmitir el entusiasmo por la lectura de los
grandes textos, una lectura activa, inteligente y personal! Si lo lográramos, podríamos
darnos por bien pagados de tantas y tantas horas gastadas en empeños y tareas
didácticas. Por consiguiente, y en cierta medida, si nuestros alumnos aborrecen los
libros, si son malos lectores, el fracaso es también nuestro. Y en el desprestigio actual
de la lectura tenemos una parte de culpa, por no haber logrado -cada uno desde nuestra
modesta parcela de conocimientos- infundirles el amor por los libros y la comprensión de
cuánto significan los mejores textos para vivir una existencia libre, alegre, consciente
y solidaria . Pero no resulta menos claro, sin embargo, que los profesores tenemos sólo
una parte de responsabilidad, no la mayor, en ese estrepitoso fracaso. Las presiones de la
sociedad actual, orientada al consumo continuo, el progresivo imperio de una cultura
audiovisual, la opinión manipulada por los grandes medios de comunicación de masas, y
los incontables señuelos y artificios espectaculares de una tecnología desbordada,
reducen a discretos márgenes la influencia de la educación escolar en la vida cotidiana.
El desprestigio de la enseñanza secundaria oficial
-aquí mucho más incisiva y fundamental que la universitaria- atestigua, por otra parte,
en los últimos lustros un sintomático y ubicuo malestar. La profesión docente ha
descendido mucho en influencia y aprecio. ¡Tristes profesores de enseñanza secundaria!
Muchos de ellos almacenan una excelente preparación profesional, que les sirve de muy
poco. Con frecuencia se encuentran agarrotados, maltratados, confusos, desilusionados ante
los planes de estudio y las reformas que marginan sus enseñanzas -las humanísticas y las
científicas también -con horarios exiguos, y que privilegian el aprendizaje de técnicas
y saberes prácticos o de meros entretenimientos con títulos políticamente correctos. Y
que se ven desconcertados, a la vez, por la desidia y el escaso interés de numerosos
alumnos, poco atentos y mal civilizados, y escasamente motivados, como se dice, en sus
estudios por un contexto social desfavorable. La disciplina, la valoración del estudio
esforzado, la memoria y la imaginación, el disponer de tiempo para leer y refrescar las
lecciones, requieren un apoyo y una autoestima que se echa en falta en nuestros centros de
enseñanza, mientras prolifera la rutina burocrática, las reuniones de tiempo perdido, el
encasillamiento de las asignaturas y una jerga pedagógica más que lamentable.
No quisiera repetir hoy todas las críticas que
sobre el tema pedagógico oímos en la conferencia de Antonio Muñoz Molina, pero es
imprescindible recordar todo ese trasfondo turbio si queremos reflexionar a fondo en la
consideración de esta larga crisis, y no plantear la cuestión desde una visión harto
idealista, abstracta e inoperante. La enseñanza de las Humanidades parece, en efecto,
andar un tanto a contrapelo de los tiempos, malos tiempos sin duda para la formación
intelectual en los viejos moldes humanistas. Y, sin embargo, justamente por ese ambiente
poco favorable, debemos insistir en su importancia, en su validez para contrarrestar las
modas. En un futuro en que previsiblemente cada vez habrá menos horas dedicadas al
trabajo, donde el tiempo de ocio debería ser cada vez mayor, es cuando debería cuidarse
más la educación de estilo humanista, es decir, el cultivo de una formación integral,
que permita acceder a los mayores y más espléndidos logros de nuestra civilización.
Parece esencial el acercamiento metódico y progresivo a ese legado estético y ético que
nos educa como seres críticos y libres, capaces de comprender los valores más claros y
altos de nuestra vieja y prodigiosa civilización. Porque se da ahora una notable
paradoja: cuando tenemos al alcance todo un maravilloso legado de ciencia, saber y
belleza, gracias a los inmensos medios de conservación, reproducción y comunicación,
ahora que cualquier persona inteligente podría -al menos en nuestro mundo occidental-
dedicarse en sus ratos de ocio a estudiar alegremente y disfrutar de los más altos
ejemplos de la ciencia, el arte y la literatura universal, cuando la riqueza de toda
nuestra civilización resulta más asequible y parecen fáciles de superar los antiguos
impedimentos de tipo social o económicos, la mayoría parece menospreciar o haber
renunciado a semejante empeño cultural. Y también aquí podemos detectar, creo, un fallo
de esa educación, al menos en el diseño de una formación que no debería orientarse tan
sólo a instruir a los más jóvenes para una tarea o una profesión especializada, sino a
formar individuos con sensibilidad y conciencia, solidarios, imaginativos, responsables, y
con una mirada refinada por la cultura y abierta al ancho mundo. Por otra parte, es la
educación lo que permite y fundamenta una auténtica libertad de elección.
Es grave error recortar el valor de la misma
reduciéndola a lo pragmático y especializado. Insistamos en el valor de la educación
como formación general, como paideia. Sólo quien conoce el bien -como ya argumentaba
Sócrates- puede elegir lo más valioso. Porque no podemos confiar en que, sin una previa
educación, la gente vaya a preferir la cultura y el saber esforzado a la mera diversión
masiva y fácil. La mejor carta que juega la vulgaridad en su favor es lo fácil y cómoda
que resulta. Como ha escrito G. Steiner: "Teniendo libertad de voto, es decir,
gozando de la opción de gastar su ocio y sus recursos económicos a su antojo, la
abrumadora mayoría de la humanidad preferirá el bingo y el debate televisivo a Esquilo o
Giorgione". (Presencias reales, Destino, Barcelona, l99l, p. 189). Pero me gustaría
acabar estas reflexiones con un tono menos pesimista. Los clásicos han perdurado muchos
siglos y seguirán ahí, presentes y persistentes en la educación de los mejores, sin
garantías de ser arropados por la enseñanza oficial, pero sin riesgos, por otro lado, de
llegar al apocalíptico final de la novela Fahrenheit 451. Hemos insistido aquí en su
valor para la formación integral, espiritual, del individuo, pero no debemos olvidar su
mejor razón de éxito: leerlos procura no sólo conocimiento, sino también un variado,
vivaz, inmenso placer. Si conocer es un anhelo natural del hombre, la mejor literatura, a
la vez que nos hace conocer el mundo y a nosotros mismos, nos emociona, eleva, instruye y
divierte. El placer que brindan los clásicos, cuando ya no se leen por obligación
escolar, sino por íntima decisión, es una experiencia mágica. Es el placer del texto
mismo lo que invita a frecuentarlos. Hemos dicho que la lectura de los clásicos nos
libera de las limitaciones del presente y nos impulsa no sólo más allá de nuestro
forzado y no elegido contexto histórico -en un viaje sobre el tiempo, hacia el pasado y
con vistas al futuro-, al encuentro de los mejores escritores de otros tiempos, sino que,
a la vez, nos invita a conocernos mejor, a inventarnos más a fondo a nosotros mismos.
Podemos amueblar el espacio imaginario de nuestra mente con muchas figuras y sabias
palabras, gracias a los juegos del lenguaje, la fantasía y la memoria, pero no hay duda
de que es en los libros del legado clásico donde se encuentran las más seductoras, las
mejor definidas, las más enigmáticas e inolvidables.
Las lecturas de esos grandes libros nos incitan a
distanciarnos de lo inmediato, a vivir en ámbitos nuevos, y vivir mil aventuras, y
ofrecen un campo infinito a la reflexión, la memoria y la imaginación. De nuevo
introduzco una cita de H. Bloom (que será la última): "Leer al servicio de
cualquier ideología, a mi juicio, es lo mismo que no leer nada. La recepción de la
fuerza estética nos permite aprender a hablar de nosotros mismos y a soportarnos. La
verdadera utilidad de Shakespeare o de Cervantes, de Homero o de Dante, de Chaucer o de
Rabelais, consiste en contribuir al crecimiento de nuestro yo interior. Leer a fondo el
canon no nos hará mejores o peores personas, ciudadanos más útiles o dañinos. El
diálogo de la mente consigo misma no es primordialmente una realidad social. Lo único
que el canon occidental puede provocar es que utilicemos adecuadamente nuestra soledad,
esa soledad que, en su forma última, no es sino la confrontación de nuestra propia
mortalidad." (H. Bloom, o.c., p. 40). Por eso, adentrarse en la lectura de un texto
clásico es algo así como emprender un viaje iniciático a un mundo fascinante. Y,
puestos a viajar, podemos pedir que el viaje sea lo más fantástico y enriquecedor
posible, que nos permita visitar el pasado y volver con nuevas palabras e ideas frescas al
presente. Como en el viaje de Ulises al Hades, resulta útil demorarse allí a dialogar
con las sombras más ilustres a fin de retomar luego, más expertos y documentados, el
camino de nuestra casa.
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