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La sombra que merodea
en busca de malhechores

© Verónica Podestá

Hay un relato que aún se cuenta entre las poblaciones de los alrededores del río Gualeguay, en Entre Ríos. Lleva consigo mucho misterio, un encanto casi mágico e intrigante que renace cada noche, cuando en la espesura de los bosques se ve vagar una sombra escurridiza

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Los hombres, que cuentan en voz baja esta historia, dicen que es el tigre negro; pero cada uno de ellos, allá, en la profundidad de sus pensamientos, tiene una extraña sensación, la que ustedes experimentan hoy al conocerlo.

A orillas del Gualeguay, donde sus aguas enriquecen la tierra y la cubren de exuberante vegetación, vivía Kirirí, alejado de la aldea, vaya a saber por qué motivos. En su modesto rancho, el buen hombre de cabellos negros como las noches sin luna guardaba los resultados de su actividad: pieles de carpinchos, nutrias, comadrejas y peludos; carne para alimentarse, abrigo, hierbas curativas para todo aquel que las necesitara.

Tenía la imagen de un gran abuelo de todos; cualquiera que fuera a su choza encontraría una palabra, alimento y protección.

Y resulta que un día, Amambay llegó desesperada con su hijita en brazos en busca de Kirirí. Necesitaba su ayuda, ya que hacía días que la pequeña no comía y daba señales de vida sólo por su respiración.

Llamó una y otra vez a la puerta de Kirirí, pero nadie contestó. En eso, un enorme tigre negro salió del rancho. Amambay, asustadísima, vio en sus ojos una mirada buena, casi conocida. Lo siguió con la vista hasta que desapareció entre las malezas. La pequeña enferma despertó y pidió pararse por sus propios medios.

La mujer, confundida, entró en busca de Kirirí; allí estaba, tendido en el suelo, con una flecha clavada en el pecho. Arrodillada, Amambay rezó por el tan querido hombre.Luego se dirigió a la aldea y contó la terrible noticia. Todos lamentaron la pérdida y supieron que algo extraño había sucedido en la soledad del rancho de Kirirí.

Al poco tiempo, un hombre de la aldea, que comerciaba sus artesanías, contó que había tres comerciantes desconocidos en el lugar: andaban por allí ofreciendo hermosas pieles de nutria, cuando un enorme tigre negro les salió al paso y de un solo zarpazo mató a uno de ellos.

Aunque nadie dijo nada, todos sabían que seguramente ése era uno de los malhechores que habían dado muerte a Kirirí.

Desde entonces, la sombra del tigre negro merodea los alrededores buscando a los demás malvados que robaron las pieles del buen hombre, a orillas del Gualeguay.

El tigre negro abunda en Misiones, aunque se lo encuentra a lo largo de toda la Mesopotamia argentina. Los guaraníes lo llaman "yaguarté-é", que significa "tigre negro".

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Editada en Buenos Aires - Argentina