El presidente de la empresa convocó al consejo de administración. Todos
los rostros delataban honda preocupación.
- Señores, la situación es muy grave. Nuestra empresa produce mucho,
vierte mucho y contamina mucho. Los vertidos nos desbordan, y la Administración nos ha
dado un ultimátum para que depuremos las aguas y tratemos los desechos. Pero las medidas
son tan costosas que nos conducirán inevitablemente a la quiebra. Esta es la situación.
¿Alguna sugerencia?
Nadie la tenía, excepto un consejero.
- En la naturaleza no existen las palabras vertido ni desecho -dijo-;
cualquier residuo es materia prima para otros. El árbol que cae se convierte en abono
para otras plantas. Los animales que mueren suministran fósforo a otros. Analicemos
nuestros procesos y veamos cómo podemos mejorarlos.
A todos pareció buena la idea y pusiéronse a la tarea. Tras un examen
global de sus modos de fabricación, vieron que podían sustituir algunos productos
tóxicos por otros inocuos. Una parte de las aguas, que ahora se vertían en su totalidad,
fue reintegrada para procesos que no requerían aguas nuevas. También pudieron reutilizar
algunos de los desechos que hasta entonces se vertían o se quemaban.
Los primeros resultados sorprendieron a los más escépticos. Ahora la
factura de agua era menor y, además, los vertidos no eran tan agresivos, lo que permitió
depurar con técnicas más sencillas y más baratas que las requeridas anteriormente.
También bajó la factura de abastecimiento de materias primas, gracias a los residuos
recuperados en la propia industria.
Los empleados, en general jóvenes motivados por la ecología, colaboraron
entusiastas con nuevas propuestas para mejorar los procesos. Constantemente se proponían
nuevas metas, tendientes a reducir la contaminación en todas las fases y a reutilizar las
aguas y los desechos, lo que provocó no sólo tecnologías más limpias sino ahorros
notables e incrementos de la productividad.
Se diseñaron nuevos envases reciclables y la imagen de la empresa mejoró
ante sus clientes. Por este lado, la compañía descubrió un filón que le hizo ganar
cuotas de mercado. Y la experiencia acumulada permitió abrir una rentable división
ambiental, que asesoraba a otras empresas.
Esta historia no tiene nada de utópica. Es el camino emprendido por
algunas empresas precursoras de Canadá, Estados Unidos y Holanda. La manera inteligente
de convertir un problema en una solución. Con ello se ha demostrado que cuando una
industria realiza el salto ecológico, no sólo beneficia ambientalmente a la sociedad.
También mejora, a la larga, sus resultados.
Por cierto, el consejero de nuestra historia fue nombrado presidente de la
Compañía.
Medio ambiente, empresa y resultados económicos no están reñidos.
|