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Me cansa un poco, y me
aburre, escuchar hablar durante interminables minutos a ciertos personajes porque, de
repente, con cuatro palabras, confiesan -al menos desde la formalidad lingüística- que
todo lo expresado hasta ese momento no tiene veracidad alguna.
¿Cuáles son esas
cuatro palabras? "Lo cierto es que...".
Yo, simplemente,
deduzco: Si lo que viene ahora es lo cierto, todo lo dicho hasta el momento era claramente
incierto. Y entonces me pregunto: ¿Por qué no habrá comenzado por decirme aquello de lo
cual tiene certidumbre? ¿Lo que ha estado informándome hasta este instante era fruto de
una frondosa imaginación o esa recurrente expresión de "lo cierto es
que..." no es más que otra de las insufribles muletillas con que suelen
comenzar un nuevo párrafo quienes carecen de vocabulario, creatividad o estilo propio?
Lo cierto (esta vez como
respuesta a las preguntas anteriores), es que sólo están bien utilizadas esas dichosas
cuatro palabras, si antes de los comentarios precedentes se ha dejado claro que serían
conjeturas, versiones no confirmadas, acontecimientos dudosos o interrogantes planteados,
como los que nos hacemos en esta nota.
Pero, tristemente, en la
mayoría de los casos asistimos a un desarrollo informativo prácticamente completo, en el
que se nos comunica un hecho sucedido, sus antecedentes y detalles máximos y mínimos. Y
cuando llega el momento del resumen, del corolario, del "cierre" informativo,
nuestro personaje no puede encontrar mejor forma para el inicio de su frase final, que
decirnos: "Lo cierto es que...".
Si pretendemos pulir
nuestro discurso, si aspiramos a que el estilo expresivo nos identifique, no copiemos
recursos gastados o mal aplicados. Si todo lo que dijimos es cierto, si no han sido
versiones sin confirmación definidas como tales, o no se plantean interrogantes, no lo
reduzcamos a la mentira anunciando que sólo es cierto lo que diremos de aquí en
adelante.
En todo caso, comencemos
por lo que es cierto y dejemos las versiones, conjeturas e interrogantes para el final
porque, obviamente, tienen menor importancia frente a lo incontrastable.
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