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El monstruo de los mil rostros

© Carlos Alberto Estévez

Un profesor estaba corrigiendo exámenes cuando halló una frase que recordará -dice- mientras viva. Luego de firmar su prueba, un alumno había escrito: "PD: En toda mi vida, éste fue el primer examen que pude rendir sin sentir miedo. Muchas gracias por eso".

Esta confidencia estudiantil resultará muy útil si la evaluación se convierte otra vez, desde lo profundo, en un tema de estudio y análisis, como lo prometen los más serios programas de perfeccionamiento docente.

El miedo se instala subrepticiamente; no pide permiso. Es un monstruo con mil rostros, que tan pronto adopta el aspecto de un fracasado tembloroso como el de un apático indiferente; o también el de un inadaptado que desafía abiertamente al sistema.

Cuando un ser humano tiene miedo, encarna la figura clásica de estar entre la espada y la pared, acorralado. Si no puede superarlo, elige entre dos posibilidades únicas y extremas: morir contra la pared, o morir contra la espada.

También el desaprensivo e indolente coleccionista de amonestaciones, que conquista el "lauro al revés" con un lamentable «No Alcanzó por Dedicación Insuficiente» (o un 2; da lo mismo), podría estar muerto de miedo, aunque él no lo supiera. Como se ve, todo esto no es ajeno a la mentada relación docente-alumno, bastante famosa últimamente.

Ardua y admirable tarea la del educador que se propone desentrañar la verdad que hay detrás de cada actitud. ¿Y qué otra cosa se puede esperar antes de una evaluación seria?

Cuesta mucho dominar el miedo. Más aún reconocerlo y confesarlo. Por eso tiene valor aquella posdata del comienzo, como también algunas opiniones recogidas entre estudiantes secundarios, que una alumna sintetizó así: "Me da lo mismo la letra que el número. Lo que necesito saber bien es qué evalúan, cómo y cuándo". Esta chica no confesó miedo pero revolvió en la olla donde hierve el caldo de cultivo de la ansiedad nefasta: lo oscuro y desconocido.

Entonces volvimos a preguntarle al profesor citado en el primer párrafo cuál era su fórmula. Él aseguró que se había ocupado de trazar con sus alumnos, mediante el diálogo y el raciocinio, objetivos que todos habían comprendido y aceptado. "Era como si fuésemos caminando por un sendero que todos juntos habíamos decidido recorrer; y en cada clase evaluábamos nuestra posición".

¿Leyó bien? No dijo "yo los evaluaba". Son métodos.

Es muy importante comprender que la evaluación no es el último tramo que da por concluido un trayecto, sino que coexiste en cada etapa del proceso y no puede ser concebida sino a partir de unos objetivos claros y deseables no sólo a los ojos del profesor sino también del alumno. Todos deben saber de qué se trata. (Ver: "Las llaves de la mente").

No se puede dejar resquicio abierto para el monstruo de las mil caras. Pero, aun sin miedo, el desconocimiento o la confusión de los objetivos, ya sea por parte del profesor como del alumno, determinan una evaluación errónea.

¿Cuál es la clave?

Alcanza un sondeo preliminar sobre estos temas realizado dentro de algunas comunidades educativas para toparse, en medio del análisis, con acusaciones recíprocas que suenan muy feo, como autoritarismo, demagogia, reaccionario, facilismo...

Las opiniones están divididas como las bíblicas aguas del mar Rojo y por el medio podrían pasar legiones de estudiantes sin empaparse de nada. Un debate sincero, sin jugar a pegar etiquetas, y más información sobre pedagogía derramarían bastante luz.

Para muchísimos docentes, la apasionante complejidad del proceso de formación se contrapone a la teoría del recipiente vacío que debe ser colmado. La educación no se reduce al mero hecho de incorporar datos, ¡y mucho menos de memoria! (ver "Las llaves de la mente"). Los especialistas más rigurosos con su profesión acuñaron un axioma que actúa como segundo tiempo de evaluación: "Si el alumno no aprendió, el maestro no logró enseñar".

A esta concepción horizontal se oponen otras corrientes que cifran la esperanza de mejores resultados en la exigencia de arriba hacia abajo: hay un tiempo de clase, la obligación de estudiar y, finalmente, el veredicto.

En el medio se puede ver un campo muy amplio donde valerosos pedagogos buscan la clave. Y no son pocos los que ya la encontraron. Se puede hablar con mujeres y hombres que conservan el recuerdo del Maestro, ése que podía enseñarles lo que quisiera, porque siempre terminaban amando (y aprendiendo) cualquier cosa que él se hubiera propuesto hacerles descubrir.


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Editada en Buenos Aires - Argentina