Antoine de Saint-Exupéry

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Los placeres

Me sobrevino el imperecedero deseo de edificar las almas. Y me nació el odio a los adoradores de  lo usual. Porque al fin de cuentas, si sirves la realidad hallarás sólo alimento para ofrecer al hombre, el cual cambia poco de gusto según la civilización. (¡Y hasta he hablado del agua que se transforma en cántico!).

Pues el placer de ser gobernador de provincia lo debes a mi arquitectura, que de nada te sirve en el instante, sino que solamente te exalta según la imagen que he fundado de mi dominio. Y los placeres, aun los de vanidad, no se deben a los objetos ponderables, que de nada te sirven en el instante y de los cuales sólo consideras el color que tienen en la claridad de mi imperio.

¿Y me dirás que la que se ha bañado quince años en los aromas y los óleos, a la que enseñaron la poesía, la gracia y el silencio acogedor, y que bajo la frente lisa es patria de fuentes, porque otro cuerpo se parezca al suyo, compone para tus noches el mismo brebaje que la prostituta que pagas?

Y si no las distingues pretextando enriquecerte al facilitar tus conquistas, pues te costará menos esfuerzos construir una prostituta que fundar una princesa; te empobrecerás.

Puede suceder que no sepas gustar de la princesa, pues el poema mismo no es ni regalo ni provisión, sino superación de ti mismo; puede suceder que no te sientas ligado por la gracia del gesto, lo mismo que hay músicas a las cuales no accederás, falto de esfuerzo; pero no es porque ella [la princesa] nada valga, sino simplemente porque tú no existes.

En el silencio de mi amor he oído hablar a los hombres. Los he escuchado conmoverse. He visto lucir el acero de los cuchillos en las disputas. Tan sórdidas como fuesen sus pocilgas no he hallado nunca que se animasen por bienes que tuvieran un sentido fuera del lenguaje que hablan, excepto por el apetito del alimento. Porque la mujer por la cual deseas matar es siempre algo más que un simple cuerpo; es tal patria particular fuera de la cual te sientes desterrado  sin significación. Porque el escalfador donde se prepara el té de la tarde te falta bruscamente si se pierde el sentido que lo trasciende.

Antoine de Saint-Exupéry
de CIUDADELA

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Editada en Buenos Aires - Argentina