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El 14 de mayo de 1610, Enrique IV fue asesinado por un fraile
exclaustrado, perturbado mental: François Ravaillac (1578-1610). A Enrique le sucedió su
hijo de nueve años, que reinó como Luis XIII (1601-1643).
La regencia la desempeñó su madre, María de Médicis
(1573-1642), pariente lejana de Catalina de Médicis. Luis XIII fue un individuo débil y
depresivo, de pertinaz mala salud. Aun así, era capaz de encabezar un ejército cuando
debía hacerlo, y mostró bastante talento como para escapar al control de su madre y
escoger a un hombre brillante para hacer de él su principal consejero y apoyarse en él.
El consejero, que al principio había sido un protegido de María
de Médicis, fue Armand-Jean du Plessis, duque de Richelieu, nombrado cardenal en 1622. El
designio de Richelieu consistía en destruir las fuerzas internas de Francia que le
disputaban el poder al rey: por un lado la gran nobleza, y por otro las ciudades hugonotas
armadas, que subsistían desde las guerras de religión.
Fuera de Francia, su propósito era debilitar a los Habsburgo
situados en las fronteras opuestas de Francia: en Austria y en España. Para lograrlo, aun
siendo católico y cardenal, estaba más que dispuesto a establecer alianzas con las
potencias protestantes que lucharan contra los Habsburgo, prestándoles además ayuda
financiera. Bajo su dirección, Francia alentó la efervescencia de la guerra de los
treinta años, y actuó con tanto éxito que la causa de los Habsburgo quedó arruinada, y
Francia emergió como la primera potencia de Europa, si bien con un coste terrible para el
pueblo alemán. En el interior de Francia, los paulatinos intentos de Richelieu de
domeñar a la nobleza encendieron una vivísima oposición contra él, que se sustanció
en una sucesión de conspiraciones.

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Esta situación alcanzó su apogeo en 1630. Richelieu había
llevado la guerra contra La Rochelle (La Rochela), una ciudad de la costa occidental de
Francia, hugonota y casi independiente. La intención de Richelieu no era destruir a los
hugonotes, sino tan sólo privarlos de capacidad bélica. Pese a la ayuda inglesa y a una
resistencia encarnizada por parte de los hugonotes, La Rochelle fue tomada por los
franceses en 1628, y sus habitantes se vieron reducidos a formar parte de una secta
tolerada, en lugar de constituir un estado dentro del Estado.
A pesar de que Richelieu combatía con éxito a los hugonotes, la
nobleza era capaz de hacer valer la influencia de la Iglesia en contra del cardenal,
porque éste luchaba contra la católica España aún con más fervor que contra La
Rochelle protestante, y porque se dedicaba a prestar ayuda financiera a Gustavo Adolfo
contra la también católica Austria.
Por un momento, pareció que los nobles habían convencido a Luis
XIII (quien por su parte sufrió una crisis de conciencia por apoyar a Gustavo Adolfo)
para que relevara a Richelieu de su cargo. Los conspiradores, con María de Médicis a la
cabeza, estaban plenamente convencidos de la caída de Richelieu, y ya cantaban victoria
muy alegres, cuando Luis XIII se percató, a pesar suyo, de que Richelieu lo estaba
fortaleciendo, en tanto que la nobleza lo debilitaría.
El 11 de noviembre de 1630 decidió apoyar a su ministro, y los
conspiradores comprendieron de inmediato e inesperadamente que habían perdido. Este
incidente se conoció como "el día de los inocentes".
Richelieu, por otra parte, protegió la literatura y él mismo
aspiró a convertirse en una figura literaria. Fundó la Academia Francesa en 1634, la
cual ha gobernado la lengua y la literatura del país desde entonces.
Pero Richelieu no vivió para ser testigo del final de la guerra
de los treinta años. Murió el 4 de diciembre de 1642. Luis XIII, como si no osara
sobrevivir largo tiempo a su consejero, del que dependía absolutamente, falleció el 14
de mayo de 1643.
Mientras tanto, el ejército francés había sido reorganizado y
revitalizado. Inmediatamente antes de su muerte, Richelieu nombró a Louis d'Enghien
(16211686) para mandar las fuerzas desplegadas en la frontera de los Países Bajos
españoles. Sólo contaba 21 años, pero su designación constituyó un acierto.
Los españoles se dispusieron a sacar ventaja de la muerte de
Richelieu y de que Luis XIII estaba a punto de seguirle a la tumba, dando por sentado que
Francia se sumiría en una situación próxima a la anarquía.
En consecuencia, consideraron que era un momento apropiado para
invadir. Cruzaron la frontera y se dirigieron a París. Hicieron una pausa para poner
sitio a la ciudad de Rocroi, en el lado francés de la frontera, y d'Enghien marchó hacia
allí con rapidez. Su caballería derrotó a la española, y quedó la infantería,
compuesta por 18.000 hombres, que durante siglo y medio había parecido invencible. Los
ataques directos franceses fracasaron, de modo que d'Enghien se retiró e hizo uso de su
artillería, al tiempo que se apoderaba de los cañones españoles.
Una vez que la infantería española estuvo bien castigada, un
avance francés la arrolló y prácticamente la exterminó. Este hecho de armas señaló
el fin de la superioridad militar española, e inauguró un período en el que el
ejército francés dominó Europa. A pesar de su desagrado por las mujeres, incluida su
esposa Ana de Austria (1601-1666), hermana de Felipe IV de España, Luis XIII consiguió
ser padre de dos hijos. El mayor le sucedió en el trono a la edad de cinco años como
Luis XIV (1638-1715). Ana de Austria desempeñó la regencia, y designó primer ministro a
Julio Mazarino (Jules Mazarin, 1602-1661), que había colaborado con Richelieu. Este
último lo había recomendado como sucesor, y Mazarino gozó de la completa confianza de
Ana.
Mazarino continuó la política de Richelieu tanto dentro como
fuera de Francia, y contribuyó a que la guerra de los treinta años tuviera una feliz
conclusión (para Francia) en 1648. Pero ahora la nobleza, libre del poderosísimo genio
de Richelieu, se alzó en rebelión.
A su lado se puso también la clase media, que deseaba algún
tipo de gobierno distinto a la voluntad del monarca, que no debía rendir cuentas ante
nadie. La insurrección se conoció como la Fronda (del nombre de un tirachinas infantil,
y que se empleaba como expresión para manifestar desdén). Mazarino actuó con desventaja
por ser italiano, con lo que el fervor nacional francés pudo ser fácilmente atizado
contra él. Pero combatió la Fronda hábilmente, y en 1650 estaba casi dominada. Este
período fue el principio de la edad de oro de la literatura francesa.
Pierre Corneille (1606-1684) escribió grandes dramas y fue el
creador de la tragedia francesa clásica. Los franceses se adhirieron tan íntimamente a
los modelos griego y romano, que siempre han sentido poco aprecio por Shakespeare, cuyas
obras trascendían las rígidas reglas establecidas por los griegos.
En el terreno de la ciencia, Francia también descolló en esta
época. El estudioso Marin Mersenne (1588-1648) sirvió de vínculo personal entre los
científicos de Europa. Escribió voluminosas cartas a lugares tan alejados como
Constantinopla, informando de los trabajos científicos sobre los que tenía noticia,
solicitando a su vez información y formulando sugerencias. Prestó, pues, un impagable
servicio.
Pierre Gassendi (1592-1655), otro erudito francés, defendió con
vigor la filosofía atomista de Demócrito y Lucrecio, y la mantuvo viva para sus
contemporáneos. Descubrió y dio nombre a la aurora boreal y, en 1631, observó el
planeta Mercurio cruzar delante del Sol. Fue el primer tránsito planetario que se vio.
René Descartes (1596-1650) publicó su obra filosófica a partir de 1637, y empezó por
establecer su propia existencia: "Pienso, luego existo." Y a partir de ahí,
continuó.
En matemáticas, inventó la geometría analítica, y en un
apéndice a aquella obra expuso un sistema de interconversión de ecuaciones algebraicas y
figuras geométricas. Murió en Suecia gracias a la insensibilidad de la reina Cristina.
Pierre de Fermat (1601-1665) era un abogado que se ocupaba de matemáticas sólo en sus
ratos libres.
A veces se le llama "el más notable aficionado del
mundo". Fue uno de los precursores del estudio de la teoría de los números. Blaise
Pascal (1623-1662), que trabajó con Fermat, fundó la teoría de las probabilidades. La
obra empezaba con una consideración sobre la incertidumbre de un jugador a la hora de
apostar. Pascal inventó también la primera calculadora mecánica en 1649, desde luego
muy simple. Pascal era jansenista, o sea seguidor de los principios enunciados por el
teólogo holandés Cornelius Otto Jansen (1585-1638).
Jansen era católico, pero abominaba de los jesuitas y de la
Contrarreforma; en ciertos aspectos su pensamiento estaba teñido de protestantismo. La
pugna entre jansenistas y jesuitas dividió especialmente a Francia, de forma casi tan
negativa (aunque sin llegar a la guerra) como lo hiciera la disputa entre hugonotes y
católicos. Pascal pasó los últimos días de su vida escribiendo ensayos en defensa de
los puntos de vista jansenistas, y su libro Pensées (Pensamientos) fue tan brillante como
para impresionar a las generaciones sucesivas en la misma medida que sus trabajos
matemáticos.
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