El cacique Sinchica visitó al jefe de la tribu
diaguita de los Huamango para pedirle la mano de su hija a cambio de la seguridad de que
las tribus de ambos vivirían unidas en la guerra y en la paz.
La joven, Keo, era dulce como los amaneceres y buena
como las flores, según sus amigos y familiares, y desde hacía mucho tiempo había
consagrado su vida al bien, personificado en Inti, el dios Sol. A él dedicaba todas sus
oraciones, en las cuales pedía por la vida de la tribu y la curación de los enfermos.
Por la tarde y hasta que las estrellas empezaban su mágica danza nocturna, Keo se quedaba
inmóvil mirando el cielo o el reflejo del Sol en el agua, en un íntimo diálogo con su
dios.
Pero frente al ofrecimiento del cacique vecino, el
padre de Keo se dirigió a ella para comunicarle que en poco tiempo se festejaría la
boda. Desde aquel momento, Keo pasaba horas en el bosque, oculta y llorando en una
constante oración al Sol; ella quería consagrar su vida entera a la veneración y
prédica, lo cual no era posible estando casada.
Una tarde vinieron los guerreros de Sinchica en
busca de Keo para dar comienzo a los festejos. Desesperada, la muchacha saludó a cada uno
de sus hermanos como si fuera la última vez. En el camino hacia la tierra del cacique no
hacía más que mirar al Sol, que se ocultaba en el horizonte como olvidándose de ella.
Pero el dios no había olvidado a su hija: en el
momento en que Sinchica se acercó a la joven para recibirla, una luz cubrió por completo
a Keo; todos se arrodillaron al ver que en lugar de la muchacha había una avecilla
oscura, pequeña, que como hipnotizada miraba al Oeste, donde el Sol se ocultaba.
Actualmente se puede ver al keo, inmóvil
contemplando la imagen del Sol en algún arroyo, agradeciéndole haberlo convertido en ave
para poder consagrarse a su culto. |