Antoine de Saint-Exupéry |
Paisajes |
De este modo, las necesidades que impone un oficio transforman y enriquecen el mundo. Ni siquiera es necesaria una noche semejante para que el piloto de línea descubra un sentido nuevo a los viejos espectáculos. El paisaje monótono que aburre al pasajero es ya otro para la tripulación. Esa masa neblinosa que cierra el horizonte ha dejado de ser un decorado para él. Por el contrario, interesará sus músculos y le planteará problemas. La tiene en cuenta ya, la mide y un verdadero lenguaje la liga a él. He ahí un pico, lejano aún. ¿Qué aspecto tendrá? A la luz de la luna, constituirá un cómodo punto de referencia. Pero si el piloto vuela a ciegas, si corrige con dificultad su deriva y duda en su posición, el pico se tornará peligroso, llenará con su amenaza la noche entera, lo mismo que una sola mina sumergida, que vaya al azar de las corrientes, destruye la seguridad del mar. Así varían también los océanos. A los ojos de los simples viajeros, la tempestad se mantiene invisible. Observadas desde lo alto, las olas no ofrecen ningún relieve. Parecen inmóviles. Solamente grandes palmas blancas se extienden a sus pies, estriadas por nerviaciones y rebabas y como aprisionadas en una especie de pámpano. Sin embargo, la tripulación sabe que cualquier clase de amerizaje resulta allí prohibitivo. Aquellas palmas blancas son para él como grandes flores venenosas. E incluso cuando es un viaje feliz, el piloto que navega por el tramo de línea correspondiente, no asiste sólo a un sencillo espectáculo. No admira aquellos colores de la tierra y del cielo, aquellas huellas del viento en el mar, aquellas nubes doradas del crepúsculo, sino que los medita. Semejante al campesino que da un paseo por su dominio y que prevé, a consecuencia de cien signos, la marcha de la primavera, la amenaza de la helada, el anuncio de las lluvias, el piloto profesional descifra también las señales de la nieve, las señales de las nieblas y las señales de la noche tranquila. La máquina, que al principio parecía apartarle de los grandes problemas naturales, ahora le somete a ellos con mayor rigor aún. Sólo en medio del vasto tribunal que un cielo tempestuoso le presenta, el piloto disputa su correo a tres divinidades elementales: la montaña, el mar y la tormenta. Antoine de Saint-Exupéry |