Antoine de Saint-Exupéry |
Eternidad y cambio |
Odio lo que cambia. Estrangulo a aquel que se alza en la noche y arroja al viento sus profecías como el árbol tocado por la semilla del cielo, cuando cruje y se quiebra y abrasa con él la floresta. Me aterro cuando Dios renueva. Él, el inmutable, ¡que se sosiegue en la eternidad! Pues hay un tiempo para el génesis; ¡pero hay un tiempo, un tiempo dichoso, para la costumbre! Es preciso pacificar, cultivar y pulir. Soy el que recose las fisuras del sol y oculta a los hombres las trazas del volcán. Soy el césped sobre el abismo. Soy la cueva donde maduran las frutas. Soy la barca que ha recibido de Dios una generación en prenda y la pasa de una orilla a la otra. Dios, a su vez, la recibirá de mis manos, tal como me la confió, quizá más madura, más prudente, y cincelando mejor los jarros de plata; pero no cambiada. He encerrado a mi pueblo en mi amor. Por esto protejo al que recomienza, en la séptima generación, para conducirla a su turno a la perfección, la inflexión de la carena o la curva del broquel. Protejo al que de su abuelo cantor hereda el poema anónimo y, diciéndolo a su vez y a su vez equivocándose, le agrega su suco, su uso, su marca. Amo a la mujer encintra o a la que amamanta, amo la manada que se perpetúa, amo las estaciones que retornan. Porque, antes que nada, soy aquel que habita. ¡Oh, ciudadela, mi morada, te salvaré de los proyectos de la arena y te ornaré con clarines para sonar contra los bárbaros! Antoine de Saint-Exupéry |