Antoine de Saint-Exupéry |
La vejez |
| Y ahora que me atormenta este dolor sordo en mis riñones, que mis médicos no saben curar, ahora que soy como un árbol del bosque bajo el hacha del leñador, y que Dios ha de abatirme a mi vez como a una torre gastada, ahora que mis despertares no son ya despertares de veinte años y descanso de los músculos y vuelo aéreo del espíritu he hallado mi consuelo, que consiste en no sufrir por esos anuncios que se difunden por mi cuerpo y en no sentirme herido por sufrimientos mezquinos y personales, encerrados en mí y a los que los historiadores del imperio no concederán tres líneas en sus crónicas; porque poco importa que mi diente se afloje y que me lo arranquen, y sería miserable de mi parte esperar la menor piedad. Por el contrario, la cólera me invade si pienso en ello. Porque esas resquebrajaduras de la corteza son del vaso, no del contenido. Y me cuentan que mi vecino del Este, cuando fue atacado de parálisis y un costado se le volvió frío y muerto, al transportar consigo ese hermano siamés que no reía más, no perdió nada de su dignidad, sino que salió airoso de ese aprendizaje. Y a los que lo felicitaban por su entereza de ánimo respondía con desprecio que se equivocaban acerca de su persona y que ese género de homenajes deberían conservarlos para los boticarios de la ciudad. Porque aquel que reina, si no reina primero sobre su propio cuerpo, es sólo un usurpador ridículo. ¡No hay decadencia para mí, sino, sin duda, alegría maravillosa, por liberarme hoy un poco mejor! ¡Ah, vejez del hombre! Sin duda no reconozco nada en la otra pendiente de la montaña. El corazón pleno de mi amigo muerto. Y, considerando los pueblos con un ojo secado por el duelo, esperando ser tomado obra vez por el amor, como por una marea. Antoine de Saint-Exupéry |