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La Cámara Argentina de Comercio ha resuelto hacer
propaganda en favor de la yerba mate, tanto en el país como en el extranjero. El mate,
nos dicen los organizadores de la campaña que se inicia, es una bebida más saludable que
las similares y constituye, además, una industria típicamente sudamericana.
Sobre los 120 o 130 millones de kilos de yerba que
consume la población de la República, produce Misiones unos 12 o 14 millones. El resto
viene del Paraguay y del Brasil.
Sin duda, los yerbatales misioneros están llamados
a extenderse y a prosperar, porque el pueblo va aficionándose cada vez más a sorber la
infusión salutífera.
Lo curioso es que no es por lo común el argentino
de larga ascendencia el que toma mate, sino el argentino de progenia nueva, el hijo del
inmigrante, el recién afincado, el que se apega pronto al calabacín maravilloso y no
deja pasar un instante libre sin darle calor con la mano.
Tiene, en efecto, el mate virtudes honestas y
fortificantes. Entona, alimenta, da bríos a los nervios, viveza a la imaginación, vigor
al juego de los músculos. Los que llegan de ultramar se asombran al ver a la gente con la
bombilla en la boca.
Ha de ser una pipa, suponen. Su asombro se torna
perplejidad al darse cuenta de que esa pipa se llena de agua. Más aún: antes de haber
abandonado el Hotel de Inmigrantes, el hombre venido de lejos adopta la costumbre y, es
sabido, quien prueba el mate, ya no emigra más. Se arraiga, se atornilla al suelo, y es
con el gusto del mate, con el sabor deliciosamente amargo del mate, que se identifica con
el alma de la tierra, con sus cualidades profundas, con sus agradables defectos.
El mate acompasa los surcos del campo, ameniza las
treguas del arduo trabajo en la ciudad. Es la bebida de la intimidad, de la confidencia,
del reposo doméstico.
Pero si no tuviera más que ventajas higiénicas,
más que provechosas condiciones para la salud, su difusión ofrecería dificultades. Por
fortuna es también un vicio. Es lo que no deben ignorar los propagandistas de la yerba
paradisíaca. Anuncien, en América y en Europa, que es un vicio invencible y, si me
quieren hacer caso, digan también que es un pecado; díganlo con insistencia, con
convicción, y verán que el mundo entero acabará por consumirlo, y del Paraguay, del
Brasil y de Misiones irán los vastos cargamentos a los lugares más remotos de los dos
hemisferios.
Alberto
Gerchunoff
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