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Pregunta con respuesta siempre abierta:
¿Cómo debe ser un buen maestro?

© Carlos Alberto Estévez

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"Hay una sola pedagogía... la pedagogía del amor". No lo escribió un predicador, ni un poeta, ni otra mujer u hombre que hayan hecho profesión de fe religiosa. El pensamiento pertenece a Federico Mayor Zaragoza, director general de la Unesco.

Y como todo autorizado pensamiento que nos llega, merece su análisis. La meditación nos da la oportunidad de asimilar los conceptos de los otros, de atravesar los límites que imponen las palabras y llegar a una esencia conceptual, con la que podemos coincidir o no, pero a partir de la cual tendremos más posibilidad de enriquecer el bagaje de nuestras convicciones y ofrecer mejores frutos en el ejercicio de nuestras vidas.

La pregunta de todas las preguntas

Si la pedagogía nos ocupa, a partir de aquella definición surge una pregunta cuya respuesta es crucial en estos tiempos. Y aunque lo haya sido siempre, más urgente se presenta actualmente la necesidad de revisar conceptos y actitudes, y de confrontarlos con los resultados que tenemos a la vista.

Vienen ahora a mi memoria las palabras de un viejo profesor de Práctica de la Enseñanza en la querida y recordada Escuela Normal. Su advertencia nos sonaba en aquellos jóvenes años de aprendizaje como un fallo inapelable, una sentencia que nos empujaba a profundizar la búsqueda de nuevas estrategias pedagógicas: "Si el alumno no aprendió, es porque el maestro no supo enseñarle. Si el chico no se comporta, es porque el educador no supo inducirlo a construir escalas de valores".

Entonces se nos clavaba en el alma la pregunta nunca satisfecha, que sobrevive hoy, después de más de cuatro décadas, con respuestas felizmente siempre abiertas: ¿Cómo debe ser un buen maestro?

El saber y el ser

Podremos recorrer, hasta donde nuestras vidas nos den tiempo, todas las bibliotecas de pedagogía existentes en el mundo, y hallaremos conceptos, estrategias y claves que colmarán de optimismo nuestra avidez.

Escucharemos a cientos y miles de docentes, formadores de formadores, que acreditan con sus títulos y estudios de postgrado conocimientos superiores en la materia. Ellos nos dirán también muchas cosas que nos harán sentir como si tuviéramos las llaves maestras de la pedagogía. Esto es muy importante, necesario, imprescindible. Sin embargo nos dan el saber, pero no el ser.

Luego sonará la campana, iremos al aula, se cerrará la puerta, y estaremos bien solos frente a veinte o treinta seres humanos en etapa de formación y crecimiento, nuestros alumnos de cada año, ante los cuales volveremos a preguntarnos por enésima vez: "¿Cómo debe ser un buen maestro?".

Esa imagen muchas veces desolada de algunos docentes que se esfuerzan y sienten (o comprueban) que quizás no llegan, tal vez demasiado presionados por aplicar esquemas teóricos aprendidos en horas y horas de estudio y lectura desvelada, se parece bastante a la del piloto que realiza un aterrizaje de emergencia en situación límite.

Cambiando impresiones sobre ese momento en que se cierran las puertas del aula, un viejo amigo, experimentado periodista y docente erudito, evocó unas palabras del recordado pugilista Oscar Bonavena: "Cuando suena el gong, te sacan el banquillo y todos se bajan del ringside, entonces te das cuenta qué solo que estás".

Hay instantes en los que ya no hay tiempo de poner a prueba la memoria repasando teorías. Son momentos en los que "el saber" y "el ser" se convierten -deben fundirse- en una sola cosa. Separados, ninguno de los dos es suficiente. Juntos, florecen en actos a través de los cuales se asoma el genio escondido.

Y a propósito del saber, el ser y el genio, en tren de recoger información que nos ayude a responder la gran pregunta, no es para nada descabellado escuchar también lo que piensan los chicos; y meditarlo.

Una magnífica ocasión de saberlo nos la ha proporcionado la UNESCO, que junto con la Red del Proyecto de Escuelas Asociadas realizó una encuesta entre 500 chicos de entre 8 y 12 años de 50 países diferentes. Sólo debieron opinar sobre nuestra gran pregunta: ¿Cómo debe ser un buen maestro?

Con los resultados en la mano, Colin N. Power, subdirector general de Educación de la UNESCO, se mostró conmovido por "el profundo respeto y el verdadero cuidado que los niños muestran por sus maestros".

Y coincidimos definitivamente con él cuando dijo: "No podemos quedarnos indiferentes ante sus sentimientos, necesidades, deseos, esperanzas y expectativas". Bastaba para ese acuerdo tomar al azar la opinión de los chicos, y así lo hicimos.

No llenar un vacío sino encender un fuego

La primera en invitarnos a meditar fue una nena de 11 años que vive en Guijarro, México. Ella respondió: "Un maestro es al estudiante lo que el agua es al campo".

Rose, de 9 años, vive en Nueva Zelanda y expresó: "Necesitas ser bueno, amigable y tener confianza en mí. Debes escuchar y comprendernos a todos nosotros, y nunca perder tu calma o ignorarnos. Me gusta una sonrisa y una palabra amable".

"Un buen maestro debería querer estar con nosotros incluso en el tiempo de descanso". Así piensa Kang Takho, de 7 años, que asiste a una escuela en la República de Corea.

Desde Zimbabwe, Bongani Sicelo, de 9 años, resumió un capítulo entero de psicopedagogía: "Me gusta un maestro que me ayuda a pensar y conseguir respuestas por mí mismo", y Anabella, de 12 años, desde Italia, completó: "Debe saber convertirnos en un alumno autónomo y ayudarnos a hacernos mayores".

Satish, que vive en la isla caribeña de Santa Lucía, nos deja, con sus 10 años, otra clave para responder la gran pregunta: "Ellos deberían ser no sólo educadores sino modelos, así los jóvenes del mundo serán capaces de adquirir conocimientos de una forma mejor".

Y mientras continúo cada día en esta búsqueda interminable, siento la certeza de que quienes escribieron los mejores libros de pedagogía, quienes mejor nos enseñan cómo debe ser un buen maestro, deben de haberse pasado muchos años escuchando a los chicos. Y la frase de Federico Mayor, director general de la UNESCO, debe seguir siendo meditada.

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