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Prohibido no discriminar

© Carlos Alberto Estévez

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Lecturas recomendadas para profundizar sobre el conocimiento del prejuicio:

Un prejuicio cognitivo es una distorsión en el modo en el que los humanos percibimos la realidad (distorsión cognitiva). Alguno de estos procesos han sido verificados empíricamente en el campo de la psicología, otros están siendo considerados como categorías generales de prejuicios.

Prejuicio

Lista de prejuicios cognitivos

Orígenes sociales y cognitivos del prejuicio

Los prejuicios: qué son y cómo se forman

Como el título de esta nota contiene para algunos, casi con certeza, un componente de alto impacto, me siento impulsado a consultar con premura el significado del verbo discriminar, tal vez una de las palabras más usadas durante los últimos cuarenta años y que despierta, con indiscutible lógica pero sin culpa alguna atribuible al lenguaje, sentimientos muy delicados.

La Real Academia Española, institución que establece y homologa las normas de nuestro más imprescindible código de comunicación, como es el idioma, prescribe que discriminar, en su primera acepción, es "separar, distinguir, diferenciar una cosa de otra".

Por si algún padre o maestro no lo hubiera notado -cosa que no creo-, desde que nos palpitamos que nuestros chicos están comenzando a entender algo nos pasamos horas y horas  intentando enseñarles a discriminar, en el mejor y correcto significado de la palabra: en su primera acepción.

Apenas nuestro hijo da sus primeros pasos, procuramos que discrimine entre lo que se puede comer y lo que no; que distinga entre lo que se debe y no se debe tocar. Para el bebe, por ejemplo, la caca no es algo tan desagradable que digamos. Ciertamente atrae su atención, porque ha salido de su propio cuerpo; pero como la mamá, poniendo cara muy fea, llama "caca" a todo lo que él no debe tocar o comer, finalmente aprende no sólo a discriminar, sino que también termina "sabiendo" que la caca es algo muy horripilante, como todo lo que a la mamá no le gusta.

Cuando ya hemos logrado que no coma ni toque "caca", le enseñamos a discriminar para que sepa muy bien de quién le conviene hacerse amigo y de quién no. En este caso, generalmente se llevan la peor parte los mayores o los ancianos, y más si son personas desconocidas.

Durante su adolescencia, nuestros hijos reciben las más esforzadas clases de discriminación, siempre en su primera acepción, para que puedan elegir ("distinguir", "separar") y no caigan ingenuamente en el camino de la droga u otras calamidades que los acechan a la vuelta de cada esquina.

Alcanzaban para mi propósito estos ejemplos, pero mientras escribo comienza a llover, y la indescriptible belleza de esta tarde húmeda me recuerda cómo creí haber aprendido en mi niñez, viendo y oyendo, que "los días de lluvia son feos y los días de sol son lindos", y también que "el calor es mucho mejor que el frío", que "lo blanco es lindo y lo negro es feo", que "lo alto es preferible a lo bajo", que "lo grande es más conveniente que lo chico", que "la vejez no tiene alternativas frente a la juventud", que "aprender será interesante pero estudiar es aburrido"; que "los animales son menos respetables que las personas", que "hay que buscar lo nuevo y desechar lo antiguo", que "no es aconsejable embarrarse", que "la luz es confiable y la oscuridad muy temible ", que "hacer las cosas rápido es mucho mejor que hacerlas lentamente"... Y me di cuenta de que esto era no saber distinguir; era discriminar mal; comprendí que éste era el principio de todos los errores.

Entonces, para enmendarme, perdí la vergüenza y el miedo que se siente antes de pensar (o de decir) "todavía no sé".

¿Por qué hay analogías que se hicieron tan comunes? Por ejemplo: "es un perro"; "lo embarra todo"; "es un tibio"; "vuela muy bajito"; "es como un negro"; "lleva el enano adentro"; "es una nenita"; "siempre mete la pata"; "le falta luz". Y nótese que, casualmente, ninguna de estas comparaciones se utiliza precisamente para elogiar a nadie. Existen porque la humanidad decidió clasificar arbitrariamente las diferencias en buenas o malas; o porque desde que el hombre es hombre y la mujer es mujer, ambos se inclinan al prejuicio. Y los chicos aprenden de los adultos.

Un día ya muy lejano, en una de mis lecturas me topé con la palabra "prejuzgar", que deriva del latín (praeiudicãre: juzgar antes), y que, según el diccionario, significa "juzgar de las cosas antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento". Éste es uno de los muchos legados que le debo a mi padre, que me regaló un diccionario y un lápiz para marcar palabras desconocidas mientras leía; y me enseñó de todas formas a convertirlo en un auxiliar permanente.

Sólo entonces, luego de conocer la diferencia entre "prejuzgar" y "distinguir", pude olvidar aquellos ejemplos de discriminación "mal aprendidos" y encontré la felicidad una tarde de lluvia; y Tilín, que era un perro callejero, sin certificado de vacunación ni de buena conducta y con el pelo oscuro y medio sucio, se convirtió en un gran amigo mío. Todavía hoy lo recuerdo y lo extraño. Él me esperaba en la puerta de mi casa y me acompañaba hasta la escuela, y yo me privaba de una de las tostadas de mi desayuno, la escondía llena de manteca en el bolsillo de mi guardapolvos, y se la regalaba cuando nos encontrábamos cada mañana.

Más tarde logré -no sin enormes esfuerzos- reconciliarme con la oscuridad, y me divertía jugar a que era de noche y hacer cosas con los ojos cerrados. Conseguí también acostumbrarme, entre otros aprendizajes -aunque reconozco que todavía, como auténtico humano, suelo equivocarme-, a tratar de discriminar (en su primera acepción, claro; esto es "distinguir"), pero no antes de que sea "el tiempo oportuno"; no antes de tener de las cosas, de los hechos y de las personas, "un cabal conocimiento".

¡Qué difícil es discriminar sin prejuzgar! Tanto, que finalmente la Real Academia debió admitir el mal uso generalizado de este vocablo y agregó a la palabra "discriminar" una segunda acepción: "Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.".

¡Cuántos adjetivos más se han quedado callados en ese etcétera! Y digo esto último porque conozco gente que discrimina (o, más claramente dicho, prejuzga) sin motivos raciales, religiosos o políticos; lo hace sólo porque tiene su vida tan vacía que necesita llenar las veinticuatro horas estériles de cada uno de sus días infecundos observando al prójimo y fabricando verdades a partir de señales imprecisas y equívocas. Y como sus amigos ingenuos prefieren creer que escuchan verdades en lugar de practicar la sana costumbre de pensar y "distinguir"... esos prejuicios se desparraman disfrazados de verdades como reguero de pólvora.

Palabras más o menos, la segunda acepción de "discriminar" coincide con el significado del verbo "prejuzgar". En medio de un ataque de lógica, pensando en esto inferí que la discriminación "mal entendida" (segunda acepción) perjudica a las personas. Y como si me faltaran sorpresas, descubrí (lo dice la Real Academia de la Lengua) que el verbo "perjudicar" (ocasionar daño o menoscabo material o moral) también deriva del latín (praeiudicãre). ¡"Prejuzgar" y "perjudicar" tienen exactamente la misma raíz!

En conclusión: el que prejuzga, perjudica. ¡Cuánto daño a la humanidad han causado los prejuicios! Sin lugar a dudas. Claro que esto no lo sabe -ni muchas otras cosas tampoco- ninguna de las personas que prejuzgan. ¡Si hasta es prácticamente imposible que se den cuenta de que están prejuzgando!

Hasta en las clases de moral y buenas costumbres, educación cívica o convivencia (llámelas como quiera), podría resultar útil orientar a los chicos, a los jóvenes y a los adultos, para que utilicen el conocimiento del idioma como una herramienta que nos ayuda mucho a pensar mejor y a distinguir lo que está erróneamente decidido, aunque muchos lo acepten.

¡Prohibido no discriminar!, siempre que aprendamos el significado de esta palabra; siempre que sepamos "distinguir" y seamos capaces de evitar y de rechazar los prejuicios.

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Editada en Buenos Aires - Argentina