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Máscaras de
los indios
chiriguanos
de Tartagal,
provincia de
Salta, talladas
en madera de
yuchán (palo
borracho), que
representan el
anciano, el
tigre y el hombre
blanco |
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En nuestro país existen algunos grupos de indígenas chiriguanos
establecidos en la zona industrial de la provincia de Salta; la mayor parte de ellos, en
los ingenios azucareros de la zona de Orán.
Originariamente, estos indígenas estuvieron en Bolivia (zona de
Villa Montes, Cuevo, Buyuibi) donde se dedicaban a la siembra y al cuidado de bueyes,
cabras, ovejas y otros animales.
En el territorio argentino siguen agrupados en los distintos
"lotes" en que se divide un ingenio; dedican su tiempo útil al cuidado de la
plantación de la caña de azúcar, su aporque y riego.
Este trabajo está a cargo de los hombres, que mantienen su
condición de "simbas" en gran parte, siendo su característica el largo cabello
que sujetan sobre su frente con trenzas y pañuelos de colores, encima de los cuales
invariablemente llevan un enorme sombrero.
El otro adorno típico es el tembetá, adorno labial que les
colocan en su temprana edad y que consiste en un trozo de madera o metal introducido
debajo del labio inferior y que ellos mismos se fabrican.
Las mujeres son llamadas por ellos mismos "tipoi",
aludiendo al típico vestido que llevan en sus faenas diarias y en ocasiones especiales,
como en carnaval, que es festejado con bailes al son del pim pim y de la flauta.
Los hombres aparecen con los rostros encubiertos tras máscaras
de maderas de yuchán, pintadas y adornadas con plumas de aves.
Las mujeres se pintan profusamente con colores muy vivos el
rostro y los brazos, al igual que los hombres que no llevan máscara.
La ceremonia del carnaval dura los días fijados por el
calendario, pero su "entierro" coincide con alguna fecha de pagos, oportunidad
en que, por la abundancia del dinero, se renuevan las condiciones para celebrar el fin de
fiesta, en que se arrojan al agua de las acequias todas las máscaras usadas y, en algunas
casos, se las destruye previamente.
Durante el tiempo que no trabajan, los chiriguanos se dedican a
pescar y cazar. Algunos todavía usan arco de guabiyú con cuerda de corzuela y flecha de
caña de Castilla con astil de hierro.
Tienen también otras flechas, de punta mocha, llamadas songo,
que les sirven para abatir patos, palomas, loros y pájaros en general. Sus cultivos son
muy limitados en la actualidad y se reducen a "cercos" o "arriendos"
de maíz y algunas cucurbitáceas.
Las mujeres no intervienen para nada en la agricultura; sólo
cocinan, cuidan los hijos y lavan. Es interesante destacar que son tomadores de mate
dulce, el cual se ceba en rueda de parientes, excluyéndose alguno si está casado con una
cristiana.
Son extremadamente aseados, se bañan constantemente y lavan sus
ropas con la misma asiduidad. El mismo cuidado tienen con el cabello, tanto hombres como
mujeres.
La otra fiesta que celebran es el período de la Semana Santa,
con intervención del violín.
Antiguamente, hacían una fiesta llamada ayarise, ya olvidada.
Cuando tienen mucho maíz, preparan el cagüiche, que toman
después de comer, con mate. La chicha y el guarapo también forman parte de sus bebidas
típicas.
Fabrican su pan con harina, grasa y agua, agregándole sal.
Es tarea femenina y se cuece horneado. Respecto de la carne, la
asan, después la echan en una olla y hacen una sopa.
Estas actividades domésticas, por lo general, se llevan a cabo
al aire libre o en simples reparos de caña.
Comidas típicas de los chiriguanos son también el carurunte y
el cananti, que es un tipo de papa hervida con miel.
Numerosos frutos del monte sirven de alimentos, como la
ñancagüina, mientras están de cacería.
El día que una mujer chiriguana da a luz, su marido no trabaja,
porque se moriría el hijo. Llaman yecuaco a esa jornada. En esas condiciones, las mujeres
comen gallina y, antiguamente, el atiruru.
Tiene sus propios brujos y gran cantidad de supersticiones,
remanente de un mundo mágico casi perdido.
Entre sus mitos, figura el del origen del agua, del fuego y de
los seres humanos.
Aparte, creen que el alma de sus muertos se convierte en un zorro
(aguará), por eso, si llegan a cazarlo, no lo comen.
Antiguamente, enterraban a sus difuntos en grandes vasijas de
barro cocido (yambuiguasu), en el interior de sus viviendas, colocando junto al cadáver
las ropas del finado y diversos alimentos.
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