No puede haber convivencia sin
disciplina
© Carlos
Alberto Estévez
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Como está cada vez más sobre el tapete el modo en
que las instituciones educativas deben encarar el comportamiento de los alumnos, conviene
repasar una vez más el significado de algunos términos porque, con el tiempo, se
desgastan y se contaminan a punto tal que el vocabulario termina por confundirnos.
Tras la lectura de algunos textos relativos a la
convivencia escolar y de opiniones públicas sobre el tema, es notorio que la erosión
hizo presa de la palabra "disciplina". Terminó sonando agresiva. Para muchos
sugiere autoritarismo o represión violenta. Por eso ha ganado adeptos el uso de la
expresión "convivencia en la escuela", que supone -casi podríamos decir así-
la erradicación lisa y llana de la disciplina.
Cualquier docente experimentado sabe que no puede
haber escuela sin convivencia; y también sabe que no puede haber convivencia sin
disciplina.
No se trata de andar cambiando vocabularios y
terminologías para que las viejas ideas parezcan nuevas, o para que las nuevas malas
ideas se vean aceptables.
La represión mal entendida
"Represión" es otro de los términos que,
debido a muy penosos hechos de la historia de nuestro país y también de otros, ha
soportado una degradación casi inigualable en su significado. Ahora cualquier clase de
represión es pésima. Así nos va con la seguridad en las calles, por ejemplo.
Sin embargo, la primera acepción del término,
según la Real Academia Española, es "contener, refrenar, templar o moderar".
Yo no creo que esté mal que el docente contenga, temple y modere. Me interesa ver cómo
lo hace.
Pero la mayoría se queda con la segunda acepción,
que llegó al diccionario por la fuerza de los usos y costumbres: "Contener, detener
o castigar, por lo general desde el poder y con el uso de la violencia, actuaciones
políticas o sociales". Estas prácticas nos han dejado experiencias deplorables y
ejemplos muy desgraciados.
Volviendo a la escuela, pongamos en claro las
interpretaciones, para que la utilización de frases hechas en los discursos no nos
distraiga de los verdaderos objetivos que el educador debe proponerse. Porque si la
demagogia -por temor u oportunismo- se nos contagia, terminaremos malentendiendo que la
convivencia en la escuela es acabar con la disciplina (que no implica por sí misma
castigos).
Indudablemente, la evolución social impone también
una transformación no sólo en los métodos, estrategias y medios de la educación, sino
también en los criterios y recursos que se utilizan para la disciplina.
La convivencia necesita límites
Los chicos, como los adultos (ver "Entre la permisividad y el autoritarismo"), necesitan límites. Y para ponernos al día
con la historia, es necesario acordar constantemente cuáles son esos límites y cómo
actuar cuando han sido traspuestos.
Desde la época del látigo, la palmeta y el bonete
de burro ha pasado mucho tiempo. Gracias a la psicopedagogía, "la letra con
sangre entra" dejó de ser un axioma válido en nuestra época. Pero convengamos
en que no puede ser reemplazado por otro que garantice los despropósitos de la anarquía.
A eso estaríamos exponiéndonos, si en aras de una
actualización equívoca termináramos intercambiando o cediendo funciones y
responsabilidades: ¿Los alumnos deben decir a los docentes (o decidir con ellos) cómo
tienen que aplicar la disciplina (¡perdón!, la convivencia)?
Y otro riesgo es que los mecanismos de
funcionamiento de los "consejos de convivencia" comiencen a parecerse, a la hora
de votar resoluciones, a los que se aplican en muchas internas partidarias y que no hace
falta explicar. No importa si los consejos son consultivos o ejecutivos.
Yo no creo que éste sea un tema para adolescentes.
Tampoco para legisladores, sino para pedagogos reconocidos, que generalmente no actúan
dictando leyes sino formando a formadores y despertando en ellos el espíritu y el
conocimiento necesario para resolver este asunto, vital para el normal desarrollo de la
actividad escolar.
La disciplina no es otra cosa que el fundamento
necesario para una convivencia feliz. Las normas disciplinarias vienen a ser algo así
como las reglas de juego, los acuerdos explícitos y tácitos que representan los valores
de una cultura que la comunidad educativa se propone inculcar en los jóvenes, justamente
para que la convivencia sea posible.
Siempre según la Real Academia, convivencia es la
"acción de convivir". Y convivir es "vivir en compañía de otros".
Disciplina, en su tercera acepción, es la "observancia de las leyes y ordenamientos
de una profesión o instituto".
A mí me suena un tanto demagógico, entonces,
pretender que desaparezca la palabra "disciplina" sólo porque se les erice la
piel a muchos que asocian algunos términos con antiguas o modernas actitudes
autoritarias.
Este defecto (la intolerancia y el extremismo de
cualquier signo) sobrevive en toda sociedad, mal que nos pese, pero no por culpa de las
palabras sino de inclinaciones psicológicas individuales o colectivas, aunque escribamos
leyes nuevas con vocablos que suenan atractivos y populares.
La autoridad enaltecida
El concepto de autoridad no puede desaparecer frente
al peligro de la intolerancia, porque entonces sobrevendría el dominio del extremo
opuesto y volveríamos a reunir a la Legislatura con el fin de cambiar lo que ya habíamos
cambiado. Tiempo de esterilidad aprovechable para cultivar en la escuela un diálogo que
jamás debió dejar de existir, y que no ponga en riesgo la autoridad bien entendida, sino
que la enaltezca.
El valor de este alegato puede resumirse en un
llamado a todos los educadores a deliberar, en forma permanente y conjunta, sobre cómo
perfeccionar y poner en práctica los conceptos de autoridad sin autoritarismo, de
aceptación sin debilidad, de respeto sin sumisión, de educación sin mediocridades.
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