Antoine de Saint-Exupéry |
La vocación |
A todo lo largo de este libro he citado a varios de aquellos que obedecieron, según parece, a una vocación intensa, que escogieron la línea del desierto, como otros escogieron el monasterio. Pero habré traicionado mi objetivo si habéis sacado la impresión de que os invitaba a admirar, ante todo, a los hombres. Lo admirable, por encima de todo, es el terreno que los ha creado. Las vocaciones desempeñan, sin duda, un papel. Algunos se encierran en sus tiendas. Otros siguen su camino, imperiosamente, en una dirección predeterminada. En la historia de su infancia, encontramos ya en germen los anhelos que explicarán su destino. Pero la historia, leída cuando ya ocurrió, engaña. Tales anhelos podríamos hallarlos en cualquiera. Todos hemos conocido tenderos que, durante alguna noche de naufragio o de incendio, se han revelado superiores a sí mismos. Ellos no se engañan sobre la calidad de su plenitud. Aquel incendio significará la noche de su vida. Pero, faltos de nuevas ocasiones, faltos de terreno favorable, faltos de una religión exigente, se han echado otra vez a dormir, sin haber creído en su propia grandeza. Cierto que las vocaciones ayudan al hombre a desarrollarse. Pero también es igualmente necesario desarrollar las vocaciones. Antoine de Saint-Exupéry |