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A pesar de la fragilidad del vidrio, una botella bien cerrada
está considerada como un objeto muy seguro que puede navegar con escaso riesgo. Es capaz
de flotar en medio de tempestades y el material con el que fue realizada jamás se
deteriora.
En 1954 se rescataron 18 botellas de un barco
hundido 250 años antes, cerca de la costa británica de Kent. No contenían mensajes sino
licor; y aunque el licor era irreconocible, las botellas no presentaban deterioro alguno.
Es imposible predecir la dirección que tomará una
botella arrojada al mar (ver: "Desde Estados Unidos hasta España...)".
En una ocasión se lanzaron juntas dos botellas
desde cierta costa del Brasil: una derivó hacia el Este y al cabo de 130 días fue
hallada en una playa africana. La otra, que se dirigió hacia el Norte, 190 días más
tarde ancló en una playa de Nicaragua.
El caso más singular fue el de un marino japonés
que naufragó en 1784. Matsuyama, así se llamaba, talló una historia breve de su
tragedia en un trozo de madera, que introdujo en una botella que luego selló y lanzó al
mar.
Llegó a tierra 150 años después, precisamente en
la aldea costera donde había nacido el japonés.
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