Leyendas

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Las Cataratas del Iguazú

Una fantasía indígena tejida con hilos de amor y de misterio
© Verónica Podestá

Encajonado entre negros basaltos y vegetación frondosa, cayendo con fragor de trueno envuelto en un alarde de espuma blanca, el río Iguazú es el protagonista de una de las bellezas más sugestivas del mundo y escenario de una leyenda fascinante

Cientos de cascadas que se suceden en cadena, envueltas por árboles centenarios, helechos arborescentes, lianas trepadoras y plantas exóticas ofrecen uno de los espectáculos más originales y maravillosos del mundo. Son los saltos del río Iguazú, en el límite de la Argentina, Brasil y Paraguay.

Los indígenas que habitaron la región en tiempos ya remotos, propensos a la fantasía tejieron una leyenda en torno de las cataratas del Iguazú.

En ese marco de insolente belleza, rodeada de flores, lianas y árboles frondosos, vivía la dulce Panambí. Era una muchacha bonita y suave que ayudaba a su madre en los quehaceres y se preocupaba por conseguir frutos y miel. Un día como tantos otros, Panambí regresaba a su hogar con el cesto cargado de provisiones y se disponía a navegar en su canoa por las aguas del río. De pronto, se cruzó con otra embarcación dirigida por un joven recio y apuesto, que la miró con interés. Al pasar junto a la doncella clavó su mirada dominante y ella quedó hipnotizada, incapaz de separar la vista de él.

Cuando volvió a su casa, la madre esperaba afligida, pues había tardado. Panambí no sabía qué había sucedido. Si caminaba por los senderos rojizos de la tierra misionera o se acercaba a orillas del río, el recuerdo de aquel desconocido estaba siempre presente y sólo ansiaba el momento de ir a las islas para encontrarlo.

Una noche, la paz reinaba por doquier. Inesperadamente, se oyó un ruido de remos que hendían el agua. Panambí, que dormía tranquilamente, tuvo un sobresalto. Como impulsada por una fuerza misteriosa se dirigió a orillas del río.

En medio del cauce estaba el joven sobre su canoa. Panambí, inconsciente, caminó hacia él sin darse cuenta de que las aguas iban cubriendo su cuerpo.Poco después, la muchacha, exánime, era llevada por la corriente junto a Pyra-Yará, dueño del río y de los peces, que era el extraño ocupante de la embarcación. Este la tomó entre sus brazos y colocó el cuerpo inerte en una balsa de juncos que estaba amarrada a la canoa.

Con tan delicado botín, Pyra-Yará dirigió su embarcación hacia el lugar donde las aguas caen con ruido ensordecedor en el abismo. Al llegar, la canoa se precipitó en el vacío pero siguió normalmente el curso del río como si no hubiera afrontado semejante obstáculo. Sin embargo, el cuerpo de Panambí, despedido de la balsa, quedó entre las piedras del gran macizo, convirtiéndose a su vez en piedra.

Las aguas que allí caen forman como un velo de novia y dan ese nombre a uno de los saltos de las cataratas.

Ese fue el destino de Panambí. Enamorada de Pyra-Yará olvidó que, por ser esencia divina, aquél no podía amar a ninguna mujer sobre la Tierra.


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