Antoine de Saint-Exupéry

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La infancia

El desierto es así. Un Corán, que no significa sino una regla de juego, cambia en él la arena en imperio. Como si, en el fondo de un Sahara que estuviera vacío, se representase una obra secreta que removiera las pasiones de los hombres. La verdadera vida del desierto no está compuesta por los éxodos de las tribus en busca de hierbas que pacer, sino por la obra que se representa todavía. ¡Qué diferencia entre la arena sometida y la otra! ¿Y no sucede lo mismo con todos los hombres?

Frente a este desierto transfigurado, recuerdo los juegos de mi infancia, el parque sombrío y dorado que nosotros poblábamos de dioses, el reino sin límites en que convertíamos aquel kilómetro cuadrado que jamás conocimos por entero, que nunca llegamos a explorar en su totalidad. Formábamos una civilización cerrada, donde los pasos tenían un sabor, donde las cosas poseían un sentido, no permitidos en ninguna otra parte.

Cuando llegamos a hombres y vivimos bajo otras leyes, ¿qué queda del parque lleno de sombras de la infancia, mágico, helado, ardiente? Ahora, cuando volvemos a él, contemplamos con una especie de desesperación, desde el exterior, la pequeña tapia de piedras grises, extrañándonos de hallar cercada por un recinto tan estrecho una provincia de la que habíamos hecho nuestro infinitivo. Y comprendemos que nunca más volveremos a entrar en ese infinito, porque es en el juego, y no en el parque, donde sería menester entrar.

Antoine de Saint-Exupéry
de TIERRA DE HOMBRES

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Editada en Buenos Aires - Argentina