Antoine de Saint-Exupéry

Índice de esta sección | Portada

La muerte

El fuego ha hecho caer no solamente la carne, sino, al propio tiempo, el culto a la carne. El hombre ya no se interesa por sí mismo. Tan sólo se impone a sí mismo lo que él mismo es. Si muere, no se atrinchera. Se integra. No se pierde, sino que se encuentra. Y esto no es un deseo de moralista. Es una verdad corriente, una verdad de todos los días que una ilusión de todos los días cubre con una máscara impenetrable.

¿Cómo hubiese podido prever, mientras me vestía y sentía miedo a causa de mi cuerpo, que me preocupaba por nimiedades? Es en el momento de entregar el cuerpo cuando todos descubrimos estupefactos lo poco que ese cuerpo nos importa. Bien es verdad que durante mi vida, cuando ninguna urgencia me presiona, cuando mi ser no está en juego, mis problemas más graves son los de mi cuerpo.

Cuerpo mío, ¡me importas un bledo! Estoy fuera de ti. Ya no me queda esperanza y nada me falta. Reniego de todo lo que fui hasta este momento. No era yo el que pensaba, ni yo el que sentía. Era mi cuerpo.

He tenido que traerlo a duras penas hasta aquí, tirando de él. Y ahora descubro que no tiene la más mínima importancia.

A los quince años, recibí mi primera lección. Hacía unos días que a un hermano mío más pequeño se le consideraba desahuciado.

Un día, hacia las cuatro de la madrugada, me despertó su enfermera.

- Su hermano quiere verle.

- ¿Se siente mal?

No me responde. Me visto apresuradamente y acudo junto a mi hermano.

Me dice con voz natural:

- Quería hablarte antes de morir. Voy a morir.

Se siente sacudido por una crisis nerviosa que le obliga a callar. Durante la crisis, hace un gesto negativo con la mano. No comprendo el significado de ese gesto. Me imagino que el chiquillo se niega a morir. Mas, una vez calmado, me explica:

- No te asustes..., no sufro. No me duele nada. Pero no puedo impedirlo. Es mi cuerpo.

Su cuerpo, territorio extraño, ajeno ya a él.

Mi joven hermano, que moriría en veinte minutos, desea mostrarse serio. Siente la necesidad apremiante de liberarse de su herencia. Y me dice: "Quisiera hacer mi testamento...". Enrojece. Naturalmente, está orgulloso de obrar como un hombre. Si hubiese sido constructor de torres, me confiaría su construcción. Si hubiese sido padre me confiaría la educación de sus hijos. Si hubiese sido piloto de guerra, me confiaría los documentos de a bordo. Pero no es sino un niño. Y me confía únicamente un motor a vapor, una bicicleta y una carabina.

No se muere. Imaginamos temer a la muerte. A lo que se teme es, en realidad, a lo inesperado, a la explosión. Se teme uno a sí mismo. ¿A la muerte? No. Al encontrarla, ya no existe la muerte. Mi hermano me dijo: "No olvides de escribir todo eso...".

Cuando el cuerpo se desintegra, aparece lo esencial. El hombre no es más que un nudo de vínculos. Sólo los vínculos tienen importancia para el hombre.

El cuerpo se abandona como un caballo viejo.

¿Quién piensa al morir en sí mismo? Jamás he encontrado a nadie que lo hiciese...

Antoine de Saint-Exupéry
de PILOTO DE GUERRA

Recuerde que para reproducir nuestros textos debe obtener autorización expresa
Portal en español de turismo de aventura, deportes y ecoturismo en Iberoamérica

Ir a la portada de la revista © El Tercer Tiempo - Todos los derechos reservados  Comuníquese con nosotros para lo que necesite
Editada en Buenos Aires - Argentina

Desarrollo de Web Sites, Posicionamiento en Buscadores y Publicidad OnLine