| Hace muchos años, tanto que ni las montañas
abuelas lo recuerdan, un visitante llegó a la tribu.
Según dijo, era sobreviviente de una guerra cruel
desatada entre la gente de su padre, un gran cacique, y una tribu de costumbres guerreras.
Es decir que era un príncipe y solicitaba amparo, pues no le quedaba nadie en la Tierra.
El cacique ordenó inmediatamente que se le diera
alojamiento y comida y solemnemente anunció que sería nuevo habitante de sus dominios. Y
desde entonces, cada uno fue aceptando al joven, que con ellos compartía los días
tranquilos de la vida.
Pero no se trataba de un muchacho como todos; pasaba
largos ratos espiando las chozas de los demás. Juntaba pequeños objetos que encontraba
por ahí, no hablaba con nadie, ni siquiera con la hija del jefe, que se había enamorado
de él.
Un día, el cacique de la tribu lo mandó a llamar.
Invitándolo a conocer los alrededores, prometió mostrarle un sitio secreto, una especie
de tesoro.
Caminaron durante largo rato hasta llegar a un
claro. Los sonidos parecían diferentes y, de pronto, todo quedó bajo una luz casi
mágica; allí, entre una base pedregosa, brotaba un líquido dorado que se perdía en un
río salpicado de brillos de oro puro y despedía reflejos en todas direcciones.
El príncipe indio pareció enloquecer con tanta
riqueza a sus pies. Agredió repentinamente al cacique, quien cayó al suelo sobresaltado.
El joven corrió hasta las aguas, mientras gritaba juntando cuanta piedra podía en sus
ropas.
El cacique le advirtió que tuviera cuidado pero,
ensordecido por su ambición, el muchacho se internó entre las piedras y desapareció
arrastrado por la corriente.
Momentos después, todo era calma en el valle y el
cacique, espantado, volvía a la tribu a contarle a su gente la historia del presunto
príncipe.
El río al que hace referencia la leyenda se
encuentra en nuestro país, Argentina, en el departamento de Colón, a pocos kilómetros
de la capital de Córdoba. Tiene apariencia de oro porque corre sobre lechos de sílex y
arenisca, de los cuales los rayos del Sol arrancan centelleantes destellos. |