Todos los conocían: su labor era de tan buena
calidad que desde tierras lejanas venían en busca de un poncho de Puca.
Cierta vez. importantes caciques vinieron a observar cómo trabajaba el hombre y tan
admirados quedaron que le preguntaron si, a cambio de abundantes pagos, estaría dispuesto
a elaborar sus prendas.
El tiempo pasó y Puca, mareado por tanto halagos y
premios, descuidó sus tejidos.
En pocos meses la gente se desinteresó por las
artesanías del tejedor, que quedó en el recuerdo como el mejor de todos los tiempos.
Puca, recluido en medio de los valles, en el
silencio y la soledad de su choza, pasaba los días ociosamente. Y como siempre sucede, el
sol dejó de alumbrar intensamente; los fríos se fueron dibujando en el horizonte y Puca
pensó que pasaría penurias, pues ya no tenía la abundancia de abrigo de años
anteriores.
Decidió volver a tejer a fin de protegerse y una
mañana, con el aire fresco de los valles, empezó la labor. Lentamente fue recordando
aquellos días en que trabajaba afanoso para mejorar siempre los tejidos. Y así pasaron
tres días. Ya se podía ver el poncho suave y fino, cuando se terminó la lana.
Fastidiado por el inconveniente, no quiso detenerse, tomó gruesas hebras que había
desechado antes y continuó el trabajo con ellas.
El hermoso poncho del principio fue desapareciendo;
el resultado: una artesanía desprolija, áspera y rugosa.
Pero Puca no se preocupó; rodeó sus hombros con el
poncho dispuesto a bajar a las aldeas para que todos vieran que aún no había olvidado
cómo se tejía, pero no pudo moverse.
El poncho se puso más y más rígido hasta
aprisionarlo: se estaba transformando en quirquincho.
Dios quiso castigar su haraganería convirtiéndolo
en un animalito cuya caparazón es prueba evidente del descuido y de la ociosidad que lo
dominaron y que reproduce el tejido desprolijo realizado por Puca sin dedicación. |