Antoine de Saint-Exupéry |
El tedio |
...porque aquellos se pasman y querrían hacerte creer que arden día y noche. Pero mienten. Miente el poeta que día y noche te habla de la embriaguez del poema. Si sufre un dolor de vientre se olvida de todos los poemas. Miente el enamorado que pretende estar habitado día y noche por la imagen de su amada. Una pulga lo aparta, porque pica. O el simple tedio, y bosteza. Miente el viajero que pretende embriagarse día y noche con sus descubrimientos; porque si la ola es muy honda vomita. Miente el santo que pretende contemplar a Dios día y noche. Dios se retira a veces de él, como el mar. Y está entonces más seco que una playa de guijarros. Mienten los que lloran su muerte día y noche. ¿Por qué lo llorarían día y noche, si no lo amaban día y noche? Conocían las horas de disputa o de cansancio o de distracciones fuera del amor. Y ciertamente, el muerto está más presente que el vivo, contemplando fuera de los litigios, transformado en uno. Mas eres infiel, hasta con tus muertos. Mienten todos ellos, porque reniegan de sus horas de sequedad, por no haber comprendido nada. Y te hacen dudar de ti porque, al oírlos afirmar su fervor, crees en su permanencia y, a tu vez, ruborizado de tu sequedad cambias la voz y el rostro si, cuando estás de duelo, te miran. Pero yo sólo conozco el tedio que pueda llegar a ser permanente para ti. El cual proviene de la invalidez de tu espíritu que no sabe leer ningún rostro a través de los materiales. Tal quien considera el material del juego de ajedrez sin adivinar que allí se inscribe un problema. Pero, en recompensa de la fidelidad en la crisálida si se te otorga cada tanto, el segundo de iluminación del centinela, o del poeta, o del creyente, o del amante, o del viajero, no te quejes de no contemplar siempre el rostro que transporta. Porque los hay tan ardientes que consumen a quien los contempla. La fiesta no es de todos los días. Luego te equivocas cuando condenas a los hombres por sus movimientos de rutina, a la manera del profeta de ojos bizcos que día y noche incubaba un santo furor. Porque demasiado sé que el ceremonial degenera ordinariamente en tedio y rutina. Porque demasiado sé que el ejercicio de la virtud degenera ordinariamente en concesiones a los gendarmes. Porque demasiado sé que las altas reglas de justicia degeneran ordinariamiente en biombo de manejos sórdidos. Pero ¿qué importa? Sé también del hombre, que suele dormir. ¿Me quejaré entonces de su inercia? Sé también del árbol que no es flor, sino condición de la flor. Antoine de Saint-Exupéry |