Antoine de Saint-Exupéry

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El lenguaje

Aquellos que mezclan los lenguajes se equivocan porque, por cierto, puede faltar aquí y allá un epíteto como el de un cierto verde que es propio de la cebada joven y quizá lo encuentre en el lenguaje de mi vecino. Pero se trata aquí de signos. Así, puedo designar la calidad de mi amor diciendo que la mujer es bella. Así, puedo designar la calidad de mi amigo refiriéndome a su discreción. Pero de este modo no aporto nada que sea movimiento de la vida. Sino consideraciones sobre el objeto, como si estuviera muerto.

Hay, ciertamente, pueblos que han construido una calidad de calidades diversas. Que han dado un nombre a un dibujo dibujado con los mismos materiales. Y que tienen una palabra para decirlo. Así, quizá hay una palabra posible para designar la melancolía que sin razón te toma por la tarde delante de tu puerta cuando el sol deja de arder, y la noche te transforma pronto en vigilante, lo cual es temor de vivir a causa del aliento de los niños siempre próximos a cambiarse en jadeos de enfermedad; como en la montaña por escalar, cuando te viene ese temor a que renuncien y querrías tomarlos de la mano para ayudarlos. Y esa palabra sería expresión de tu experiencia y el patrimonio enriquecido de tu pueblo si fue a menudo empleada.

Pero no transporto nada que no sepas. Y mi lenguaje en su esencia no está hecho para conducir a los ya realizados, ni para pintar la flor cuando es rosa, sino para construir con la ayuda de palabras muy simples, operaciones que te liguen, y no decir de una que es bella, sino que ella hacía el silencio en el corazón como un surtidor en la siesta.

Y debes insistir en las operaciones que hacen posibles el genio de tu pueblo y que lo anudan según su genio, lo mismo que la trama de las canastas de mimbre o de las redes del mar. Pero si mezclas los lenguajes, en vez de enriquecer al hombre, lo vacías, pues en lugar de expresar la vida en sus operaciones no le propones más que operaciones ya hechas y gastadas, y en lugar de confiarme el descubrimiento que significa para ti ese cierto verde, y como te alimenta y cambia la vista del centeno joven cuando vuelves de tu desierto, he aquí que te sirves de una palabra ofrecida antes como provisión y que, permitiéndote designar, te impiden asir.

Porque vana era tu pretensión de nombrarme todos los colores apoderándote de los nombres con que se los designa, y todos los sentimientos tomando sus nombres del lugar donde se los siente y donde una palabra resume la experiencia sufrida por generaciones; y de nombrarme todas las actitudes internas, como el gusto de la tarde, tomándolas donde el azar las ha hecho enunciarse. Creyendo enriquecer al hombre con la posesión de ese dialecto universal. Cuando la verdadera riqueza y divinidad del hombre no es ese derecho a la referencia del diccionario, sino el sacar de Sí, en su esencia, eso que precisamente no hay palabra para decirlo, pues de lo contrario no me enseñarás nada o necesitarás más palabras que granos de arena hay a lo largo de los mares.

¿Qué son, en comparación de las que podrías decir, las palabras que hayas robado y que pudrirán tu lenguaje?

Porque aún están por nombrarse esas cimas de montañas distinguidas de las otras, que te hacen un mundo más claro. Y puede ser que al crear, yo te aporte algunas verdades nuevas cuyos nombres, una vez formulados, serán como el nombre de alguna nueva divinidad en tu corazón. Pues una divinidad expresa una cierta relación entre calidades cuyos elementos no son nuevos, sino que lo son una vez que los ha incorporado a ella.

Porque he concebido. Y es bueno que marque con fuego en tu corazón la cifra que pueda aumentarte. Por temor a que al punto te extravíes.

Pero sabe que fuera de las piedras angulares que me han descubierto otros distintos a ti, nada puedes designar con las palabras que sea de tu esencia y de tu vida. Y si me pintas el cielo rojo y el mar azul rehúso sorprenderme porque sería demasiado fácil conmoverse.

Para conmoverme es preciso anudarme con los lazos de tu lenguaje; porque el estilo es operación divina. Me impones entonces tu estructura y los movimientos mismos de tu vida, los cuales no tienen igual en el mundo. Porque si todos han hablado de las estrellas y de la fuente y de la montaña, ninguno te ha invitado a escalar la montaña para beber en la fuente de las estrellas su leche pura.

Pero si existe, por acaso, un lenguaje donde esa palabra sea, es que entonces no he inventado nada y nada aporto que sea viviente. No te cargues con una palabra que te sirva cada día. Porque son falsos dioses los que no sirven para las plegarias de cada tarde.

Pero si la imagen te ilumina, entonces es cima de montaña desde la cual el paisaje se ordena. Y regalo de Dios. Dale un nombre para recordarla.

Antoine de Saint-Exupéry
de CIUDADELA

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Editada en Buenos Aires - Argentina