Lecturas recomendadas para profundizar
sobre el conocimiento del prejuicio:
Un prejuicio cognitivo es una distorsión en el modo en el que los
humanos percibimos la realidad (distorsión cognitiva). Alguno de estos procesos han sido
verificados empíricamente en el campo de la psicología, otros están siendo considerados
como categorías generales de prejuicios.
Como el título de esta nota contiene para
algunos, casi con certeza, un componente de alto impacto, me siento impulsado a consultar
con premura el significado del verbo discriminar, tal vez una de las palabras más usadas
durante los últimos cuarenta años y que despierta, con indiscutible lógica pero sin
culpa alguna atribuible al lenguaje, sentimientos muy delicados.
La Real Academia Española, institución que
establece y homologa las normas de nuestro más imprescindible código de comunicación,
como es el idioma, prescribe que discriminar, en su primera acepción, es "separar,
distinguir, diferenciar una cosa de otra".
Por si algún padre o maestro no lo hubiera
notado -cosa que no creo-, desde que nos palpitamos que nuestros chicos están comenzando
a entender algo nos pasamos horas y horas intentando enseñarles a discriminar, en
el mejor y correcto significado de la palabra: en su primera acepción.
Apenas nuestro hijo da sus primeros pasos,
procuramos que discrimine entre lo que se puede comer y lo que no; que distinga entre lo
que se debe y no se debe tocar. Para el bebe, por ejemplo, la caca no es algo tan
desagradable que digamos. Ciertamente atrae su atención, porque ha salido de su propio
cuerpo; pero como la mamá, poniendo cara muy fea, llama "caca" a todo lo que
él no debe tocar o comer, finalmente aprende no sólo a discriminar, sino que también
termina "sabiendo" que la caca es algo muy horripilante, como todo lo que a la
mamá no le gusta.
Cuando ya hemos logrado que no coma ni toque
"caca", le enseñamos a discriminar para que sepa muy bien de quién le conviene
hacerse amigo y de quién no. En este caso, generalmente se llevan la peor parte los
mayores o los ancianos, y más si son personas desconocidas.
Durante su adolescencia, nuestros hijos
reciben las más esforzadas clases de discriminación, siempre en su primera acepción,
para que puedan elegir ("distinguir", "separar") y no caigan
ingenuamente en el camino de la droga u otras calamidades que los acechan a la vuelta de
cada esquina.
Alcanzaban para mi propósito estos
ejemplos, pero mientras escribo comienza a llover, y la indescriptible belleza de esta
tarde húmeda me recuerda cómo creí haber aprendido en mi niñez, viendo y oyendo, que
"los días de lluvia son feos y los días de sol son lindos", y también que
"el calor es mucho mejor que el frío", que "lo blanco es lindo y lo negro
es feo", que "lo alto es preferible a lo bajo", que "lo grande es más
conveniente que lo chico", que "la vejez no tiene alternativas frente a la
juventud", que "aprender será interesante pero estudiar es aburrido"; que
"los animales son menos respetables que las personas", que "hay que buscar
lo nuevo y desechar lo antiguo", que "no es aconsejable embarrarse", que
"la luz es confiable y la oscuridad muy temible ", que "hacer las cosas
rápido es mucho mejor que hacerlas lentamente"... Y me di cuenta de que esto era no
saber distinguir; era discriminar mal; comprendí que éste era el principio de todos los
errores.
Entonces, para enmendarme, perdí la
vergüenza y el miedo que se siente antes de pensar (o de decir) "todavía no
sé".
¿Por qué hay analogías que se hicieron
tan comunes? Por ejemplo: "es un perro"; "lo embarra todo"; "es
un tibio"; "vuela muy bajito"; "es como un negro"; "lleva el
enano adentro"; "es una nenita"; "siempre mete la pata"; "le
falta luz". Y nótese que, casualmente, ninguna de estas comparaciones se utiliza
precisamente para elogiar a nadie. Existen porque la humanidad decidió clasificar
arbitrariamente las diferencias en buenas o malas; o porque desde que el hombre es hombre
y la mujer es mujer, ambos se inclinan al prejuicio. Y los chicos aprenden de los adultos.
Un día ya muy lejano, en una de mis
lecturas me topé con la palabra "prejuzgar", que deriva del latín
(praeiudicãre: juzgar antes), y que, según el diccionario, significa "juzgar de las
cosas antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento". Éste es
uno de los muchos legados que le debo a mi padre, que me regaló un diccionario y un
lápiz para marcar palabras desconocidas mientras leía; y me enseñó de todas formas a
convertirlo en un auxiliar permanente.
Sólo entonces, luego de conocer la
diferencia entre "prejuzgar" y "distinguir", pude olvidar aquellos
ejemplos de discriminación "mal aprendidos" y encontré la felicidad una tarde de lluvia; y Tilín,
que era un perro callejero, sin certificado de vacunación ni de buena conducta y con el
pelo oscuro y medio sucio, se convirtió en un gran amigo mío. Todavía hoy lo recuerdo y
lo extraño. Él me esperaba en la puerta de mi casa y me acompañaba hasta la escuela, y
yo me privaba de una de las tostadas de mi desayuno, la escondía llena de manteca en el
bolsillo de mi guardapolvos, y se la regalaba cuando nos encontrábamos cada mañana.
Más tarde logré -no sin enormes esfuerzos-
reconciliarme con la oscuridad, y me divertía jugar a que era de noche y hacer cosas con
los ojos cerrados. Conseguí también acostumbrarme, entre otros aprendizajes -aunque
reconozco que todavía, como auténtico humano, suelo equivocarme-, a tratar de
discriminar (en su primera acepción, claro; esto es "distinguir"), pero no
antes de que sea "el tiempo oportuno"; no antes de tener de las cosas, de los
hechos y de las personas, "un cabal conocimiento".
¡Qué difícil es discriminar sin
prejuzgar! Tanto, que finalmente la Real Academia debió admitir el mal uso generalizado
de este vocablo y agregó a la palabra "discriminar" una segunda acepción:
"Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales,
religiosos, políticos, etc.".
¡Cuántos adjetivos más se han quedado
callados en ese etcétera! Y digo esto último porque conozco gente que discrimina (o,
más claramente dicho, prejuzga) sin motivos raciales, religiosos o políticos; lo hace
sólo porque tiene su vida tan vacía que necesita llenar las veinticuatro horas
estériles de cada uno de sus días infecundos observando al prójimo y fabricando
verdades a partir de señales imprecisas y equívocas. Y como sus amigos ingenuos
prefieren creer que escuchan verdades en lugar de practicar la sana costumbre de pensar y
"distinguir"... esos prejuicios se desparraman disfrazados de verdades como
reguero de pólvora.
Palabras más o menos, la segunda acepción
de "discriminar" coincide con el significado del verbo "prejuzgar". En
medio de un ataque de lógica, pensando en esto inferí que la discriminación "mal
entendida" (segunda acepción) perjudica a las personas. Y como si me faltaran
sorpresas, descubrí (lo dice la Real Academia de la Lengua) que el verbo
"perjudicar" (ocasionar daño o menoscabo material o moral) también deriva del
latín (praeiudicãre). ¡"Prejuzgar" y "perjudicar" tienen
exactamente la misma raíz!
En conclusión: el que prejuzga, perjudica.
¡Cuánto daño a la humanidad han causado los prejuicios! Sin lugar a dudas. Claro que
esto no lo sabe -ni muchas otras cosas tampoco- ninguna de las personas que prejuzgan.
¡Si hasta es prácticamente imposible que se den cuenta de que están prejuzgando!
Hasta en las clases de moral y buenas
costumbres, educación cívica o convivencia (llámelas como quiera), podría resultar
útil orientar a los chicos, a los jóvenes y a los adultos, para que utilicen el
conocimiento del idioma como una herramienta que nos ayuda mucho a pensar mejor y a
distinguir lo que está erróneamente decidido, aunque muchos lo acepten.
¡Prohibido no discriminar!, siempre que
aprendamos el significado de esta palabra; siempre que sepamos "distinguir" y
seamos capaces de evitar y de rechazar los prejuicios.