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Un hongo fermenta las uvas para convertirlas en
vino, otro las mata todavía en la vid. Son responsables del esponjamiento del pan y
apreciados por los gastrónomos.
Ennegrecen los azulejos del baño, causan o curan
enfermedades, enriquecen el suelo y ayudan a las plantas a echar raíces.
¿Son plantas o animales?
Ni lo uno, ni lo otro. Los hongos forman su propio
reino. Su tamaño fluctúa desde especies microscópicas hasta las que pueden extenderse
por más de 900 hectáreas. Son los organismos vivos más grandes de la Tierra.
Los hongos se parecen a los animales en cuanto
consumen a otros organismos, ya que, a diferencia de las plantas, no son capaces de
producir su propio alimento. Pero, al igual que algunas plantas, ciertos hongos, dispersan
sus esporas al viento (para desgracia de los alérgicos).
Los micólogos (científicos dedicados al estudio de
los hongos) calculan que quizás la Tierra aloje casi un millón y medio de especies de
hongos.
La mayoría de los hongos son variedades
imperceptibles que se alojan en la tierra. Allí cumplen una función vital: con la ayuda
de enzimas descomponen compuestos orgánicos en nutrientes para sí mismos y para plantas
y árboles.
Algunos estudiosos creen que los síntomas físicos
y el comportamiento errático que provocaron el enjuiciamiento de las brujas de Salem
fueron causados por un hongo tóxico consumido en los cereales, en especial en el centeno.
A mediados de la década de 1980, un hongo
convirtió los cultivos de papas (patatas) de Irlanda en negras masas pegajosas, por lo
que casi un millón de personas murió de hambre y más de medio millón emigró a
Norteamérica y otras regiones.
Los hongos son fuente de notables antibióticos,
como la penicilina.
También desempeñan otros muchos papeles: desde
inofensivos agentes putrefactores hasta predadores insidiosos y patógenos. |