Cientos de cascadas que se suceden en cadena,
envueltas por árboles centenarios, helechos arborescentes, lianas trepadoras y plantas
exóticas ofrecen uno de los espectáculos más originales y maravillosos del mundo. Son
los saltos del río Iguazú, en el límite de la Argentina, Brasil y Paraguay.
Los indígenas que habitaron la región en tiempos
ya remotos, propensos a la fantasía tejieron una leyenda en torno de las cataratas del
Iguazú.
En ese marco de insolente belleza, rodeada de
flores, lianas y árboles frondosos, vivía la dulce Panambí. Era una muchacha bonita y
suave que ayudaba a su madre en los quehaceres y se preocupaba por conseguir frutos y
miel. Un día como tantos otros, Panambí regresaba a su hogar con el cesto cargado de
provisiones y se disponía a navegar en su canoa por las aguas del río. De pronto, se
cruzó con otra embarcación dirigida por un joven recio y apuesto, que la miró con
interés. Al pasar junto a la doncella clavó su mirada dominante y ella quedó
hipnotizada, incapaz de separar la vista de él.
Cuando volvió a su casa, la madre esperaba
afligida, pues había tardado. Panambí no sabía qué había sucedido. Si caminaba por
los senderos rojizos de la tierra misionera o se acercaba a orillas del río, el recuerdo
de aquel desconocido estaba siempre presente y sólo ansiaba el momento de ir a las islas
para encontrarlo.
Una noche, la paz reinaba por doquier.
Inesperadamente, se oyó un ruido de remos que hendían el agua. Panambí, que dormía
tranquilamente, tuvo un sobresalto. Como impulsada por una fuerza misteriosa se dirigió a
orillas del río.
En medio del cauce estaba el joven sobre su canoa.
Panambí, inconsciente, caminó hacia él sin darse cuenta de que las aguas iban cubriendo
su cuerpo.Poco después, la muchacha, exánime, era llevada por la corriente junto a
Pyra-Yará, dueño del río y de los peces, que era el extraño ocupante de la
embarcación. Este la tomó entre sus brazos y colocó el cuerpo inerte en una balsa de
juncos que estaba amarrada a la canoa.
Con tan delicado botín, Pyra-Yará dirigió su
embarcación hacia el lugar donde las aguas caen con ruido ensordecedor en el abismo. Al
llegar, la canoa se precipitó en el vacío pero siguió normalmente el curso del río
como si no hubiera afrontado semejante obstáculo. Sin embargo, el cuerpo de Panambí,
despedido de la balsa, quedó entre las piedras del gran macizo, convirtiéndose a su vez
en piedra.
Las aguas que allí caen forman como un velo de
novia y dan ese nombre a uno de los saltos de las cataratas.
Ese fue el destino de Panambí. Enamorada de
Pyra-Yará olvidó que, por ser esencia divina, aquél no podía amar a ninguna mujer
sobre la Tierra. |