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En tiempos muy remotos que nadie recuerda,
Dios llamó un día a todos los animales. Ya era hora de darles nombre.
A medida que llegaban, iban ubicándose alrededor de Dios; y
cuando estuvieron hasta los más chiquititos se dio comienzo a la ceremonia.
El Padre le fue indicando a cada uno el nombre que le asignaba y
les pedía que lo repitieran para no olvidarlo jamás. Así pasaron, sin equivocarse, el
perro, la vaca, el caballo, la oveja, el gato y los demás.
Entonces le tocó el turno al animalito de las orejas largas.
Dios dijo que se llamaría 'asno' y que por favor lo repitiera. El asno dijo sí con la
cabezota y, cuando abrió el hocico para repetir, ¡se había olvidado!
- Te llamas 'asno', a ver, repítelo.
Nuevamente abrió el hocico. Nuevamente lo había olvidado.
Entonces, el zorro, impaciente entre los animales, se acercó y
le dijo en la oreja:
- ¡Burro, eres un gran burro!
En ese momento Dios volvía a preguntarle:
- A ver, ¿cómo te llamas?, debes hacer memoria.
El asno abrió el hocico y campante dijo:
- ¡Burro, señor! ¡Me llamo Burro!
Dios sonrió y le dio una palmadita cariñosa en el anca. Fue
así como desde entonces al asno todos le dicen 'burro'. |