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Recuerdo el día que
escuché por primera vez hablar de la "letra chica". Estaba tramitando mi primer
crédito bancario y mi padre me aconsejaba: "Antes de firmar los formularios, no
dejes de leer la letra chica".
Yo no le respondí, pero
lo escuché, y me quedé pensando; y cuando tuve frente a mí los papeles, recordé la
sugerencia. Aun con la vista perfecta, era casi imposible una lectura normal de aquel fárrago de textos interminables,
fácilmente identificables como "la letra chica". Y más tarde, ya con la vista
cansada, comprendí. En la "letra chica" estaba escrito lo que se suponía que
no me iba a gustar, o que estaría en contra de mis intereses.
Con el tiempo, se hizo
costumbre eso de leer la "letra chica". En las pólizas, de seguros; en los
contratos; en las solicitudes de préstamos; en las promociones de tarjetas de crédito...
¿dónde sería posible que todo estuviera dicho claramente? ¿Por qué lo que me gustaba
era legible y esos textos dificultosos, que me incitaban a pasarlos por alto, contenían,
precisamente, las condiciones más indeseables?
En cierto sentido,
podría considerarse como una deslealtad, al menos comercial, ponerlo a uno en el riesgo
de recibir, transcurrido el tiempo, la pregunta sarcástica: ¿Es que Ud. no leyó lo que
oportunamente firmó? ¡Fíjese en la cláusula séptima de las condiciones del servicio!
¡Y claro! ¿Dónde
estaría la cláusula séptima? Ya con anteojos de lectura de cuatro dioptrías, esa
cláusula séptima podía traerme con gran facilidad y pena el recuerdo de mi padre
diciéndome: "Antes de firmar los formularios, no dejes de leer la letra chica".
Vieja estratagema
inventada probablemente por algún creativo de marketing. Recurso que sin duda habrá
ayudado a multiplicar innumerablemente las firmas de ciudadanos tan bien intencionados
como inocentemente desprevenidos.
Pero, aun así, jamás
podría haberme imaginado que alguna vez iba a escuchar lo que llamo "la palabra
chica". ¿Es que Ud. no ha tenido el desagrado de oír por radio algunas pautas
publicitarias que suenan melodiosamente casi como un regalo, una dádiva, una oportunidad
imperdible, hasta que, sobre el final, cuando parece insensato no correr a comprar, los
oídos se sienten lastimados por la pronunciación aceleradísima de un par de frases
fugaces cuyo sentido no puede siquiera captarse levemente?
Sí, créase o no, la
"letra chica" se ha convertido también en la "palabra chica" de los
avisos audibles que, tras entusiasmarnos con algo llamativamente conveniente, deseable,
apetecible, nos advierten oscura y ultravelozmente: "Consulte bases y condiciones
en...." (lo que falta de esta frase no pude alcanzar a entenderlo). Hay otras
"palabras chicas" con advertencias diferentes, pero que no puedo reproducir,
simplemente porque no logro seguir, con mis oídos, el frenético ritmo de esa
aceleración electrónica de la palabra..
Con la mejor buena voluntad, y sin querer
pecar de crítico, al referirnos a estos recursos podríamos concluir así: son contraproducentes y de
mal gusto, ¿no?
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