Folclore

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Tomemos mate

Publicado en la revista Caras y Caretas,
Buenos Aires, No. 1640, marzo de 1930

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La Cámara Argentina de Comercio ha resuelto hacer propaganda en favor de la yerba mate, tanto en el país como en el extranjero. El mate, nos dicen los organizadores de la campaña que se inicia, es una bebida más saludable que las similares y constituye, además, una industria típicamente sudamericana.

Sobre los 120 o 130 millones de kilos de yerba que consume la población de la República, produce Misiones unos 12 o 14 millones. El resto viene del Paraguay y del Brasil.

Sin duda, los yerbatales misioneros están llamados a extenderse y a prosperar, porque el pueblo va aficionándose cada vez más a sorber la infusión salutífera.

Lo curioso es que no es por lo común el argentino de larga ascendencia el que toma mate, sino el argentino de progenia nueva, el hijo del inmigrante, el recién afincado, el que se apega pronto al calabacín maravilloso y no deja pasar un instante libre sin darle calor con la mano.

Tiene, en efecto, el mate virtudes honestas y fortificantes. Entona, alimenta, da bríos a los nervios, viveza a la imaginación, vigor al juego de los músculos. Los que llegan de ultramar se asombran al ver a la gente con la bombilla en la boca.

Ha de ser una pipa, suponen. Su asombro se torna perplejidad al darse cuenta de que esa pipa se llena de agua. Más aún: antes de haber abandonado el Hotel de Inmigrantes, el hombre venido de lejos adopta la costumbre y, es sabido, quien prueba el mate, ya no emigra más. Se arraiga, se atornilla al suelo, y es con el gusto del mate, con el sabor deliciosamente amargo del mate, que se identifica con el alma de la tierra, con sus cualidades profundas, con sus agradables defectos.

El mate acompasa los surcos del campo, ameniza las treguas del arduo trabajo en la ciudad. Es la bebida de la intimidad, de la confidencia, del reposo doméstico.

Pero si no tuviera más que ventajas higiénicas, más que provechosas condiciones para la salud, su difusión ofrecería dificultades. Por fortuna es también un vicio. Es lo que no deben ignorar los propagandistas de la yerba paradisíaca. Anuncien, en América y en Europa, que es un vicio invencible y, si me quieren hacer caso, digan también que es un pecado; díganlo con insistencia, con convicción, y verán que el mundo entero acabará por consumirlo, y del Paraguay, del Brasil y de Misiones irán los vastos cargamentos a los lugares más remotos de los dos hemisferios.

Alberto Gerchunoff

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Nuestra arraigada
costumbre del mate
ha suscitado, no sólo
una gran variedad
en el recipiente
y las bombillas,
sino verdadero
esplendor del
arte de la platería


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Editada en Buenos Aires - Argentina