Folclore

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Plateros y platerías del 800

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La circunstancia de haber sido fundada Buenos Aires con posterioridad a México y Lima y haber poseído estas ciudades ricas fuentes minerales y una prestigiosa tradición artesanal del oro y la plata, hizo que recién a fines del siglo XVI comenzaran a ejecutarse, en la desolada vastedad rioplatense, obras de esta naturaleza.

De Lima y del Alto Perú, procedía la mayor parte de estas artesanías, invariablemente traídas por los comerciantes que se atrevían a trasladarse hasta "los reynos de arriba", de donde retornaban con algunas alhajas para su uso personal o vajilla del hogar.

Esta situación contribuyó a que muchas de aquellas primeras piezas mostrasen un marcado carácter o factura altoperuana, dado que casi todas ellas eran ejecutadas por plateros aborígenes de Lima, Cuzco y Potosí.

Sólo al promediar el año 1615 tenemos noticias del primer platero que se establece en Buenos Aires, en medio de cuya pobreza y limitada población no debió ser muy acentuada su actividad. Los que fueron arribando con posterioridad, procedentes de España o de Portugal, entrado al Río de la Plata, con permiso o subrepticiamente, atraídos por el engañoso nombre del río homónimo, como era costumbre, pronto se asociaron en gremios y cofradías.

Ya en 1758 su número arribaba a quince artesanos, ascendiendo a 25 seis años después.

Hábiles en las artesanías de la plata y el oro, dado que la mayoría eran plateros y orífices, sin mayores exigencias ni lujos, establecieron sus talleres y comercios en modestos cuartos de las calles del barrio sur de Buenos Aires.

Por la controlada calidad de los metales y responsabilidad de las obras que ejecutaban, disfrutaban de altas prerrogativas en el núcleo de los gremios que constituían la parte artesanal y activa de la ciudad.

Como se hallaba reglamentado el arte de la platería y el acceso al aprendizaje, previa declaración de limpieza de sangre, sin mezcla alguna de negro, mulato o esclavo, los aspirantes cumplían sus estudios, durante dos o tres años, en la casa del maestro reconocido, hasta el momento de ser examinados por las autoridades del gremio, reconociéndolos o no, como "maestros" y en consecuencia eran públicamente habilitados para abrir taller por propia cuenta y riesgo.

Aunque era reducido el número y variedad de las obras que ejecutaban por encargo, especialmente encaminado al servicio del culto, alguna que otra alhaja y la pesada vajilla para la colonial mesa de los señores, casi todos se desenvolvían con holgura y el orgullo propio de arte tan prestigioso.

Sólo a fines del último cuarto del siglo XVIII, el número de plateros y platerías cobra mayor auge y sus obras se proyectan por todos los centros importantes del virreinato.

Los plateros españoles y los portugueses y alguno que otro criollo al que se le ha permitido su aprendizaje, comienzan a ejecutar trabajos de plata, con un carácter distinto, destinado a cumplir funciones diferentes.

Y es para satisfacer las exigencias del nuevo tipo criollo y jinete que con avasallante impulso ha comenzado a cubrir con su distintiva personalidad todos los quehaceres del campo y ciudades del Río de la Plata.

El gaucho, surgido con rasgos propios, como prototipo varonil, generoso y valiente, al término de la Reconquista de Buenos Aires, comienza a exigir para el adorno de su persona y apero de su caballo, una platería de factura diferente.

No es árabe ni hispana, pero no obstante, mantiene las ascendencias de ambas; sus prendas y arreos entrañan una variante fundamental.

Sogueros, lomilleros, estriberos y plateros, ininterrumpidamente trabajan para satisfacer las demandas de los señores y de los gauchos que en paralelo afán buscan definir las exterioridades de su nueva personalidad campesina y gauchesca.

En la platería de sus prendas se acrecienta el volumen sonoro de la campana de sus estribos, las copas de sus frenos, las fronteras como lunas llenas de sus bastos, las eslabonadas cabezadas y las gargantillas de plata de los vistosos fiadores.

Toda la platería se ha concitado en su persona. Para exhibir sus blasones de plata y oro, reluce en su cintura el tirador cubierto con monedas y botones, unido por el luciente y ruidoso escudo de la rastra.

A casi todas sus prendas de plata las ha despojado de su originario carácter español. El metal abunda en el cuero de sus trenzados, esterillados y revestidos de tientos, es siempre evidente en su puñal, en los casquillos de sus sogas, en la cabeza de su rebenque y en la masculina espuela, calzada sobre suave y blanca bota de potro.

La platería concierne al gaucho tanto como a su cabalgadura y sus galas no consistían sólo en su valor intrínseco sino en la admiración y placer que provocaban.

Federico Oberti

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Editada en Buenos Aires - Argentina