Antoine de Saint-Exupéry |
Aceptar el error |
¿Quién podría afirmar que es ésta una doctrina de débiles? El jefe es aquel que lo toma todo a su cargo. Dice: "He sido derrotado". No dice: "Mis soldados han sido derrotados". El hombre verdadero habla así. Hochedé diría: "Yo soy el responsable". Comprendo el sentido de la humildad. No es denigrante en sí. Por el contrario, es el principio mismo de la acción. Si, con intención de absolverme, excuso mis desgracias por la fatalidad, me someto a la fatalidad. Si las excuso por la traición, me someto a la traición. En cambio, si acepto el error, reivindico mi poder de hombre. Puedo actuar sobre lo que soy. Formo parte constituyente de la comunidad de los hombres. Existe, pues, alguien en mí que he de combatir para crecer. He necesitado de este difícil viaje para poder distinguir en mí, mal que bien, entre el individuo contra el que combato y el Hombre que crece. Ignoro el valor que pueda tener la imagen que se me ha ocurrido, pero yo me digo: el individuo no es más que una ruta. Tan sólo cuenta el Hombre que la emprende. Yo no me satisfacen las verdades de polémica. ¿De qué sirve acusar a los individuos? No son más que vías y pasajes. Ya no puedo achacar la congelación de mis ametralladoras a las negligencias de funcionarios ni la ausencia de los pueblos amigos al egoísmo. Cierto que la derrota se expresa por fallos individuales. Pero una civilización moldea a los hombres. Si se ve amenazada la que yo considero como una y ello por flaquezas de los individuos, tengo derecho a preguntarme por qué no los moldeó distintos. Una civilización, al igual que una religión, se acusa a sí misma si se queja de la molicie de sus fieles. Su deber consiste en exaltarlos. Lo mismo ocurre si se queja del odio de los infieles. Su deber consiste en convertirlos. Sin embargo, la mía, que antaño pasó con éxito sus pruebas, que inflamó a sus apóstoles, dominó a los violentos, liberó a los pueblos de esclavos, no ha sabido hoy ni exaltar ni convertir. Si quiero llegar hasta la raíz de las diversas causas de mi derrota, si tengo la ambición de revivir, necesito antes encontrar el fermento que he perdido. Antoine de Saint-Exupéry |