Antoine de Saint-Exupéry |
La realidad |
Porque no nos entendemos sobre la realidad. Y yo llamo realidad, no lo que es mensurable en una balanza (de la cual me burlo, puesto que no soy una balanza, y me importan poco las realidades de la balanza). Sino a lo que pesa en mí. Y sobre mí pesa ese rostro triste, o esta cantata, o ese fervor en el imperio, o esa piedad por los hombres, o esa cualidad de la diligencia, o ese gusto de vivir, o esa injuria, o ese pesar, o esa separación, o esa comunión en la vendimia (mucho más que las uvas vendimiadas, pues aun cuando se las lleve a otra parte para venderlas, yo he recibido lo esencial. Lo mismo que aquel hombre que debía ser condecorado por el rey y que participó de la fiesta, gozó de su esplendor, recibió las felicitaciones de sus amigos, y conoció también el orgullo del triunfo; mas el rey murió de una caída del caballo antes de haber colgado de su pecho el objeto de metal. ¿Me dirás que no ha recibido nada ese hombre?). La realidad para tu perro es un hueso. La realidad para tu balanza es un peso neto. Pero la realidad para ti es de otra naturaleza. Por eso tengo por fútiles a los financieros y por razonables a las danzarinas. No que desprecie la obra de los primeros, sino que desprecio su afectada gravedad, su seguridad y su satisfacción de sí mismos. Pues se creen la meta, el fin y la esencia, cuando no son sino lacayos. Y sirven ante todo a las danzarinas. Pues no te engañes sobre el sentido del trabajo. Hay trabajos urgentes. Como el de las cocinas de mi palacio. Pues si no hay alimento no hay hombre. Y conviene que primero sean alimentados los hombres, vestidos y abrigados. Conviene que sean, simplemente. Y tales servicios son urgentes ante todo. Pero lo importante no es eso, sino su calidad única. Y las danzas, los poemas, los cinceladores de los pisos de arriba, y el geómetra y el observador de las estrellas, que permiten ante todo el trabajo de las cocinas, son los únicos que honran al hombre, y que le dan un sentido. Luego, cuando viene aquel que no conoce más que las cocinas que en efecto han acarreado realidades para las balanzas y huesos para los perros, le prohíbo hablar del hombres pues olvidará lo esencial, a la manera del ayudante que no considera en el hombre más que su aptitud para el manejo de las armas. ¿Y para qué se ha de danzar en su palacio, cuando las danzarinas enviadas a las cocinas te enriquecerían con un suplemento de alimento? ¿Y para qué se ha de cincelar jarros de oro, cuando si se envían los cinceladores a las canteras de los jarros de estaño se dispondría de más jarros? ¿Y para qué tallar diamantes, y para qué escribir poemas, y para qué se observan las estrellas, cuando no tienes más que enviar a ésos a cultivar trigo para tener un suplemento de pan? Mas como en tu ciudad faltará algo que es para el espíritu y no para los ojos, ni para los sentidos, te verás obligado a inventarles falsos alimentos, que no valdrán nada y les buscarás fabricantes que les fabriquen poemas, autómatas que les fabricarán danzas, prestidigitadores que del vidrio tallado extraerán diamantes. Y ellos tendrán la ilusión de vivir. Aunque sean sólo la caricatura de la vida. Puesto que habrán confundido el sentido verdadero de la danza, del diamante y del poema, que te alimentarán con su parte invisible a condición de ser escalados, con un forraje para pesebres. La danza es guerra, seducción, asesinato y arrepentimiento. El poema es ascensión de montaña. El diamante es un año de trabajo cambiado en estrella. Mas les faltará lo esencial. Lo mismo con el juego de los bolos, ya que tu alegría es el hacer caer los bolos enemigos, extraerías bastante placer si alinearas centenares y te construyeras una máquina para voltearlos. Antoine de Saint-Exupéry |