Hay violencia; ¿qué hacemos con ella?
© Carlos
Alberto Estévez
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Una mezcla de miedo, prevención y sospecha nos
acompaña día y noche. La sensación de inseguridad le agrega a nuestra calidad de vida
un nuevo y pesado signo negativo.
La información y las estadísticas sobre el índice
alarmante de violencia que nos atormenta están disponibles en cualquier medio de
comunicación. No es necesario repetirlas. Aquí nos interesa analizar este flagelo desde
nuestra perspectiva de educadores.
Pero esto, aunque por sí solo ya es extremadamente
grave, no queda ahí. La violencia, en cualquier grado, se padece primero, se convierte
luego, por un efecto multiplicador, en una constante generalizada, y termina por generar o
despertar los instintos violentos sanamente reprimidos por las personas civilizadas que
saben y quieren convivir en sociedad.
El resultado puede ser, entonces, la ley de la selva.
Sin golpes ni disparos
Alguna especie de violencia nos agrede en cualquier
momento de cada jornada. Sin olvidar los episodios desgarradores de asaltos que culminan
con muertes, violaciones y pérdidas materiales cuantiosas; sin quitar del platillo de
esta balanza el "efecto cine y televisión", pasemos revista, en un solo
párrafo, a los casos cotidianos y mínimos:
Un chofer de ómnibus, un automovilista en el
semáforo, el que vende cospeles en el tren subterráneo, el empleado que atiende la
ventanilla en una empresa de servicios..., cualquiera de ellos, y muchos otros, con
certificado de buena conducta, sin antecedentes policiales ni prontuario, puede
convertirnos a diario en víctimas de algún acto que nos violenta.
No escapan a este contagio los profesionales, que
tuvieron, si se quiere, mejores oportunidades para alcanzar un nivel más alto de
evolución sociocultural. La siguiente es una anécdota real: Un paciente recién operado
le solicita al cirujano un certificado de la intervención quirúrgica, para que a su
esposa -que lo acompañó- no le descuenten el día de trabajo en una institución
educacional en la que ejerce. Y el médico responde así:
-- Yo no le pedí a su esposa que viniera. Es un
riesgo que ella debió calcular. No tengo por qué justificar nada.
Y no extendió el comprobante, tan justo y razonable.
¿Es ésta una actitud de violencia, o hacen falta golpes y armas de fuego para que
nuestro interior se estremezca con el impulso de una reacción indeseada?
Desde el trato injusto o la agresión leve hasta la
situación conflictiva grave, tenga o no consecuencias físicas, hay un camino muy corto.
La violencia engendra más violencia; y lo hace así, un peldaño tras otro, gradualmente.
¿La escuela es una isla?
No. La escuela no tiene inmunidad frente a este mal
que desdibuja el bienestar de todos y trastorna la existencia.
"Los hijos no te escuchan, pero te miran",
dice una frase muy sabia. Los chicos miran a los padres, pero también miran hacia todos
lados y muchas veces ven -o padecen- agresiones en los ambientes que frecuentan: en la
escuela, en la calle, en el club, en el estadio deportivo y, quizás, también en su
hogar. Ellos, por estar todavía en una etapa de crecimiento y de maduración, tienen
menos recursos para desechar la sutil y muchas veces subconsciente tentación de
reaccionar con más violencia ante la violencia.
En este contexto, cualquier educador estará de
acuerdo en que el tema que nos ocupa debe tener prioridad entre los cuadros docentes y de
conducción escolar. Un alerta máximo está haciendo sonar en los ámbitos de formación
una sirena de alarma que debe movilizarnos con la orientación más eficiente.
Pero que las terminologías no nos llamen a engaño.
No resuelve el problema la ingenua sustitución de la palabra "disciplina" por
"convivencia". (ver "No puede haber
convivencia sin disciplina").
Las cosas no se arreglan con hacerle unos retoques
cosméticos al significado de la palabra autoridad, y mucho menos con abandonarse en
brazos de una demagogia despreciable (ver "Entre
la permisividad y el autoritarismo").
El colmo sería organizar cruzadas de lucha contra la
violencia. ¡Por favor, no! Parece una actitud llena de contrasentido, ¿verdad? Trabajar
para erradicar la violencia tiene un significado mucho más coherente que luchar. Sólo
hace falta ocuparse, capacitarse psicopedagógicamente y trabajar duramente todos los
días.
El docente contagiado
Tampoco alcanza el hecho de haber aprobado un curso de
convivencia. Quizás ese certificado que mencionamos también figura en el
currículum de un profesor de una escuela de Melilla. El "educador" hispano
perpetró frente a sus alumnos el simulacro de fusilamiento de una adolescente de su
curso. Luego explicó que lo había hecho en broma.
Claro que esta inservible excusa llegó después de
que se hubieran desatado los demonios de la reacción, no mayores, en cuanto al daño
psíquico, que los que había padecido la alumna "fusilada".
Pero, además, esos demonios remediaron poco o nada,
porque el perjuicio ya estaba causado. Aunque suene como una contradicción semántica, en
la escuela siempre tenemos que acordarnos antes.
Nuestros
jóvenes se contaminan
En nuestro país tenemos también lamentables casos de
docentes y de alumnos agredidos salvajemente por jóvenes o adultos que han llegado a un
estadio muy avanzado de esta verdadera enfermedad social.
Los ingredientes que generan estos desatinos están a
la vista: miedo
(hasta los animales lo disimulan con actitudes agresivas), prevención, sospecha,
inseguridad, ejemplos deplorables, prepotencia innata o adquirida, una sociedad violenta y
a la vez violada e indefensa.
El
desafío
Crear en la escuela un clima que garantice en el
interior de los claustros un orden social sin agresiones ni violencias, ya provengan de
arriba o de abajo, es hoy extremadamente difícil, pero hay que hacerlo. Y esto aún no
alcanza.
El educador debe tener recursos para orientar a sus
alumnos con el fin de que encuentren, también fuera de la escuela, en el presente y en el
futuro, un modo de actuar frente a toda violencia que no implique devolver el golpe ni
tampoco la resignación. No es nada fácil, claro.
Hablando de educar, que de eso se trata, la misión
del docente apunta a estimular y generar en sus discípulos conductas y actitudes sanas y
perdurables.
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