Leyendas

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Los mandamientos de Tupá

Hacer el bien
nunca viene mal

© Verónica Podestá

He aquí la recopilación de una leyenda guaraní que relata el origen de los monos caís relacionándolo con los sentimientos de libertad a través de los cuales el hombre puede elegir entre el bien y el mal. La belleza y la fealdad serán apenas los signos visibles y, a veces, las consecuencias dramáticas de cada decisión humana. ¿Acaso el bien o el mal no se leen en un rostro o en una mirada?

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No lejos del lugar en que río Bermejo vuelca sus aguas rojizas al Paraguay, el cacique Caburé tenía sus dominios. Vivía la aldea de los frutos de la selva y la tierra, con todo lo que se podía pedir para vivir en paz y armonía, palabras desconocidas para aquella gente.

Eran todos desagradables, egoístas y altaneros. Así se educaban y eran. No se preocupaban por la enfermedad de alguno, ni por las sequías que sufriera la tribu vecina. Ya casi no recordaban las enseñanzas de Dios ni atendían los templos. El cacique Caburé, tenía fama de ser violento y agresivo entre los suyos y para con las demás tribus, motivo por el cual vivía aislado completamente.

En cierta oportunidad, un grupo de muchachos de la aldea se dirigió al bosque. Saltaban y trepaban por las ramas elásticamente; allí se habían criado. Después de divertirse durante largo rato sintieron sed. Treparon a los árboles en busca de frutos jugosos y así se quedaron. De pronto una mujer joven que traía un bebe entre los brazos les habló:

- Mi niño tiene sed, no podrían darme un fruto?

Se miraron con indiferencia hasta que uno de ellos contestó:

- Ahí están los frutos; si quieres, no tienes más que tomarlo.

En ese instante todos comenzaron a reír aprobando la respuesta del joven.

- ¿Quieres? Toma -dijo otro arrojándole la cáscara que acababa de desechar.

Sumamente divertidos, los demás repitieron la broma. El bebe, asustado, empezó a llorar. Entonces la mujer fue envuelta por una luz blanca que la transformó: llevaba ropas largas y un manto celeste y el bebe sonreía dulcemente.

Era Tupá-Oí, la Virgen. Ella y el Niño, en su paso por la Tierra, premiaban a los buenos y castigaban a quienes procedían mal, para que los hombres tomaran el ejemplo y aprendieran a vivir según los mandamientos de Tupá, el Dios Bueno de los guaraníes.

Señalándolos, les dijo que desde aquel momento quedarían convertidos en animalitos parecidos a ellos, pero que llevarían la fealdad que encerraba el egoísmo de sus corazones. En vez del grupo de muchachos apareció un grupo de monitos que saltando desaparecieron entre los árboles de la espesura selvática.

La leyenda nos cuenta el origen de los caís, una especie de pequeños monos naturales de América. Es común verlos en el zoológico o, hace algunos años atrás, acompañando a los organilleros ambulantes.

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