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Desde los tiempos más remotos, la humanidad se ha
sentido atraída por los misterios del más allá. Las religiones lo explican, cada una a
su manera, y también otras disciplinas, científicas o no.
Pero nadie se imaginó jamás que esas dos palabras,
además de aludir a lo que pueda esperarnos después de esta vida, terminarían
convirtiéndose en una expresión tan repetida en el habla cotidiana, que finalmente se
desgastó. Utilizada hoy para significar que algún nuevo dato o argumento se impone a
despecho de otros que acaban de presentarse o son conocidos, es un síntoma de escasos o
nulos recursos de dicción.
Prestemos atención a este asunto y comprobaremos
que casi todos nuestros interlocutores la utilizan sin medida y sin buen gusto.
"Más allá de estos argumentos", o
"más allá del ministro", "más allá de las leyes", siempre se va
"más allá".
No se trata de una expresión errónea, sino -como
señalé al comienzo- de una analogía que ha sufrido tan extraordinario abuso que
terminó cansando el oído.
Quien tenga voluntad de cultivar y perfeccionar su
capacidad de hablar -y de escribir- deberá multiplicar su bagaje de recursos y ejercitar
su creatividad, para no caer en un plagio absurdo de expresiones espasmódicas.
Recuerdo haberle escuchado por primera vez esta
expresión al inolvidable periodista Enrique Ardissone, aunque más tarde leí el libro de
César Vallejo (escrito en 1923), que
lleva el siguiente título: "Más allá de la vida y la muerte".
Aquellas largas tertulias en la redacción del
diario La Nación, después del cierre de cada edición, eran la más fascinante y
esperada oportunidad para aprender, escuchándolos, de esos grandes maestros que nos
enseñaban sin dar clase. Sólo bastaba tenerlos cerca y estar atentos.
Ardissone era uno de ellos. Nunca pontificaba.
Apenas nos dejaba escucharlo o leerlo. Y eso bastaba.
Los jóvenes periodistas no tienen hoy aquella
suerte, porque los viejos maestros tuvieron que irse a su casa demasiado pronto, por
razones que no caben en esta nota. Razones impuestas por quienes se olvidaron de un
proverbio muy sabio que dice: "No te deshagas del balde viejo hasta saber si el nuevo
retiene el agua". Sólo una vez Ardissone, "el Cholo" para los amigos, me
dio un consejo, porque él prefería que el aprendizaje fuera asimilado y no impuesto:
- Mirá, pibe -me dijo-: Se dirá de vos que
escribís bien, cuando lo hagas como si hablaras. Y se dirá que hablás bien, cuando lo
hagas como si escribieras. Pero tenés que lograr las dos condiciones al mismo tiempo.
Y las charlas de café de Ardissone podían volcarse
al papel sin tocar una palabra. No habrá sido él quien inventó el ahora abusado
"más allá de", pero recurría a ésa y a otras locuciones con mesura y todo su
estilo contenía riqueza literaria, compatible con las analogías que utilizaba.
No podemos copiar una expresión que nos ha gustado
y mezclarla en una frase sin forma ni estilo, que no tenga una equilibrada melodía. No
tenemos derecho a castigar tanto a los demás con nuestras necesidades lingüísticas
básicas insatisfechas.
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