Lengua y habla

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El enigma del espacio y del tiempo

© Carlos Alberto Estévez

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Jorge Luis Borges dictó en Harvard, durante 1967 y 1968,  una serie de conferencias durante las cuales deleitó y asombró al público -como siempre- haciendo gala de su ingenio inagotable y de un sentido del humor que compatibilizaba admirablemente con la humildad.

En un pasaje de esas históricas charlas, nuestro escritor y personaje inolvidable hizo suyas unas palabras de San Agustín: "¿Qué es el tiempo? Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé".

Y esta cita viene a cuento, aunque para entrar de lleno en el tema que hoy nos ocupa la pregunta debería ser doble: ¿Qué es el tiempo? ¿Y qué es el espacio?

Tanta razón tenían San Agustín y Borges como cualquiera de nosotros, siempre que, en nuestro caso, modificáramos un tanto la respuesta y dijéramos: "Si me preguntan qué es, no lo sé; y si no me lo preguntan, tampoco".

¿En qué podría fundamentarse esta percepción tan pesimista? Simplemente, en conclusiones que surgen después de escuchar reiteradamente un sinnúmero de expresiones que actualmente se expanden como lava laderas abajo. Dígame Ud. si estas frases no le resultan familiares porque le golpean el oído a cada rato:

"Éste es un tiempo en donde todo es difícil...". "Fue un día fatal, donde todo nos salió mal". "Señores, vivimos un momento en donde debemos cuidarnos de...". "El Presidente firmó un decreto en donde se autoriza...".

Yo vuelvo a mis dos preguntas anteriores: ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es el espacio? Y si mis respuestas, aunque primitivas, no van mal encaminadas, cualquiera de las expresiones citadas en el párrafo anterior denota una confusión, una mezcla impensada.

La palabra donde es un adverbio que se refiere a un lugar, y por lo tanto, a un espacio. Y los sustantivos día y momento aluden a un determinado tiempo. Si estamos de acuerdo en estas acepciones, bastaría con releer las frases encomilladas para advertir la confusión: una semántica errónea que mezcla el espacio con el tiempo.

Es obvio que el tiempo no es un lugar "en donde" debe ocurrir algo; ni el día es un lugar, ni los momentos, ni los decretos.

Un decreto presidencial es un documento; no un lugar. Digamos entonces, por ejemplo, que "el Presidente autorizó tal o cual cosa mediante un decreto". Además, parece bastante claro que un tiempo tampoco es un lugar. Por lo tanto, sería más correcto decir que "vivimos tiempos difíciles"; o que "en estos momentos debemos cuidarnos no sé de qué".

Ciertamente, nuestra existencia, de la que hoy somos conscientes, se hizo realidad -si es esto lo que la humanidad ha podido elucubrar- en un punto innominado en el que una coordenada, imaginaria o no, señala el cruce de nuestro tiempo y de nuestro espacio. Pero no le quitemos espacio a nuestro tiempo, ni tiempo a nuestro espacio. No le quitemos sentido a nuestro discurso. Dejemos que nuestras horas fluyan libremente y que los decretos presidenciales sigan siendo, simplemente, unos documentos que deben de estar muy bien guardados en algún lugar.

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Editada en Buenos Aires - Argentina