| - ¿Qué haremos con el pobre Ku? -preguntaron los
pájaros a la lechuza, que siempre sabe todo.
-Propongo -dijo solemnemente y frunciendo el ceño-
que cada uno le obsequie a Ku una de sus mejores plumitas; así se sentirá más
reconfortado y feliz.
El pobre Ku, según lo llamaban todos, era un
pajarito de la selva que llegó tarde a la ceremonia cuando, hace muchos años, Dios creó
a las aves y les dio el plumaje, la voz y el canto.
Dios había utilizado todos los dones para entonces
y tuvo que dejarlo así, feúcho, sin cualidad especial alguna.
Los pájaros del bosque sufrían por él y esta vez
decidieron ayudarlo. Se le acercaron lentamente, apoyando uno por uno, la mejor plumita en
su lomo. Al verse tan colorido, Ku se puso eufórico de alegría y empezó a cantar como
el más virtuoso de los pájaros.
Pero, con el pasar de los días, Ku cambió. Se
volvió tan pero tan engreído que olvidó la amistad de sus hermanos: los empujaba fuera
de su nido cuando venían a saludarlo, rezongaba por cualquier cosa, robaba la camida
ajena y cometía otras tantas faltas.
Las aves protestaban malhumoradas y sus quejas
fueron tan insistentes que llegaron a oídos de Dios, quien, un poco enojado, les
prohibió hablar.
Desde aquella vez, según cuenta esta leyenda, las
aves no hablan entre sí y persiguen a la lechuza por la idea que tanto problema trajo.
Ella sale de su escondite por la noche, cuando los demás duermen, y el pájaro Ku huye de
los demás, pues aún está en penitencia. |