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No lejos del lugar en que río
Bermejo vuelca sus aguas rojizas al Paraguay, el cacique Caburé tenía sus dominios.
Vivía la aldea de los frutos de la selva y la tierra, con todo lo que se podía pedir
para vivir en paz y armonía, palabras desconocidas para aquella gente.
Eran todos desagradables,
egoístas y altaneros. Así se educaban y eran. No se preocupaban por la enfermedad de
alguno, ni por las sequías que sufriera la tribu vecina. Ya casi no recordaban las
enseñanzas de Dios ni atendían los templos. El cacique Caburé, tenía fama de ser
violento y agresivo entre los suyos y para con las demás tribus, motivo por el cual
vivía aislado completamente.
En cierta oportunidad, un grupo
de muchachos de la aldea se dirigió al bosque. Saltaban y trepaban por las ramas
elásticamente; allí se habían criado. Después de divertirse durante largo rato
sintieron sed. Treparon a los árboles en busca de frutos jugosos y así se quedaron. De
pronto una mujer joven que traía un bebe entre los brazos les habló:
- Mi niño tiene sed, no
podrían darme un fruto?
Se miraron con indiferencia
hasta que uno de ellos contestó:
- Ahí están los frutos; si
quieres, no tienes más que tomarlo.
En ese instante todos comenzaron
a reír aprobando la respuesta del joven.
- ¿Quieres? Toma -dijo otro
arrojándole la cáscara que acababa de desechar.
Sumamente divertidos, los demás
repitieron la broma. El bebe, asustado, empezó a llorar. Entonces la mujer fue envuelta
por una luz blanca que la transformó: llevaba ropas largas y un manto celeste y el bebe
sonreía dulcemente.
Era Tupá-Oí, la Virgen. Ella y
el Niño, en su paso por la Tierra, premiaban a los buenos y castigaban a quienes
procedían mal, para que los hombres tomaran el ejemplo y aprendieran a vivir según los
mandamientos de Tupá, el Dios Bueno de los guaraníes.
Señalándolos, les dijo que
desde aquel momento quedarían convertidos en animalitos parecidos a ellos, pero que
llevarían la fealdad que encerraba el egoísmo de sus corazones. En vez del grupo de
muchachos apareció un grupo de monitos que saltando desaparecieron entre los árboles de
la espesura selvática.
La leyenda nos cuenta el origen
de los caís, una especie de pequeños monos naturales de América. Es común verlos en el
zoológico o, hace algunos años atrás, acompañando a los organilleros ambulantes.
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