Ecología

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Seguridad vial y medio ambiente

La disminución de la velocidad máxima de circulación en carretera supondría reducir el número y la gravedad de los accidentes, el consumo energético, las emisiones contaminantes y los daños ambientales causados por la construcción de carreteras

Aunque el mal estado y la baja calidad de las carreteras, la escasa educación vial y la falta de respeto de las normas de circulación son factores importantes que contribuyen a elevar las cifras de accidentes automovilísticos, la causa de fondo es la velocidad de los automóviles.

La razón es que la respuesta de un conductor a un incidente en la vía se traduce en una distancia de frenado que aumenta con la velocidad a la que circula. Así, a 80 km/h un automóvil requiere entre 25 y 30 metros para detenerse, pero a 120 km/h esa longitud aumenta a 60 - 70 metros (estas medidas son en condiciones óptimas de adherencia del suelo, con vehículos en perfecto estado y con conductores profesionales). Con la velocidad también se modifica el espacio cubierto por la atención del conductor.

Como en una calle o carretera siempre van a existir incidentes fortuitos, de lo que se trata es de establecer una velocidad máxima de modo que cada espacio sea aceptablemente seguro.

Desde el punto de vista de la Asociación Ecologista de Defensa de la Naturaleza (AEDENAT), no pueden resultar aceptablemente seguras unas carreteras con las velocidades actualmente admitidas. Por consiguiente:

La disminución de la velocidad máxima de circulación produciría una reducción significativa en el número y gravedad de los accidentes.

Las organizaciones sociales europeas dedicadas a los distintos aspectos de la seguridad víal, del tráfico y del medio ambiente, llevan muchos años realizando campañas para reducir la velocidad de circulación de los vehículos motorizados.

Entre las propuestas que están teniendo más exito destaca la de rebajar la velocidad máxima de circulación en áreas residenciales a 30 km/h, permitiendo de ese modo la recuperación del espacio público, la mejora de las condiciones de vida locales y una mayor seguridad para peatones y ciclistas, especialmente en los grupos de edad de mayor riesgo: niños y ancianos.

Centenares de barrios y calles de todos los países europeos se han transformado para amortiguar la velocidad del automóvil, estableciéndose velocidades máximas de 15, 20 o 30 km/h. Estas actuaciones con nombres como "woonerf", "tempo 30" o "traffic calming", son todavía casi desconocidas en el Estado español a pesar de que cuentan con años de experimentación y buenos resultados en el resto del mundo.

Recogiendo toda la reflexión anterior la Federación Europea para el Transporte y el Medio Ambiente, a la que pertenece AEDENAT y que reúne a las organizaciones más sólidas y prestigiosas relacionadas con los problemas del transporte y la calidad de vida, tiene como objetivo la reducción de las velocidades máximas de circulación en todos los países europeos según el siguiente detalle:

Autopistas y autovías, 100 Km/h. Resto de carreteras, 80 Km/h. Vías urbanas, 50 Km/h. Vías en áreas residenciales, 30 Km/h.

La adopción de estas limitaciones de velocidad en el Estado español podría reducir significativamente el número y la gravedad de los accidentes que se producen anualmente.

Al margen de las consecuencias que sobre las vidas humanas tiene la velocidad de circulación, hay que mencionar, cuanto menos, una cara poco llamativa de la carretera como es el enorme número de atropellos de fauna que se producen en ella. A mayor velocidad también aumentan las muertes entre los animales que pretenden cruzar las vías de comunicación. La adopción de las limitaciones reiteradas ayudaría a la conservación de este patrimonio natural.

Velocidad y energía

El Ministerio de Industria y Energía, en una campaña de moderación del consumo energético, mencionaba que "bajar de 120 Km/h a 90 Km/h supone un 25% de ahorro" en el consumo de gasolina. Mantener la velocidad permitida de circulación es incitar a un incremento del consumo energético.

La razón de que se produzcan estos incrementos exponenciales del consumo energético cuando se superan los 90 km/h es que, precisamente entre los 80 y los 90 km/h se encuentra el máximo de la eficiencia energética de los automóviles en relación con la velocidad. Las leyes de la mecánica, del rozamiento y de la aerodinámica hacen que, para superar los 80-90 km/h, los motores de los automóviles consuman crecientes cantidades de combustible con rendimientos decrecientes en términos de velocidad alcanzada.

En condiciones de circulación en las que se dan frecuentes detenciones, como ocurre en la conducción en ciudades, el hecho de que se permitan velocidades excesivas también es causa de despilfarro energético, pues con ello se favorecen aceleraciones y frenadas innecesarias con alto consumo de combustible.

Cualquier política que busque frenar el despilfarro energético en el sector del transporte ha de volcarse, en primer lugar, en reducir y controlar las velocidades de todos los vehículos pues, al igual que ocurre con los automóviles, existen velocidades despilfarradoras y velocidades eficientes energéticamente en camiones, autobuses, trenes, barcos o aviones.

Velocidad y medio ambiente

En estrecha relación con el consumo energético, el aumento de las velocidades máximas de circulación incrementaría el volumen de las emisiones contaminantes de los vehículos, lo que resulta contradictorio con las medidas de control de, por ejemplo, los gases causantes del efecto invernadero que están siendo propuestas por la UE. En sentido opuesto se notarían las consecuencias tanto de hacer cumplir las limitaciones de velocidad actuales como las de reducir las velocidades máximas vigentes.

Otra consecuencia negativa del incremento de la velocidad de circulación sobre la calidad de vida es el ruido. La velocidad determina la importancia de cada factor de ruido en el movimiento de un vehículo: ruido de rozamiento rueda-carretera, ruido del motor y ruido aerodinámico. Aunque la suma de los tres factores no es una función lineal de la velocidad, si se puede afirmar que entre 100 y 130 km/h se producen incrementos importantes del ruido de la circulación de los vehículos, especialmente del ruido de tipo aerodinámico.

Una última consecuencia a tener en cuenta a la hora de definir las velocidades máximas de circulación es el incremento del impacto ambiental de la construcción de las carreteras, que está directamente ligado a la velocidad de circulación para la que se diseñan. En efecto, las exigencias técnicas en cuanto a radios de las curvas, pendientes máximas y anchuras de las vías, se incrementan con la velocidad de diseño, con lo que ello significa de menor adaptación al territorio y mayor destrucción del patrimonio natural. Por ejemplo, si se pretende que las autovías se diseñen para 120 km/h en lugar de 100 km/h, la plataforma asfaltada pasará a tener 23,5 metros, en vez de 15 metros de ancho. Y los radios mínimos de las curvas pasarán a ser de 650-900 metros en lugar de 450-600 metros. Por consiguiente, para reducir el daño ambiental de la construcción de carreteras, una medida básica es limitar la velocidad con la que se diseñan.

Papel de la industria y de la administración

La industria de la automoción tiene responsabilidades directas en este asunto de las velocidades máximas de circulación: Por un lado su parte de responsabilidad en que la velocidad que pueden alcanzar los automóviles que se fabrican sea muy superior a la que se permite o se podría permitir en cualquier carretera española, con lo que ello significa de fomento de las infracciones, imprudencias y despilfarros. Por otro tiene también responsabilidad sobre los mensajes publicitarios que siguen primando los rasgos de velocidad y potencia de los vehículos, más allá de las posibilidades legales y reales de conducción.

Estas incoherencias, repetidas en el resto de los países europeos, hacen necesario plantear que, por motivos de seguridad víal, consumo energético e impacto ambiental, se inicie una política comunitaria dirigida a reducir las velocidades para las que se diseñan y fabrican tanto los automóviles producidos en Europa como los de importación; así como dirigida a suprimir la publicidad de los automóviles basada en los rasgos de potencia y velocidad.

Conclusiones

1. Es aconsejable reducir los límites actuales fijándolos en las siguientes cifras máximas: 100 km/h en autopistas y autovías, 80 km/h en el resto de carreteras, 50 km/h en vías urbanas, 30 km/h en vías en áreas residenciales.

2. Esas velocidades máximas repercutirían positivamente en la calidad de vida: a) Reduciendo el número de accidentes en vías urbanas. b) Reduciendo el consumo energético en vías urbanas y en carretera. c) Reduciendo la emisión de contaminantes por parte de los vehículos. d) Disminución de impactos causados por construcción de carreteras.

3. Complementando el cuadro de velocidades máximas señalado, es necesario iniciar una política industrial en el ámbito europeo que adecue la fabricación de vehículos a los mencionados límites; reduciendo por tanto las velocidades para las que se diseñan y fabrican los vehículos.

4. Por último, resulta imprescindible el control riguroso de la publicidad del sector de la automoción, evitándose los mensajes publicitarios apoyados en los rasgos de potencia y velocidad del vehículo.


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Editada en Buenos Aires - Argentina