| Nobleza, sabiduría y valor eran las virtudes que
caracterizaban al cacique de cabellos blancos y ojos mansos como el agua clara. Era
admirado y respetado por todos. Su profunda experiencia de la vida se traducía siempre en
la solución acertada a los problemas que se presentaban. Pero, por sobre todas estas
cualidades, había una que lo hacía diferente, casi divino. El anciano cacique tenía el
don sobrenatural de comunicarse con los dioses y de devolver a la vida a jóvenes niños
que eran arrebatados prematuramente.
La tribu vivía en una unión armoniosa y perfecta. Hasta que un día,
como tantos otros, los indios subieron al monte en busca de frutas, pero grande fue su
sorpresa al divisar, en las playas del río grande, embarcaciones que se acercaban
sigilosamente.
Al enterarse, el cacique supo que se trataba de los hombres blancos y supo
también que la desgracia, el sufrimiento y la esclavitud azotarían a su tribu con mano
implacable. Y postrándose de rodillas con las manos en cruz sobre el pecho y su cuerpo
rígido frente al sol, imploró la misericordia de los dioses, mientras los indígenas
ejecutaban la danza sagrada alrededor del fuego. Al terminar el fervoroso ritual, el
cacique quedó taciturno, pensativo...
El fragor de las armas repercutió como un trueno en la selva. Y fue
estéril la lucha. Los hombres blancos, armados de pies a cabeza, ganaban la partida y los
indios, indefensos, huyeron a ocultarse en la espesura.
Transcurrieron muchos soles y lunas; los aborígenes buscaron
infructuosamente a su noble jefe. Casi sin esperanza, interrogaron a los espíritus y así
conocieron la causa de tan misteriosa desaparición. El anciano cacique, convertido en
camoatí, había volado a las copas de los árboles para evitar la humillación y el
cautiverio. Los indios, entonces, pidieron a los dioses seguir el mismo camino. Y así fue
como se reunieron con quien había sido su guía y protector. Juntos, recorrieron el monte
y se deslizaron plácidamente por el aire posándose en las hojas y en las flores. Al
llegar la noche, comenzaron a trabajar con ahínco amasando el barro y transportándolo
amorosamente hacia la rama de un árbol para construir su nuevo hogar y continuar unidos
para siempre en una comunidad perfecta. |