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La computadora más perfecta

El cerebro, ese misterioso órgano de masa gelatinosa y húmeda que pesa aproximadamente kilo y medio, está protegido, a diferencia del resto, por una coraza ósea. Una computadora con el mismo número de bits cubriría un área similar a España y Portugal.

Antiguamente se pensaba que el cerebro era una masa homogénea, como una especie de requesón. Esto fue así hasta que, a principios de este siglo, se detectó en una preparación histológica de tejido nervioso unas manchas oscuras en forma de pirámide, de cesta y de candelabro, que flotaban en un mar color de rosa. Eran las células nerviosas o neuronas, especializadas en recibir y transmitir los mensajes a través de sus largas y delgadas ramificaciones, los axones (los hilos de entrada) y las dendritas (las puertas de salida).

Por lo menos albergamos 10.000 millones de neuronas en la cabeza. Cada una de ellas establece entre 10.000 y 50.000 contactos con las células vecinas, y puede recibir hasta 200.000 mensajes. Si comparamos nuestra máquina pensante con una computadora, la capacidad del cerebro sería del orden de 10 a 15 bits, memoria más que suficiente para albergar un alma.

Para hacerse una idea aproximada, esta cifra equivaldría a la información contenida en todos los libros escritos, desde las primeras tablillas sumerias hasta el último best-seller publicado recientemente.

El cerebro posee un sistema de memoria tan potente que es capaz de retener la imagen de un rostro o un objeto, y reconocerlo de golpe años más tarde; tan espacioso, que archiva las experiencias de toda una vida, y tan versátil, que basta mencionar una palabra para que por nuestra mente pase un auténtico cortometraje de escenas del pasado, asociadas a imágenes visuales, sonidos, colores, sabores, sensaciones táctiles y emociones.

Pero, ¿qué es la memoria?. Es la facultad intelectual, uno de los aspectos más apasionantes de la mente que permite conservar la información a través del tiempo. La memoria facilita a una simple lombriz de tierra adaptarse al medio en que vive y permite al hombre conectar el

presente con el pasado y, lo que es aún más importante, mantener íntegra su personalidad.

Los expertos estiman que el número de recuerdos almacenados por una persona a lo largo de su existencia supera los 280.000.000.000.000.000.000 bits!!.

Pero, ¿cómo se las ingenia un órgano del tamaño de un melón para seleccionar, archivar y recordar la extraordinaria cantidad de información a la que está constantemente expuesto?

Hasta principios de siglo, se pensó erróneamente que tenía que existir en el cerebro una especie de baúl o biblioteca donde se guardaban los recuerdos. Sin embargo, hoy sabemos que el encéfalo entero participa en los procesos de aprendizaje y memorización, y que como tal no existe el órgano de la memoria.

Dentro del encéfalo, el sistema límbico es quien parece controlar todos nuestros recuerdos.

Los neurobiólogos han demostrado que la mayoría de las amnesias o pérdidas de memoria están ligadas a lesiones en el hipocampo y la amígdala: dos estructuras principales de este sistema.

El daño de otras áreas, como los cuerpos mamilares, como es el caso de los afectados por el síndrome de Korsakoff, una amnesia provocada por la falta de vitamina B1 y ligada al alcoholismo crónico, y el nódulo de Meinert, caso de los pacientes de Alzheimer, suelen conducir a una pérdida irreversible de memoria.

Sin embargo, nadie ha logrado encontrar, hasta el momento, el área concreta relacionada con el almacenamiento de la memoria.

En realidad, las neuronas no llegan nunca a tocarse entre ellas. Las separa siempre un abismo de una veintemillonésima de milímetro, llamado la hendidura sináptica. La actividad del cerebro consiste en miles de millones de impulsos eléctricos que viajan a través de las neuronas a una velocidad que alcanza los 300 kilómetros por hora, y cuya frecuencia -o número de pulsaciones- constituye el elemento variable del mensaje codificado. Pero el impulso eléctrico, denominado potencial de acción, no puede saltar la hendidura sináptica. 

Para salvar la distancia, la célula libera un auténtico mensajero químico, llamado neurotransmisor.

Este es capaz de activar y desactivar las células más próximas, según lo que le haya ordenado la corriente eléctrica. Este fenómeno es conocido como sinapsis.

Nuestra salud mental depende en gran medida de lo que le ocurra a este mensajero cerebral

en el camino. Si es destruido por salvajes enzimas antes de llegar a su destino, o al llegar al axón vecino no encuentra al destinatario del mensaje, la comunicación se corta. También puede suceder que la neurona, por alguna tara genética o alguna lesión exterior, fabrique el neurotransmisor con graves deficiencias, e incluso que lo libere en cantidades inapropiadas.

El resultado es parecido: la charla entre células nerviosas se interrumpe. Por ejemplo, a través de los estudios por especialistas, se sabe que, en la enfermedad de Parkinson, la degeneración de las neuronas pigmentadas del tronco del encéfalo, fundamentalmente de la sustancia negra, conduce a una disminución importante de dopamina -sustancia que origina el mal -. Aunque neurotransmisores, como la serotonina, la noradrenalina, la acetilcolina y el GABA, también escasean en los cerebros enfermos.

Temblores, rigidez y lentitud en la realización de movimientos voluntarios (bradicinesia), son los síntomas característicos del Parkinson, enfermedad que afecta a uno de cada 10,000

habitantes. El origen del mal aún es desconocido. La alta incidencia de síndromes parkinsonianos en pacientes que habían sufrido previamente una encefalitis vírica hizo pensar que el trastorno podía deberse a un virus. Pero si existe en realidad este virus, nadie ha sido capaz de atraparlo aún. Recientemente, el descubrimiento accidental de la neurotoxina MPTP, capaz de producir en humanos y en animales de laboratorio los síntomas y las alteraciones bioquímicas y anatomopatológicas propias del mal de Parkinson, ha apuntado la posibilidad de que tenga un origen tóxico-ambiental.

Sin embargo, al igual que ocurre con el escurridizo virus, ningún científico ha encontrado el veneno en el ambiente, por lo que los especialistas piensan que la enfermedad tiene un origen múltiple, de forma que sea necesaria la concurrencia de los factores mencionados anteriormente para que aparezca.

La administración continua, oral o por infusión, mediante una bomba impelente, de fármacos como la L-dopa, la bromocriptina, el lusuvide, el pergolide o el deprenilo, ayuda a contrarrestar la escasez de dopamina en los parkinsonianos, mejorando de esta forma su calidad de vida y supervivencia.

Pero, ¿podría la semilla del Parkinson encontrarse en nuestros genes?. Según apuntan los estudios epidemiológicos, es probable que no. Pero hace tan sólo unas décadas, este planteamiento habría desatado más de una sonrisa de incredulidad en la comunidad científica.

¿Cómo un trastorno de la mente va a tener una causa genética?. Durante bastante tiempo los estudiosos de la mente se mostraron escépticos ante la posibilidad de que algunos fallos en el ADN pudieran desencadenar trastornos neurológicos, pero ahora la genética molecular ha entrado en el terreno inexpugnable de la psiquiatría.

Un gen en el cromosoma 4 parece ser la causa de la Corea de Huntington, desorden neurovegetativo que se caracteriza por una demencia progresiva y movimientos incontrolados que invalidan al paciente; en el cromosoma 11, otro gen causa la depresión bipolar, una forma de depresión que se alterna con episodios de manía, y un gen distinto cercano a éste sería el culpable de cierta formas de alcoholismo; la esquizofrenia probablemente tiene su origen en un defecto de un fragmento de ADN en el cromosoma 5; y según el biólogo Allen Roses, de la Universidad de Duke, Carolina del Norte, un gen en el cromosoma 21 es el causante del mal de Alzheimer.

De manera gradual e inexorable, los enfermos de Alzheimer van perdiendo la memoria, el juicio y la estabilidad emocional. Entre 4 y 12 años después del comienzo de la enfermedad, y tras una fase terminal de postración y debilidad increíble, el paciente encuentra la muerte.

Desafortunadamente, no se conoce ninguna terapia totalmente eficaz para detener o retardar este padecimiento. El Mal de Alzheimer ha cobrado tal importancia que en esta década del cerebro, la mayor inversión del gobierno de los Estados Unidos está dirigida hacia este mal.

Pero, ¿cuál es la causa de la esta enfermedad?. Una sustancia presente en abundancia en las placas seniles parece jugar un papel importante. Se trata de la proteína beta-amiloide. 

Este péptido, presente también en ancianos normales, pero en menor cantidad, se genera por ruptura de una proteína mayor: la proteína precursora del amiloide. En condiciones normales, el procesamiento de ésta no da lugar a la beta-amiloide, pero en el Alzheimer, la ruptura es anormal y entonces se genera este péptido fatal.

Como podemos ver la lista de enfermedades neurológicas que se conocen puede ser interminable: esquizofrenia, afasia, mal de Parkinson, dislexia, síndrome de Korsakoff, epilepsia, mal de Alzheimer, síndrome de Down, infarto cerebral, depresión mayor, trauma craneal y espinal, tumor cerebral, retraso mental, esclerosis lateral amiotrófica, cistecercosis, arteroesclerosis cerebral, Corea de Huntington, sólo por citar lagunas de las más conocidas.

No obstante, los estudios realizados por los neurólogos llevan catalogadas 650 enfermedades del sistema nervioso, algunas de ellas intratables, que sumergen al paciente en un estado lamentable, e incluso le producen la muerte.

Se estima que sólo en Estados Unidos hay entre 47 y 50 millones de personas tocadas por algún desorden neurológico. Esto supone, además del impresionante impacto económico que está por el orden de los 150 mil millones de dólares al año, un terrible drama social, tanto para las víctimas como para sus familiares. Estas y otras razones han sido suficientes para que en 1990 el gobierno norteamericano diese luz verde a un ambicioso proyecto, bautizado como la Década del Cerebro. Entre sus objetivos se destacan el concientizar a la población de la magnitud del problema; potenciar el diagnóstico, el tratamiento y la prevención; incrementar el esfuerzo en la rehabilitación y ante todo coordinar la labor que desde múltiples fuentes se lleva a cabo en la lucha contra estos males.

Pero, ¿qué saben realmente los científicos acerca de este órgano? ¿Cómo se las ingenia un pedazo de materia, para ver, oír, recordar, olvidar y realizar cientos de miles de funciones a la vez? ¿Quién gobierna el cerebro? ¿Serán los genes, el ambiente o el mismo es el que toma las decisiones? ¿Puede un simple rasguño en la masa gris o una efímera reacción química trastornar la mente? ¿Son equivalentes los conceptos cerebro y mente?

Es probable que nunca lleguemos a responder estas y otras muchas interrogantes relacionadas con el funcionamiento de este órgano húmedo y gelatinoso de cerca de kilo y medio de peso que, a diferencia del resto, está encerrado y protegido por una coraza ósea. 

Desde hace apenas un siglo, los psiquiatras saben que un cambio en la conducta significa un cambio en la química cerebral. Así, la liberación de la hormona cerebral colecistoquinina nos produce ansiedad; la hormona hipotalámica CRF provoca estrés en el cerebro; el DDAVP hace que memoricemos con mayor facilidad una lista de objetos; el péptido hipotalámico LRH abre el apetito sexual; la serotonina refuerza nuestra personalidad; un exceso de 5-HIAA puede convertirnos en auténticos psicópatas. Además, nuestro cerebro está constantemente fabricando y consumiendo drogas. Estas, algunas muy similares al opio, la heroína, la morfina y otros narcóticos, filtran las señales que llegan del exterior y modulan la realidad que percibimos.

Cuando el equilibrio químico se altera el riesgo de que aparezca una enfermedad mental es mayor.

Después de ver estas informaciones, de seguro que en estos próximos años, la caja negra -como algunos consideran al cerebro- organización de materia más complicada que conocemos, nos sorprenderá con nuevos datos y revelaciones para bien de toda la humanidad. En este sentido, el investigador norteamericano Lyall Watson dice: "si el cerebro fuera tan elemental que pudiéramos entenderlo, seríamos tan simples que no podríamos entenderlo".

Muy diferente a lo que ocurre con el corazón, el hígado y otros órganos vitales, el cerebro es el único que está casi completamente protegido por un resistente caparazón óseo: el cráneo.

Considerada como la parte más antigua del sistema nervioso central, la médula espinal coordina grupos de músculos y evita los estímulos dolorosos en el cuerpo. Se conecta con el cerebro a través del tallo cerebral.

Albergamos aproximadamente 10.000 millones de neuronas en la cabeza. Cada una de ellas establece entre 10.000 y 50.000 contactos con las células vecinas, a través de sus axones y dendritas.

Se estima que sólo en los Estados Unidos hay entre 47 y 50 millones de personas que padecen, en mayor o menor sentido, algún desorden neurológico.

En contra de la antigua creencia que el cerebro adulto se comporta como una arquitectura rígida, la materia gris está entrenada para responder a los cambios ambientales, reparar lesiones y reaccionar a perturbaciones internas, como las hormonales.

Nacemos con los órganos sensoriales sin estrenar y un cerebro bien formado, cuyas redes neuronales exhiben una gran maleabilidad.

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