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No podemos imaginar la figura de la bruja sin relacionarla con
una lechuza, que con sus ojos redondos y fijos nos mira como queriendo meternos el miedo
en las venas.
Las lechuzas y los búhos forman un grupo de rapaces nocturnos y
diurnos que se caracterizan por tener la cabeza muy grande y ancha y sus enormes ojos
colocados en un plano dirigido hacia adelante. Hay en nuestro país veintidós especies y
subespecies de este orden: Strigiformes.
La lechuza de los campanarios es la representante ciudadana.
Lleva una designación científica que más parece nombre de persona: Tyto alba.
Es la lechuza agorera, anuncio de muerte y desgracias; suele aparecer a la cabecera de los
enfermos atraída por el olor de los remedios, y su presencia es signo de muerte
ineludible.
El contramaleficio consiste en hacer la señal de la cruz,
gritarle "¡Cruz, diablo!" y agregar una mala palabra dedicada a sus antecesores
más inmediatos.
La lechuza de las vizcacheras, llamada también "lechucita
del campo", es esa que solemos ver en pose de estatua sobre los postes de los
alambrados, advirtiéndose apenas la rotación de su cabeza cuando sigue nuestra marcha.
Suele así ser blanco fácil para los cazadores fracasados, que las derriban a tiros de
escopeta, quizá porque ignoran su condición de útil limpiacampos, que come ratones,
serpientes y numerosos insectos.
Vive en cuevas abandonadas, especialmente en vizcacheras, en cuyo
interior, a una profundidad de metro y medio a dos metros, tiene el nido, donde dos veces
por año deposita 4 ó 5 huevos casi esféricos, de color blanco satinado. Los pichones se
crían en la misma cueva y salen a sus inmediaciones cuando están emplumados.
Cuentan que en su grito la lechuza dice: "¡José Cruz...
tabaco... tabaco!". Mucho tiempo hace, la lechuza tenía una pulpería donde José
Cruz, la vizcacha, compró al fiado tabaco que no pagó nunca. Esta mora irritó tanto a
la lechuza que dedicó todas sus energías a perseguir a su deudora.
Para librarse de la persecución, la vizcacha terminó por
meterse en una cueva, pero la lechuza se instaló a la entrada y -para vergüenza de la
morosa- le grita constantemente: "¡José Cruz, tabaco... tabaco!".
Si bien con este asedio la lechuza no ha logrado cobrar su
cuenta, se ha vengado con creces de la vizcacha, quien está tan avergonzada que sólo se
atreve a salir de noche. Otros interpretan su grito diciendo que el macho le pregunta a la
compañera cuando regresa:
- ¿Trais tabaco?
- ¡Ni pa un pucho... ni pa un pucho!
Emite también la lechuza una especie de arrullos, que ha sido
delicadamente mencionada por Güiraldes en su incomparable "Don Segundo Sombra":
"Los teros chillaban a nuestro paso y las lechuzas empezaron a jugar a las
escondidas, llamándose con su garganta de terciopelo".
Su chistido pareciera querer imponer silencio a su alrededor,
especialmente a esas cotorras parlanchinas que escandalizan en el conventillo de nidos que
tienen en el quebracho próximo.
Jorge
W. Ábalos
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