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La nuestra es una sociedad mediatizada. Vivimos
sumergidos en un flujo constante de información, imágenes y sonidos que hablan del
hombre contemporáneo: sus sueños, sus frustraciones, el costado más crudo de su
realidad, lo que quiere y lo que no quiere ver. Un mundo globalizado por las
comunicaciones que cumple el sueño de la aldea planteado por Mc Luhan. ¿Qué lugar ocupa
la escuela en este contexto? Pensar que sólo con optimizar la calidad de la información
los medios formarán mejor a las futuras generaciones, no es suficiente: hay que educar a
los receptores.
Los libros y la TV
Desde siempre, en la escuela, el libro ocupó el
primer lugar. Se impuso como herramienta de transmisión del conocimiento, y la creación
de la imprenta le dio el empujón definitivo en la divulgación del saber. Sin embargo,
hubo quienes se opusieron al libro como tecnología. Sin ir más lejos, el mismo Platón
aseguraba que el libro iba a convertir a los hombres en más tontos, porque su pensamiento
no estaba ya en su cabeza, sino en las hojas impresas. Por lo tanto, el hombre iba a ser
menos memorioso, por confiar en la comodidad de ese medio artificial.
En la actualidad, las mismas objeciones se le ponen
a medios como la calculadora, la computadora, y la televisión. Su abuso, desde esa misma
perspectiva, le quita al hombre el precioso don del pensamiento que lo hace al hombre ser
lo que es. La escuela siempre fue la defensora acérrima del libro como vehículo de
conservación de la cultura. Y el docente se atribuía la función de ser su celoso
guardián.
En esa posición determinista fermentó la
contradicción que la TV trajo a la escuela. La escuela no sabe qué hacer con la TV. Se
la incluye en la cultura de la escuela, o se la aparta con el latiguillo de "todo lo
que hay en ella es basura". Y se olvida que los alumnos, las futuras generaciones,
son hijos de la televisión, no de la cultura del libro y de la escuela (como sí son los
docentes). Basta comparar la cantidad de horas que los chicos pasan frente a la pantalla
con el tiempo que invierten en ir a clase y estudiar. La escuela está en una posición
desventajosa. ¿Cómo luchar con esta realidad? Evidentemente ya no sirve refugiarse en la
seguridad del libro y negar que es cultura todo lo que hay en la pantalla. Habrá que
pelear la batalla con las mismas armas que ofrece el medio audiovisual.
Estímulos diferentes
Para entender la fascinación que ejerce la TV sobre
los chicos en edad escolar hay que partir de su capacidad de estimular los sentidos. La
imagen televisiva, con su alto grado de realismo (color, movimiento y sonido) es
fácilmente decodificable, no requiere esfuerzos y conocimientos previos por parte del
receptor. En cambio, el libro le pide al lector un esfuerzo mental importante: imaginar
cada una de las palabras, asociarlas con sus propias representaciones bajo el riesgo de
encontrarse con términos incomprensibles, disponer de un tiempo importante y -sobre todo-
de mucha concentración. Es obvio que los chicos van a preferir la opción facilista de la
televisión. Existe una hiperestimulación sensorial. El medio bombardea al receptor con
imágenes y planos cada vez más cortos, con sonidos y movimientos de cámara cada vez
más violentos, con efectos especiales cada vez más realistas. Este abuso perceptivo
determina una capacidad de recepción cada vez más veloz, más intuitiva, y -por ende-
menos reflexiva.
Cuando el libro es el colmo de la reflexión y la
abstracción, la imagen televisiva es la metáfora perfecta del hombre que no piensa, que
navega a la deriva de su percepción casi epidérmica, centrada en sus ojos y sus oídos.
Esta lógica, que bien podría entenderse como una condición física inalienable del
medio, encierra en realidad una concepción del mundo: "no te detengas a pensar,
devora esta imagen y está atento a la próxima, porque lo que acabas de ver será parte
de la historia, es decir, dejará de existir". Esta obturación de pasado produce una
negación de la historia, y la destrucción de la memoria perceptiva, tan importante en el
proceso de aprendizaje de los chicos.
En otro orden de cosas, al nivel de los contenidos,
los programas televisivos educativos, ya escasos en sí, puede autoboicotearse si no
promueven el acto de pensar en el receptor. Por usar las mismas armas que el medio ofrece,
se cae en el mismo error. El uso de la tecnología audiovisual no asegura en sí una
adecuada transmisión de valores educativos y formadores. Es un uso "efectista"
del medio con fines educativos. Es necesario, ante todo, enseñar a pensar.
Un poco de orden
La escuela es la única alternativa de la sociedad
de la información para educar a las generaciones que ella misma ha producido. Frente al
flujo inconmensurable e incesante de informaciones e imágenes, donde el único criterio
de valor parece ser la "novedad", desde la televisión hasta Internet, se corre
el peligro de la indigestión mental. Una parálisis provocada por la imposibilidad de
procesar tantos datos. Y, lo que es más preocupante, la incapacidad para discernir lo
bueno de lo malo, de rescatar un valor y de identificar mensajes destructivos para la
sociedad.
La escuela debe poner un poco de orden. En primer
lugar, conociendo el código del medio televisivo, su funcionamiento, su capacidad de
estimulación sensorial. Vale preguntarse quién está detrás de las noticias, qué
quiere decir el director del film, la película o la novela. Por qué eligió esos
elementos y no otros para comunicar su idea. Desde qué lugar ideológico parte su
mensaje. Una vez que se logra desactivar el artefacto de la TV, reconocer sus partes y
cómo funcionan en conjunto, entra en vigor la segunda fase: estimular a la creatividad de
los alumnos. Pensar qué otros sentidos alternativos se pueden proponer. Qué otros
mensajes se pueden transmitir. Pensar que las cosas pueden ser, en definitiva, distintas a
como están dadas.
En el apogeo de la cultura letrada, se tenía al
libro como "palabra sagrada": no se discutían sus contenidos, los conceptos
vertidos en las páginas se repetían de memoria pensando que de esa forma se aprendía y
se enseñaba en forma efectiva. Luego se comprendió que los libros sólo arrojan un punto
de vista sobre la realidad. Hoy es necesario que se produzca la misma crisis con la
televisión: lo que aparece en la pantalla, por más que guarde similitud con la realidad,
no es la verdad. Es un punto de vista sobre ella, no es el único, y tampoco el
definitivo.
Desde este lugar, la educación debe instalar en la
mente de los alumnos la necesidad de pensar alternativas diferentes a las manifestadas por
los medios de comunicación. Se debe enseñar a crear y a no quedarse solamente con lo que
se recibe de afuera, ni por los libros, ni por la tele, ni por Internet. Educar se
transforma entonces en la difícil tarea de enseñar a pensar por sí solos. Vale traer al
presente la vieja imagen del tutor, que acompaña los primeros años de crecimiento de un
árbol. Hay que asegurarse de que la planta crezca derecha. Pero llegará el momento en
que habrá que dejarla ir, que sea ella misma, que elija su propia forma, y -sobre todo-
que sea libre.
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Francisco Albarello es
Licenciado en Comunicación Social (UNLP). Trabaja como periodista en un Canal de Noticias
y también es docente en la educación media y universitaria en materias relacionadas con
los medios de comunicación. Investiga en Enseñanza para los medios.
Con el artículo publicado en esta página, Albarello mereció el primer
premio del concurso de la UNESCO "Desafíos para la Educación en el siglo XXI".
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