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El camoatí: de flor en
flor hacia la libertad
© Verónica Podestá

La libertad y la unión de una legendaria tribu se encuentran en una leyenda americana que narra el origen de una comunidad perfecta: la de los camoatíes que, gracias al trabajo conjunto, logran sobrevivir al tiempo

Nobleza, sabiduría y valor eran las virtudes que caracterizaban al cacique de cabellos blancos y ojos mansos como el agua clara. Era admirado y respetado por todos. Su profunda experiencia de la vida se traducía siempre en la solución acertada a los problemas que se presentaban. Pero, por sobre todas estas cualidades, había una que lo hacía diferente, casi divino. El anciano cacique tenía el don sobrenatural de comunicarse con los dioses y de devolver a la vida a jóvenes niños que eran arrebatados prematuramente.

La tribu vivía en una unión armoniosa y perfecta. Hasta que un día, como tantos otros, los indios subieron al monte en busca de frutas, pero grande fue su sorpresa al divisar, en las playas del río grande, embarcaciones que se acercaban sigilosamente.

Al enterarse, el cacique supo que se trataba de los hombres blancos y supo también que la desgracia, el sufrimiento y la esclavitud azotarían a su tribu con mano implacable. Y postrándose de rodillas con las manos en cruz sobre el pecho y su cuerpo rígido frente al sol, imploró la misericordia de los dioses, mientras los indígenas ejecutaban la danza sagrada alrededor del fuego. Al terminar el fervoroso ritual, el cacique quedó taciturno, pensativo...

El fragor de las armas repercutió como un trueno en la selva. Y fue estéril la lucha. Los hombres blancos, armados de pies a cabeza, ganaban la partida y los indios, indefensos, huyeron a ocultarse en la espesura.

Transcurrieron muchos soles y lunas; los aborígenes buscaron infructuosamente a su noble jefe. Casi sin esperanza, interrogaron a los espíritus y así conocieron la causa de tan misteriosa desaparición. El anciano cacique, convertido en camoatí, había volado a las copas de los árboles para evitar la humillación y el cautiverio. Los indios, entonces, pidieron a los dioses seguir el mismo camino. Y así fue como se reunieron con quien había sido su guía y protector. Juntos, recorrieron el monte y se deslizaron plácidamente por el aire posándose en las hojas y en las flores. Al llegar la noche, comenzaron a trabajar con ahínco amasando el barro y transportándolo amorosamente hacia la rama de un árbol para construir su nuevo hogar y continuar unidos para siempre en una comunidad perfecta.


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Editada en Buenos Aires - Argentina