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Hoy, el concierto es en el aula

© Carlos Alberto Estévez

En educación, como en tantos otros temas, no necesariamente los avances provienen de la esperada y eventual aparición de iluminados que descubran conceptos, objetivos, programas o escollos nuevos.

Por lo general, lo que hace falta, porque nunca se ha practicado metódicamente -la ideología y la política mal entendidas tienen una tendencia bastante frecuente al desequilibrio y a la parcialidad-, es observar y analizar los mismos problemas desde distintas ópticas. Es el modo de lograr visiones distintas de las situaciones de siempre.

Hoy ya es inobjetable que la educación ocupa un lugar primordial en la agenda de nuestra sociedad. Nadie disiente. La educación es un asunto de todos, no ya del Estado, y mucho menos sólo del Gobierno. Todos estamos preocupados por la educación, convencidos de que es un tema prioritario, de que sin educación el país no podrá seguir creciendo, desarrollándose y fortaleciéndose. Y todos pensamos también que falta mucho por hacer.

Sin embargo, la percepción más común, si nos atenemos a los comentarios y expresiones escuchados y leídos, es que todos, incluidos los docentes, estamos esperando la llegada de un Presidente ideal, y de un ministro de Educación ideal, para ver si trae ideas nuevas para resolver problemas viejos, reclamos genéricos que la sociedad viene anotando y subrayando diariamente en su agenda de asuntos pendientes. Pero desde tiempos inmemoriales, la imagen de la relación entre la conducción educativa y el resto de la sociedad es de puja y desencuentro.

¿No era que la educación es un asunto de todos? ¿Por qué no la pensamos y repensamos juntos y, en este caso -si se quiere sólo en este caso de la educación-, dejamos de lado compromisos e intereses políticos? ¿Y por qué no aprovechamos, de paso, y repensamos también cuáles son nuestros verdaderos intereses económicos en relación con la educación?

Aplicando estos criterios, y volviendo al concepto inicial, a fuerza de reflexión nos damos cuenta de que una buena estrategia es cambiarse de lugar, metafóricamente hablando; mirar desde todos los ángulos las cuestiones de la educación que vienen acuciándonos desde siempre. Y entonces, quizás, los caminos aconsejables se nos presentan más obvios.

La función del maestro

¿Qué resultado podría tener una encuesta en la que a representantes de todos los sectores, a la mujer y al hombre de la calle, a la madre y al padre, al político, al profesional, se les preguntara qué es lo que debe esperarse y exigirse de un maestro?

Trate de elaborar Ud. su propia respuesta antes de seguir leyendo, por favor.

En una conferencia que no olvidaré fácilmente porque en su transcurso pudo experimentarse, precisamente, una aproximación a mirar la educación desde algunos otros ángulos, el Dr. Bernardo Toro, vicepresidente de Relaciones Externas de la Fundación Social de Bogotá, Colombia, ayudaba a los presentes a responderse a sí mismos qué es lo que se espera de los maestros.

En esa tarea, provocó un largo, profundo y fructífero silencio en su auditorio con la siguiente comparación:

"A un director de orquesta sólo se le pide esto: que dirija la orquesta. Antes, durante y después del concierto, únicamente se pretende que el director de orquesta dirija la orquesta. No se le pide que afine cada instrumento, ni que coloque las partituras en los atriles, ni que reciba a los asistentes, ni que controle que las butacas estén en su lugar, ni que limpie y adorne el escenario. Sólo que dirija la orquesta, y no se perdona que no lo haga muy bien.

"Al maestro, en cambio, estamos pidiéndole que limpie la sala, ordene las butacas, venda las entradas, reciba a los asistentes, acomode las partituras en los atriles, afine los instrumentos y, además, que dirija la orquesta."

El siguiente paso sería averiguar qué hacer para tratar al maestro con una consideración similar, asumiendo la responsabilidad y trascendencia de su misión. ¿Qué es lo que debemos esperar de él?

¿Para qué la educación?

Para encontrar caminos nuevos es imprescindible llegar a responder con precisión esta pregunta. Y para ello, es útil retroceder un paso en nuestra reflexión, con el fin de ponernos de acuerdo en esto:

  • El conocimiento es un producto; no es natural; es construido.

  • La forma en que el saber existe no es la forma en que puede aprenderse.

  • A partir de la información, una vez que tenemos datos en nuestro poder, el conocimiento se construye en cada uno de los que aprenden, cuando logra relacionar ese acopio y darle significados.

Estos significados se orientan a cuatro razones esenciales de nuestra existencia: sobrevivir, convivir, producir, y darle sentido a la vida.

Por estas razones es que existe la educación. Y nuestro "director de orquesta", el maestro, ya tiene bastante de qué ocuparse si le pedimos:

  • Reestructurar y organizar la información para que sea transmisible.

  • Convertirse en un generador de estímulos para que la recepción del saber sea un descubrimiento.

  • Ser capaz de desatar luego las condiciones que ayudarán a cada aprendiz (palabra nada despectiva; todos somos aprendices en esta vida, hasta el final), a relacionar la información y darle significados, para convertirla en su propio conocimiento.

Y en estas tres tareas, de la mano de la equidad, entra en juego la diversidad. Si la equidad es brindar igualdad de oportunidades para todos, el docente sabe que la diversidad (de talentos, de capacidades, de circunstancias sociales y económicas, etc.) exige para aquellas tres funciones suyas una capacidad de adaptación y versatilidad que hacen aún más compleja la misión.

A mi modo de ver, nuestro "director de orquesta" ya tiene suficiente trabajo y responsabilidad con esto. Exijámosle que lo cumpla a la perfección. Pero no debemos pedirle más. Lo que hay que hacer -entre otras cosas- es aligerarlo de cargas que los saturan. Que otros se ocupen de ordenar las partituras, limpiar la sala, acomodar las butacas, vender las entradas, controlar el acceso, encender las luces, asegurar la acústica. Y no traducimos estas analogías porque cualquiera podría (y si quiere, puede) hacerlo.

No creo que la calidad de la educación pueda comenzar a buscarse por otro camino.


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