El nuevo siglo comenzó hace más
de un lustro; ¿y ahora qué?
© Carlos
Alberto Estévez
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Con la vertiginosidad que lo caracteriza, el paso
del tiempo acabó con las excusas que sirvieron para gastar las empolvadas frases que
habíamos venido escribiendo, leyendo y oyendo desde hace más de una década.
Ya no más -para nosotros- la posibilidad de
profetizar "la llegada de un nuevo milenio", de advertir sobre "la
proximidad del siglo XXI", de imaginarnos "en los umbrales de una nueva
centuria".
Estas y otras expresiones similares, además de poco
originales, demostraron una trivialidad absoluta. Olvidémoslas, pero asumamos la
responsabilidad que nos toque por no haber hecho lo que debimos hacer y no hicimos.
Felicítese mil veces si esos recursos de la
retórica han desaparecido. ¿Acaso debemos mejorar la educación únicamente cuando está
por finalizar un siglo y comenzar el siguiente? ¿Solamente nos movilizan los hitos
temporales? ¿Era ésa la causa por la que debíamos hacer el intento de neutralizar la
inoperancia en la búsqueda de una auténtica educación?
Ya estamos -hace rato- en el nuevo siglo, en el
nuevo milenio, en la flamante centuria, y no hace falta leer sobre lo que hay de nuevo en
educación. Para leer hay muy poco, pero lo que importa, realmente, es que los padres -o
cualquiera otro interesado- puedan comprobar si hoy, en las aulas, sucede algo que sea cualitativamente
distinto y mejor que lo que se hacía en el siglo pasado. Yo, por mi parte, no compruebo
nada.
La computadora en el aula; ¿eso es todo?
Cierre los ojos e imagínese a innumerables expertos
y seudoexpertos tironeando desesperados de alguna punta de la tecnología para
convencernos de que han sabido asumir los desafíos del nuevo siglo y de que encabezan una
revolución educativa, montados sobre un deslumbrante alarde de diseño gráfico y un
admirable derroche de conocimiento de programación informática. Esto último es mérito
indiscutible de los técnicos (y de quienes los financian), pero no es prueba de que la
educación haya mejorado.
En todo caso, asistimos -en el mundo- a una
fascinante revolución tecnológica, que no garantiza por sí misma reales cambios en lo
que nos interesa, que es la educación, ésa que no puede ser traducida en gráficos de
curvas sino que se concreta hora tras hora en la escuela, entusiasma y enriquece a los
alumnos y es percibida por los padres en el hogar.
¿Proveer datos es educar?
Convendría subrayar la enorme diferencia que existe
entre lo que debemos concebir como educación y lo que es mera información, transmisión
o provisión de datos.
En este último rubro, podemos sacarnos el sombrero
ante Internet, en señal de reconocimiento por haberse convertido en un medio capaz de
saturarnos con información. No hay acontecimiento en el mundo, científico o no, que no
esté disponible en esta red de redes. Lo cual es básicamente bueno, pero ciertamente se
ha vuelto un tremendo desafío que pone al descubierto una de las cuentas en rojo de la
escuela: ¿Cómo obtener esos datos, manejarlos, seleccionarlos, ordenarlos, cotejarlos y
convertirlos en conocimiento? ¿Quién sabe hacerlo? ¿Quién enseña a hacerlo? ¿Quién
crea la posibilidad para que lo hagan los que saben?
No es atinado calificar como "educativos"
a los sitios de Internet que mejor trabajan en esa fabulosa colección de "materia
prima" como es el acopio de datos e información. Agencias de noticias, revistas de
divulgación científica, medios de comunicación en general, páginas de instituciones de
todo orden y de probada seriedad ponen a nuestra disposición estos elementos, sin que se
justifique decir, por eso, que la educación tiene más calidad.
Educar es otra cosa. Hace falta estimular y
garantizar el desarrollo personal de cada ser humano, para que viva satisfecho y realizado
material e intelectualmente; para que la originalidad y la creatividad fluyan por sus
cauces como un río generoso que va dando vida a su paso.
Y para esto último están los maestros de verdad,
los que son capaces, tienen condiciones innatas y están muy bien preparados. Éstos son
los únicos que merecen ser llamados maestros.
La tecnología no educa; es apenas un instrumento
que puede ser bien o mal utilizado, nada más. Es una herramienta que sirve al educador
para cumplir su misión en estos tiempos.
Nadie estaría dispuesto a creer que Sarmiento pasó
a la historia por la cantidad de pizarrones y cajas de tiza que haya ordenado proveer a
las escuelas. Y las redes informáticas, junto con el ordenador y todos sus periféricos,
son el pizarrón y la tiza de esta nueva era. Nada más.
Únicamente los verdaderos maestros siguen siendo
los que podrán mejorar la tan mentada calidad educativa (ver "Las
llaves de la mente"), término ambiguo y difuso por el desgaste que le
infligieron los discursos. No hace falta que se haya creado un instituto para el
desarrollo de la calidad educativa del nuevo milenio. El Ministerio de Educación debió
ser concebido como tal desde su creación; siempre y en su totalidad, desde el portero
hasta el ministro y viceversa.
¿Para qué otra cosa podría servir acaso?
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