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La leyenda nos dice que antes
solía ocurrir un milagro, siempre en Nochebuena, en el profundo bosque de Suecia. A la
hora exacta de la media noche, la nieve y el hielo desaparecían, la tierra se convertía
en una verde alfombra, las flores se desenvolvían, las bayas se hacían pesadas en los
arbustos, una brisa balsámica atravesaba las cúpulas de los árboles llenos de hojas, y
los animales, aves e insectos, salían como lo hacen en pleno verano.
El milagro duraba hasta el
amanecer. Entonces el bosque se volvía a congelar y se quedaba en silencio otra vez.
La madre de una familia de
ladrones le contó la historia del milagro a un viejo abad, y le prometió llevarlo al
bosque a ver el milagro si él convencía al obispo de que perdonara a su esposo. El
obispo dijo que otorgaría el perdón si el abad le traía una flor como evidencia del
milagro.
En la Nochebuena, la familia de
forajidos llevó al abad y a un hermano laico a la profundidad del bosque, donde
permanecieron juntos durante la oscura y fría noche.
Al dar las 12, el milagro
sucedió justo como había sido descrito, y el abad aplaudió en éxtasis ante el trabajo
de Dios. Pero el hermano laico pensó que la transformación debía ser el trabajo de
Satanás y lo llamó endemoniado.
Al pronunciar esas palabras, la
luz y la belleza desaparecieron, y la helada oscuridad regresó. El milagro había
desaparecido. Con el corazón destrozado, el abad cayó a tierra y murió, pero, entre sus
dedos apretados, había un par de pequeñitos bulbos blancos. El hermano laico los llevó
al jardín del abad y los plantó.
La primavera llegó, luego el
verano y el otoño, pero no retoñaron.
Finalmente, en invierno cuando
todo lo demás estaba vacío, éstos se llenaron de flores, y los delicados retoños
blancos en forma de estrella fueron llevados ante el obispo, quien cumplió su promesa y
perdonó a los forajidos.
Nunca más -termina la leyenda-,
volverá a llenarse de vida milagrosamente el bosque, pero las flores blancas todavía
retoñan en Navidad y son conocidas como rosas de Navidad. |