Antoine de Saint-Exupéry

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El cuerpo

Quisiera decir dos palabras sobre el cuerpo. Ya sé que en la vida cotidiana no se capta lo que voy a expresar. Para que esa evidencia se haga patente, se precisa de la urgencia de estas condiciones. Se precisa de esta lluvia de luces ascendentes. Se precisa de este asalto de golpes de lanza. Se precisa, en fin, que se forme ese tribunal para el juicio final. Sólo entonces se comprende (Exupéry viene narrando una batalla aérea durante la guerra).

Al vestirme me preguntaba: "¿Cómo serán los últimos instantes?" La vida se ha encargado siempre de desmentir los fantasmas que yo inventaba. Pero esta vez se trataba de avanzar desnudo, bajo el desencadenamiento de puños estúpidos, sin que ni siquiera pudiese uno cubrirse el rostro con el brazo.

La prueba. Hacía una prueba sobre mi carne, Imaginaba que la infligían a mi carne. Es evidente que el punto de vista que adoptaba era el de mi propio cuerpo. ¡Nos ocupamos tanto de nuestro cuerpo! Se le viste, se le lava, se le cuida, se le afeita, se apaga su sed, se le alimenta. Nos hemos identificado con ese animal doméstico. Se le conduce al sastre, al médico, al cirujano. Se sufre con él. Se llora con él. Se ama con él. Se ha dicho de él: "Soy yo". Y he aquí que de repente esa ilusión se desvanece. ¡Bastante importa el cuerpo! Hay que relegarlo al rango de servidumbre. Tan pronto como la cólera se aviva, el amor se exalta o surge el odio, se resquebraja esa solidaridad tan cacareada.

¿Está tu hijo atrapado en un incendio? ¡Lo salvarás! ¡No pueden detenerte! Ardes tú mismo, pero te burlas de ello. Dejas esos desgarrones de carne como garantía a quien los quiera. Descubres que no sientes ningún apego hacia lo que te parecía tan importante. ¡Venderías tu hombro, si fuese un obstáculo, por el lujo de recibir una palmada! Te encuentras inmerso en tu propia acción. Tu acción eres tú. Nada hay fuera de ti. Tu cuerpo es tuyo, no tu ser. ¿Vas a golpear? Nadie te lo impedirá amenazándote en tu cuerpo. ¿Tú? Es la muerte del enemigo. ¿Tú? Es la salvación de tu hijo. Te truecas. Y no sientes la sensación de perder en el trueque. ¿Tus miembros? Son herramientas. ¡Qué importa si una herramienta salta mientras se está tallando! ¡Tú te cambias por la muerte de tu rival, la salvación de tu hijo, la curación de tu enfermo, tu descubrimiento, si eres inventor! Como ese camarada del Grupo herido de muerte. La mención reza: "Entonces dijo a su observador: ¡Estoy perdido! ¡Lárgate! ¡Pon los documentos a salvo...!" Únicamente importan los documentos, o la salvación del niño, o la curación del enfermo, la muerte del rival, el descubrimiento! El significado de ti mismo surge deslumbrador. Es tu deber, tu odio, tu amor, tu fidelidad, tu invención. No encuentras nada más en ti.

Antoine de Saint-Exupéry
de PILOTO DE GUERRA

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Editada en Buenos Aires - Argentina